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Por María Bibiana Botero Carrera - @mariabbotero
En muchos círculos ha hecho carrera una frase que se volvió casi un dogma: “dato mata relato”. La repetimos como si fuera una verdad científica. Como si bastara con exhibir cifras, estudios y gráficos para que la realidad se impusiera por sí sola.
Pero las encuestas recientes están mostrando exactamente lo contrario: dato no mata relato. Según la última medición de Invamer, la favorabilidad del presidente ronda el 50 %, y su candidato lidera ampliamente frente a sus contradictores. Esto ocurre en un contexto donde abundan cifras preocupantes en múltiples frentes.
En salud, retrasos en la entrega de medicamentos, crisis de liquidez hospitalaria y deterioro en indicadores de atención. En seguridad, aumento de cultivos ilícitos y expansión de grupos armados. En economía, crecimiento explicado más en un consumo efímero que en la mayor productividad, caída en la inversión y persistente incertidumbre regulatoria. Ni que hablar de los escándalos de corrupción, graves y recurrentes.
Datos hay de sobra. Columnas, estudios académicos, debates legislativos. Series históricas, tablas comparativas, análisis técnicos. Y, sin embargo, el respaldo político no colapsa. Algo no estamos entendiendo.
Quizás asumimos que la acumulación de evidencia negativa sería suficiente para producir un giro en la opinión pública. Como si la política funcionara como un comité técnico o el ciudadano votara con una hoja de Excel en la mano. Ni lo uno ni lo otro. La política no opera en el terreno exclusivo de los indicadores; opera en el terreno de las emociones.
Mientras unos hablan el lenguaje de las cifras, otros hablan del de la identidad. Unos presentan diagnósticos; otros construyen causas. Unos denuncian mala administración; otros narran una lucha histórica contra élites, privilegios y un pasado que sienten los excluyó.
En ese terreno, los datos dejan de ser decisivos. La batalla que estamos perdiendo no es la del informe técnico. Es la de la narrativa.
Cuando un ciudadano siente que por primera vez alguien lo nombra, lo reconoce o lo reivindica, está dispuesto a tolerar ineficiencias que en otro contexto serían inaceptables. Si percibe que el gobierno encarna una causa moral, los tropiezos se reinterpretan como sabotajes, resistencias o costos inevitables del cambio. Ahí es donde el relato supera al dato.
Reconocerlo no implica renunciar a la evidencia. Un país serio necesita datos, evaluación rigurosa e instituciones técnicas sólidas. Pero también entender que la política es, ante todo, una disputa cultural.
No basta con enumerar fallas. Es necesario construir una historia alternativa que conecte con esperanza, identidad y propósito. La pregunta no es solo qué falla en la gestión, sino qué está funcionando en el relato.
Porque el relato oficial ha logrado instalar un imaginario poderoso: “estamos transformando”, “estamos enfrentando poderes”, “estamos pagando costos por hacer lo correcto”. En ese marco, las cifras críticas dejan de ser prueba de fracaso y se convierten en evidencia del sacrificio.
No basta con tener razón en los números, hay que disputar el significado. La evidencia es indispensable, pero no es suficiente. Dato no mata relato. Lo que mata un relato es otro relato mejor construido, más creíble y más conectado con la experiencia real de la gente. Mientras no entendamos eso, seguiremos acumulando cifras y perdiendo la conversación.