A finales de marzo, Steven Cardona llevó su última carga de panela hacia la plaza de Santa Bárbara para venderla. Con esa plata, la idea era pagarle a los ocho trabajadores que le ayudaron a producir el lote en su trapiche, allá en la vereda Loma Larga.
Las horas pasaron, pasaron y pasaron, pero no pudo vender el cargamento. Era la primera vez que no lograba convertir en pesos el fruto de su sudor. Al parecer, en su municipio natal, el bolsillo de los lugareños estaba corto y por eso no le compraron.
Lo único que se le ocurrió fue vender puerta a puerta y pedir colaboración de la familia en Medellín. Desde entonces, su planta permanece apagada y ya no llegan las mulas cargadas con caña en el lomo.
“Era lo más hermoso”
Steven es descendiente de arrieros y paneleros. El estandarte de su familia ha estado presente desde 1911 en los molinos, desde que se usaban los trapiches “matagente”, que en vez de piñón aplastaban la caña con un armatoste en forma de cruz y se movían a pura fuerza, el que flaqueaba mientras sacaba el jugro se podía llevar un tremendo golpe en la cabeza.
Creció rodeado de los pozos con guarapo hirviendo, conoce todos los secretos para sacar panela de la buena y desarrolló un fuerte apego por esa labor.
“El diario vivir era lo más hermoso, te levantabas en la mañana a cortar caña, a hacer las pilas, a recolectar y arrimar al trapiche, ya el viernes se dedicaba uno con la gallada a producir panela, ahí estaba el maná, el pan de cada día”, comentó.
La molienda es dura y aun así en su trapiche nunca le hicieron el quite al trabajo. Todo lo contrario, laboraban con fe. Él siempre supo que este no era un camino para la riqueza, pero sí para conseguir el sustento diario.
Al menos ese era su sentir hasta que se le quedó toda la carga sin vender y aterrizó a una realidad que está alcanzando con velocidad a los demás paneleros, una amarga situación que amenaza a las 278.000 personas que se ganan la vida en los trapiches colombianos.
“Es algo deprimente porque uno no se espera un golpe de esos tan bajo, uno no espera que el producto de un campesino no se vea estancado”, exclamó.
Narró que en la vereda Camino a La Planta, también ubicada en Santa Bárbara, solamente quedan dos trapiches, que contrastan con los 14 que funcionaban en las mejores épocas. Sin embargo, el trabajo se fue marchitando, los jóvenes entendían que nunca tendrían estabilidad financiera con un producto que cada vez pagan peor y emigraron, hoy solo quedan los viejos.
No hay comprador
Libardo Ortiz es el encargado de su propia molienda desde hace 22 años en el municipio de Cisneros. Contó que paralizó la producción una semana porque no encontraba a quien venderle. Según sus cuentas, puede sacar hasta 130 pacas a la semana, pero los distribuidores mayoristas no están encargando como antes.
“El negocio ha desmejorado mucho porque todo se ha vuelto muy costoso, todo incrementa menos la panela. Yo he hablado con el mayorista que me compra, me dice que los supermercados están muy solos, que el que llevaba cinco pares ya lleva uno”, afirmó.
Mientras la demanda disminuye, le tocó diversificar la base de clientes y así ha logrado mantenerse junto con los trabajadores que le ayudan. Dijo que ha visto “muchos trapiches parados” y el problema radica en que no encuentran comprador.
Desde el municipio de Santo Domingo, reportaron que, pese a las dificultades, los 75 trapiches siguen moliendo, aunque trabajan a media máquina y solo con el propósito de conseguir lo necesario.
“Algunos sí dicen que van a cerrar, pero sabemos que de alguna manera necesitan moler así sea para el mero gasto”, mencionó Jair Montoya, líder de la Asociación Panelera de Santo Domingo, quien además cuestionó que han pasado los años y los gobiernos se han hecho los sordos con este problema.
Los 58 asociados despachaban hace dos años 9.000 bolsas de panela por mes (cerca de 200 toneladas) y, a pesar de que los sondeos no se han actualizado, el precio que les pagan por las cargas viene en decadencia y eso ha desincentivado la producción local.
El lamento de los paneleros se concentra en los precios que les están pagando los intermediarios, pero lo cierto es que el consumo ha mermado a través de los años.
Precisamente, como hay menos consumidores que incluyen panela en sus canastas, el mercado está atravesando por un momento en el que las curvas de oferta y demanda no se cruzan en el punto exacto.
Petición urgente
Finalizando mayo, la Federación Nacional de Productores de Panela (Fedepanela) había remitido una petición con carácter de urgencia al gobierno nacional, pues la agremiación ya había visto las dificultades que están pasando los productores en toda Colombia.
En ese momento, las líneas de la misiva advertían sobre “una preocupante caída de los precios de la panela que se pagan al productor”, un contratiempo que, de acuerdo con la queja, “se ha acentuado en las últimas semanas y afecta a miles de productores en los diferentes departamentos”.
De los 19.000 trapiches paneleros contabilizados en el país hace cinco años, el 90% eran pequeños y 80.000 familias dependían económicamente de esa producción, esa es la radiografía que revela todo lo que hay detrás de la panela en las centrales de abastos y en las grandes superficies de comercio.
Como no se ha actualizado el censo, no se sabe con certeza como está la mortalidad de las unidades productivas, lo que sí confirmó Carlos Mayorga, presidente de Fedepanela, es que el consumo cayó un estrepitoso 48% en los últimos 17 años: “Estamos en un consumo per cápita de entre 17 y 19 kilos, cuando hace unos años estábamos hablando de 35 kilos”.
Los problemas actuales
El deterioro de la demanda es una dificultad de vieja data y tiene unas causas que, desde la óptica de Mayorga, podrían atacarse si hay voluntad institucional e inversión de los gobiernos nacional y departamentales.
“Vemos como en el transcurso de los años los hábitos de consumo han cambiado muchísimo, en especial los de las nuevas generaciones. Ahí tenemos un primer reto que es mirar cómo nuestro producto puede estar a la altura de esas necesidades”, argumentó el líder gremial.
“Acá —añadió— entra a jugar un tema fundamental como las presentaciones de la panela, que sean infusiones fáciles de preparar y en buenos empaques”.
La pandemia también dejó una herida abierta: el consumo tuvo un pico cuando la gente empezó a tomarla mezclada con jengibre y limón, toda vez que durante la crisis sanitaria muchos le atribuían poderes curativos. Inclusive, el precio se disparó y la caña no estaba dando abasto. Fue por ello que varios productores en diferentes zonas del país sembraron área nueva o fertilizaron la que ya tenían.
“Pero la coyuntura pasó y quedó la abundante oferta dado que esa panela empieza a salir al mercado y la abundancia impacta el precio hacia abajo” detalló Mayorga.
Entretanto, insistió en que la mano de obra para el agro está escasa y eso presiona aún más al subsector, teniendo en cuenta que los trabajadores pesan más del 73% en las estructura de costos.
Hay que modernizarse
Con cada día que pasa merma el margen de tiempo para que los paneleros puedan reinventarse y sobrevivir a la competencia con las demás bebidas.
En ese orden de ideas, el presidente de Fedepanela mencionó varias iniciativas que, a su juicio, pueden amortiguar el choque mientras el subsector se moderniza y aprende como darle más valor agregado al producto.
Las compras públicas para programas alimenticios gubernamentales, la conexión con fabricantes, hoteles y restaurantes están entre esas estrategias que el gremio quiere poner sobre la mesa.
Obviamente, subrayó que es perentorio hacer inversiones en la reconversión tecnológica de los trapiches y se necesita asistencia técnica en aras de acelerar la modernización de los paneleros.
“Consideramos que con esas medidas, esa situación que están viviendo los productores en algunas regiones se puede subsanar. Si garantizamos con un ejercicio juicioso, con recursos del gobierno nacional y los departamentales, podemos conseguirles un mercado a los productores y lograr que no se saturen”, puntualizó.