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El 70% de las personas que se lanzan al metro sobreviven

Después de la pandemia, en Medellín se ha vuelto común escuchar las notificaciones que hace el Metro sobre “incidentes en la vía”, se trata de los casos en que pasajeros se lanzan a los rieles para intentar morir. La estadística es pavorosa: son unos 10 casos al año y el 70 por ciento queda con vida.

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  • Por cada persona que se lanza a los rieles del metro, los funcionarios previenen que otros cinco usuarios hagan los mismo. FOTO camilo suárez

    Por cada persona que se lanza a los rieles del metro, los funcionarios previenen que otros cinco usuarios hagan los mismo.

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    camilo suárez

El 70% de las personas que se lanzan al metro sobreviven
06 de mayo de 2023
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La historia clínica dice: “Mujer, 62 años. Sufrió politrauma al arrojarse hace 30 minutos al metro (...) traída al servicio de urgencias por personal del 123 y policía, se refiere mecanismo de lesión al ser arrollada por el metro, con trauma en ambos miembros pélvicos, con amputación de miembro pélvico derecho y semiamputación del izquierdo”. Sucedió el 18 de diciembre de 2017 en la estación Envigado. Luz Marina Arboleda llevaba décadas sufriendo un síndrome bipolar feroz. Tuvo años de gran alivio y todos coincidieron con una medicación juiciosa y una buena atención psicológica; sin embargo, hubo tiempos —como los meses antes de lanzarse a los rieles— en los que llegó a sentirse tan bien que se olvidaba de los medicamentos. Ese lunes se levantó, tendió la cama y caminó hasta el metro. Se arrojó. Mientras eso sucedía, su hija Alexandra llegaba al trabajo, se tomaba un café y algunos compañeros decían el chiste atroz: “Otra vez alguien se tiró al metro y nos retrasó a todos”. La intuición no es un hecho, es un halo: Alexandra supo que el suicida —la suicida— había sido su madre.

***

Del metro de Medellín se saben datos. Alcanza una velocidad máxima de 80 kilómetros por hora; en un día cada tren puede hacer hasta 400 kilómetros de recorrido; en cada estación hay una virgen pintada; la Línea A puede transportar 41.480 pasajeros cada hora de norte a sur o de sur a norte; la longitud de los rieles es de 159,3 kilómetros y pesan 8.606 toneladas. En fin, datos. Pero existe la gran duda: ¿cuántas personas se suicidan en el metro? ¿Por qué en redes sociales y noticias, el metro no habla de suicidios sino de incidentes en la vía? ¿Es otra manera de eufemismo?

Ha vuelto el verano a Medellín. El sol, como un jarabe, se derrama sobre todos. Es mayo y el gerente del Metro, Tomás Elejalde, lleva una pulcritud casi japonesa. Dice una verdad que todos los periodistas conocemos: hablar de suicidios en un periódico puede incrementar los intentos, puede ser el último empujón que algún lector necesitaba. Sin embargo, hablamos, y los datos —que se arriesga a entregar por primera vez— son pavorosos.

—De todas las personas que deciden atentar contra su vida y se arrojan a la vía férrea, mínimo el 70 por ciento quedan vivas. Es decir, de cada diez personas que se arrojan, siete quedan vivas. Primera cifra. Y por cada persona que se arroja, ya nosotros hemos retenido a cinco, como mínimo. Ese es un trabajo que hace nuestra gente, que identifica a quienes parece que intentarán lanzarse. Ellos luego dicen “yo me iba a tirar”.

—¿Cómo los identifican?

—A algunos los cogen en el aire, ya cuando se van a tirar. A otros los ven cuando entran llorando a la estación, entonces los siguen para darles ayuda psicológica; algunos más se quedan varios minutos y dan vueltas por el lugar, como esperando a que llegue el momento preciso. El caso es que cuando se les pregunta, ellos cuentan que tenían planeado lanzarse. Es una tragedia absoluta.

—¿Cuántas personas se lanzan al metro en un año?

—Entre siete y diez personas. Pero lo importante es que el 70 por ciento quedan vivos y muy mal.

Muy mal: todos pierden algún miembro, generalmente las dos piernas y un brazo. La razón es que los metros no están completamente pegados a la carrilera, en ese espacio puede caber un cuerpo; además, el metro de Medellín tiene un sistema de frenos imantado propio de los tranvías, por lo que detenerse es un efecto casi inmediato. Pero entre todo está el instinto de supervivencia: quien se lanza y siente el toro mecánico que lo arrasa tiende a encogerse, a buscar un resquicio para salvarse.

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Médicos, psicólogos, funcionarios públicos, todos son cautelosos al hablar del suicidio, temen estimular a quienes coquetean con esa idea, con ese vértigo, por eso es tan difícil encontrar datos certeros, cifras. Pero según el Dane, Antioquia es el departamento con más suicidios en Colombia. Hasta noviembre del año pasado fueron 453, de ellos cerca de 170 sucedieron en Medellín; el 80 por ciento eran hombres. El Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública (Sivigila) reveló el año pasado que, en 2021, 4.482 personas trataron de suicidarse en Antioquia y el 66,2 por ciento eran mujeres.

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Las penas del joven Werther es una novela epistolar que el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe publicó en 1774 y narra la historia de un muchacho que se enamora de una mujer comprometida que, después de un tiempo, se casa. Al tratarse de un amor imposible, Werther decide suicidarse y para ello pide a la recién formada familia dos pistolas prestadas; a la media noche se dispara. La novela fue muy exitosa y varios jóvenes se suicidaron usando el mismo método: pistolas ajenas y un carta de despedida. Al final de su vida, Goethe se arrepintió del daño ocasionado por el libro, que fue censurado en Alemania, Italia y Dinamarca. Incluso, el escritor alemán Nickolai inventó un final alterno en el que las pistolas no están cargadas.

Se le conoce al acto de repetir un suicidio por su publicación en libros, revistas o periódicos como efecto Werther. Sin embargo, llegaron las redes sociales, donde aparecen videos, fotos y cartas de suicidas con mucha facilidad y se esparcen como la gripa. Un ejemplo. En octubre de 2022, una mujer menor de 30 años se lanzó de la Clínica Medellín, ubicada en el centro de la ciudad, todo se conoció por redes sociales y los medios lo replicaron. Dicen que esa semana en Antioquia más de cien pacientes intentaron lanzarse al vacío de los hospitales donde eran atendidos, algunos alcanzaron a fracturarse.

En el efecto Werther está la razón por la que la empresa Metro decidió no entregar información sobre los suicidios en las estaciones en todos estos años, sin embargo, las redes sociales se han impuesto y, quizá, es mejor hablar.

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Eliza Kratc es psicóloga clínica con maestría en psicología y salud mental, es docente e investigadora del comportamiento suicida en la Universidad Luis Amigó y asesora al Metro en la estrategia de comunicaciones para informar sobre “eventos en la vía”. Habla en un café de la universidad y los compañeros la saludan, alguna le comenta un caso importante que entraña un tema clínico, todo un poco en secreto.

Kratc empezó a investigar el suicidio hace 15 años porque en el Oriente antioqueño había más casos que en cualquier otra subregión.

—La Universidad CES, la Universidad de Toronto y el Centro de Salud Mental de Envigado se unieron para investigar a través del método de la autopsia psicológica qué estaba pasando, porque había suicidios de niños entre los 5 y 10 años, había entre los 15 y 29 años y adultos mayores. Era muy extraño que todo sucediera en pueblos con tanta creencia religiosa, porque ese es un factor protector. Investigamos y encontramos problemas de pareja, problemas económicos, secuelas del conflicto armado (todo el conflicto armado sigue generando consecuencias de salud mental graves y una desesperanza aprendida muy alta) y encontramos un factor de índole orgánico: en el Oriente fue particularmente tradicional que se casaran entre primos y hermanos, así alteraron el genotipo, no el fenotipo, es decir, no salían con Down pero sí salían con enfermedades mentales, específicamente, bipolaridad.

Los casos en Medellín, se dio cuenta luego, no eran muy distintos. Empezó a estudiar a las familias sobrevivientes, quienes cargan para siempre con los sueños y el insomnio del suicida, así entendió los perfiles psicológicos y psicopatológicos.

—Encontramos los principales factores de riesgo que tienen que ver con temas de violencia intrafamiliar, abuso sexual, consumo de sustancias y temas de pareja. Nosotros somos una cultura muy romántica, entonces cuando se nos pierde el primer amor, cuando perdemos la pareja con la que pensamos que íbamos a estar toda la vida se nos va el sentido de las cosas; por otro lado, está lo económico, donde tenemos unas brechas muy grandes. Entonces aquí el que no logra subir de estrato se frustra, y si no lo hace por el lado torcido, entonces prefiere hundirse en la pobreza y finalmente tiene muchos problemas para avanzar.

Prevenir, prevenir, prevenir. Escuchar. Kratc lo repite cada tres minutos. Le da miedo que una publicación en un periódico devenga en un estímulo, en una ola. Me otorga algo de esa culpa y pienso en aquellas noches en las que el balcón inquietaba las pesadillas con su fondo. Kratc dice que a los sobrevivientes, a las familias, las marca además de la imagen del suicidio, el estigma, los datos publicados en medios de comunicación y la culpa implícita.

—¿Cuándo los culpan? Muchas veces la gente dice: se suicidó porque la dejó el novio, porque lo dejó la novia; se suicidó porque la mamá le pegaba, se suicidó porque no lo llevaron al psicólogo.

***

Alexandra García cuenta la historia del intento de suicidio de su madre con los ojos abiertos, en plena conciencia. No se inmuta. Está en paz. Dice que fueron una familia bella, unida, pero que todo se quebró en 1984. Su madre vivía el último embarazo en el barrio La Paz, en Envigado. Eran épocas de mafia y bombas, Medellín estaba en la primavera del narco. Su padre era un político de Envigado y su madre empezó a sufrir depresión.

—Mi padre era muy ausente por el trabajo. Y ya uno piensa que seguro estaba en medio de las fiestas de los políticos, el trago y las mujeres. Y mínimo mi madre se ponía a pensar cosas, la cabeza le volaba. Desde ese momento empezó a consultar al médico. La internaron dos o tres veces en casas de reposo.

—Era una depresión profunda...

Alexandra contesta con una voz suave como el lomo de un gato. Mira con una dulzura particular.

—Le diagnosticaron bipolaridad. Unas veces era muy alegre, demasiado, era una ola imparable. A veces se volvía hasta agresiva, incluso con mi papá; los médicos decían que esa también era una muestra de la depresión, atacar a la persona que más quería. Entonces, bueno, la mamá tenía que tomar una pastilla porque tenía el litio bajito, eso era lo que químicamente le faltaba. Y ella se la tomaba con juicio, pero de un momento a otro dijo “no”, que eso le caía mal al colon y las dejó de tomar. Por mucho tiempo la vimos tranquila. Tuvo recaídas, pero salía.

Sin embargo, en 2017 a Luz Marina Arboleda se le murió un hermano. Lo vio durante semanas padecer un cáncer atroz. Alexandra estaba viajando por Europa y cuando regresó vio a su madre como la sobreviviente de un naufragio, arrasada por el tiempo y la desesperanza de quien no tiene rescate posible. Solo lloraba.

—Dos días antes de que se lanzara al metro, como el 16 de diciembre, yo la llamé y me dijo que no quería ir a la casa de la abuela, que era un plan que tenía. El domingo 17 fui a hacerle la visita y la noté muy callada, la invité a que hiciéramos la siesta juntas y nos acostamos las dos en la cama. Yo la cogía de la mano y a veces se sobresaltaba, como cuando uno se asusta, entonces yo que soy muy creyente oraba: “Ay, Diosito, calma a la mamá, no sé qué le está pasando”. Bueno, ya al otro día fue que se intentó suicidar.

Lo dicho: Alexandra llegó al trabajo, supo que alguien se había tirado al metro, tuvo el presentimiento —el halo—. Eran más o menos las nueve de la mañana y llamó a la casa, contestó su padre, que a esa hora debía estar trabajando. Una anomalía. Él le dijo que habían llamado de la Clínica Las Vegas a decir que Luz Marina había tenido un accidente.

—Yo no sé, yo sentí algo en mi corazón y le dije a mi papá: “La mamá se le tiró al metro”. Salí corriendo adonde mi jefe y le dije directamente que creía que mi mamá se le había tirado al metro. Ya en la clínica el médico nos dijo que mamá había tenido un accidente en el metro, pero cuando hablaba de accidente no decía la magnitud del asunto, hasta que nos dijo que podía perder las piernas.

—¿Perdió las dos piernas?

—Sí, el metro las demolió. Mi mamá quedó hasta aquí —Alexandra hace una señal en las rodillas—, porque casi todos los que se tiran al metro sobreviven, pero tienen que amputarles los miembros. A ella la tuvieron que meter a cuidados intensivos. También tuvo una quemadura de tercer grado por el empujón del tren, porque el tren los arrastra. Decían que de pronto había que hacerle alguna cosita como de cirugía plástica, de quitarle piel de alguna parte y ponerle ahí en el torso, donde estaba quemada. Pero nosotros somos muy creyentes y al final de eso no tocó hacerle nada. Nos preocupaba todo el proceso de los muñones, porque tenía que pasar por varias cirugías. Nosotros no perdíamos la fe de que la mamá iba a quedar viva, pero yo pensaba en si iba a ser capaz de aguantar con todo su historial de bipolaridad.

—¿En qué momento se dio cuenta ella de su condición?

—Al principio no, porque siempre tenía medicina para dormir y medicina para el dolor, eso la mantenía embotada. Hasta que un día le dijimos al doctor que había que contarle, porque ella empezó a decir que quería bajarse de la cama, caminar, porque pese a la amputación estas personas sienten esas extremidades que ya no están. Entonces el médico le dijo: “Mira Luz Marina, perdiste las piernas”. La reacción de mi mamá fue mirarnos a mi papá a mí y nos pusimos a llorar y nos dijo que íbamos a salir adelante.

***

Hay métodos en los que el suicida maquina solitario su destino: todo corre por su cuenta. Pero tirársele al metro implica la acción involuntaria del conductor, quien se convertirá en el último testigo de esa vida.

Todos los conductores del metro de Medellín son estudiantes de pregrado. Carlos siempre recordó que en la última fase del proceso de selección tuvo una entrevista con un psicólogo que le preguntó qué haría en caso de que un “usuario” se tirara a la vía. Carlos respondió que nada, que simplemente seguir el protocolo: reportar la emergencia. Empezó a trabajar en 2013 y estaba matriculado en Contaduría Pública. Sus primeros años fueron más que gratificantes, con el pago podía hacerse cargo de sus gastos y de hacerle frente a todo lo que le demandaba la universidad, aunque se lamentaba de que los fines de semana tuviera que pasar en la cabina.

—Nunca pensé que me tocaría vivir un suicidio, pese a que en el metro esas historias son más comunes de lo que se cree. A esos eventos se les llama “clave alfa” y son en promedio 14 por año. Cuando sucede, uno tiene que levantar el radio y decir muy claro “clave alfa”. Estamos hablando de que esto sucede casi una vez al mes. Hay unas fechas en las que se dispara ese indicador, por lo general son fechas especiales. Al parecer, es cuando la gente se pone más melancólica.

A Carlos le sucedió un abril o un mayo, no lo recuerda muy bien. Iba acompañado en la cabina por una muchacha que apenas se estaba capacitando y que, en algún momento, tomó el volante. Fue en la estación Prado.

—Yo estaba mirando a la muchacha, a la aprendiz. El tren estaba prestando servicio comercial. Eran las horas de la tarde. El que venía manejando era yo, pero en la estación Universidad le pasé el mando y me senté al lado de ella, muy cerca al tablero. Estábamos conversando cuando ella soltó el tren y empezó a gritar. Yo no entendía nada porque no había mirado a la vía; cuando volteé a mirar hacia adelante vi a la señora arrodillada en la vía, me quedé blanco. Me acuerdo de una señora de camisa azul clarito, pantalón oscuro azul, el pelo cogido y un morral gris. Me ha quedado la imagen en la mente, porque es un momento muy, muy tensionante. Yo me tiré a la palanca y tiré de algo que se llama séptima etapa, que es una etapa de frenado de emergencia, y una de las personas que iba conmigo se pegó del hongo. Los trenes tienen una cosa que se llama hongo y que es como un freno de emergencia adicional.

—Lo recuerda con mucho detalle...

—Sí, pero lo que más recuerdo es su mirada. Nos miramos a los ojos.

Carlos vio a la mujer arrodillada en la mitad de la vía. Rezó porque el metro parara a tiempo, pero iba muy pesado.

—Sentí que el tren patinó y ya la señora se perdió por debajo del tren y sentimos el golpe en seco. Hubo un grito. Cuando paramos, llamé a reportar la clave alfa. Fue todo muy automático, estábamos varios en la cabina, incluso uno se acurrucó por allá en una esquina. Otro compañero cogió a la muchacha como a consolarla, porque estaba a los gritos más impresionantes, y me dijo “hágale usted, llame usted”. Entonces yo llamé y le dije al operador de línea “clave alfa”.

***

¿Quién se ocupa de los tristes? Hay un pasaje de Shakespeare que dice: “Como una rata que se lanza sobre su propia ruina, nuestra naturaleza persigue un mal sediento; y al beber morimos”. Dicen que después de la pandemia se le sobrevino al ser humano moderno un hartazgo, un tedio, las depresiones con todos sus nombres. La psicóloga Eliza Kratc dice:

—En el 2019 teníamos un pico importante de suicidios, iba para arriba. Pero cuando entramos en pandemia, disminuyó. Por obvias razones: estábamos en familia, no había tanto acceso al consumo de sustancias, teníamos mayores factores protectores, la gente empezó a hacer ejercicio, a orar, porque cuando uno se va a morir, o se va a acabar el mundo, todo el mundo cree en Dios. Cuando ya salimos a la nueva normalidad, colapsamos los hospitales mentales, ¿se acuerda? Pero es que no fue por la pandemia, fue por la época en la que tuvimos un periodo de año y medio de descompensación, de gente que no consultaba, que no iba por el medicamento. Luego vinieron las quiebras económicas, quiebras familiares, muchos hogares decidieron separarse porque se dieron cuenta de que ahí no había nada. Y salió la gente a esta pobreza, a volver a luchar desde cero. ¿No le parece que todo ha sido muy difícil?

Los suicidios en los metros del mundo existen hace más de cien años. Cuando empezó a construirse el sueño del metro de Medellín se pensó como una prioridad en la gestión social, educativa y cultural. Dicen: “Desde entonces hemos tenido un promedio anual de 90 encuentros sociales en comunidades. Diseño y ejecución a lo largo de la historia de más de 30 campañas pedagógicas que favorecen el relacionamiento positivo consigo mismo, los otros y el entorno. Tenemos el programa Amigos Metro: formación desde el 2002 al 2022 de más de 200.000 niños, jóvenes y adultos de zonas de incidencia del sistema. Escuela de Líderes, por la que han pasado un número estimado de 1.200 líderes de organizaciones sociales y líderes juveniles”.

Además, y para atender los casos de agobio que crecen después de la pandemia, la Alcaldía de Medellín creó la estrategia “Escuchaderos” —ubicados en las estaciones San Antonio, Acevedo y La Aurora— con el propósito de atender a quienes necesitan que alguien los escuche, que alguien les dé un consejo. Solo en 2022 se acercaron a estos “Escuchaderos” más de 6.000 personas y 96 fueron detectadas como posibles pasajeros con cuadros de depresión.

***

A Luz Marina Arboleda le cortaron las piernas, pero hacer un muñón es un proceso bastante difícil. En su caso, la piel era insuficiente para cerrar la herida. Pasó por unas cuatro cirugías y las curaciones eran todo un ritual de algodones, gasas, alcohol y tijeras. Le dio una bacteria.

—La bacteria se trataba con un antibiótico muy fuerte que se le aplicaba tres veces al día. Estuvo 58 días en la clínica y luego nos fuimos para la casa, en la casa la empezamos a ver cada vez más ida. Duró solo ocho días, le dio un dolor muy fuerte porque el antibiótico le dañó el duodeno. La llevamos a la clínica y todo se puso más triste porque me encontré con un muchacho de unos 17 años que también se había tirado al metro y había perdido una pierna y un brazo. Él permanecía callado, quieto. A mi mamá ya como que no le estaba subiendo oxígeno a la cabeza, empezaba a hablar raro, a hablar enredado.

Mientras escucho la voz de Alexandra en la grabadora periodística recuerdo las palabras de la psicóloga Eliza Kratc: el suicidio es una tragedia para el que muere, pero los que quedan en vida, los sobrevivientes, nunca salen de ese bucle. “Conozco personas que quedan insomnes para siempre”.

Sigue el relato de Alexandra:

—A mi madre la entraron a urgencias. Le dije al papá que se quedara con ella, porque el dolor que le daba era muy fuerte. Hasta ahí yo la vi con vida. Los médicos hablaron de practicar más exámenes, de hacer otras cirugías. Pensamos que la mamá ya había pasado por mucho —en este punto la voz se vuelve más delicada, un hilito de agua entre las manos—. El accidente fue el 18 de diciembre de 2017 y murió el 2 de marzo de 2018. Tres meses. Ella murió por una infección, se le infectó la herida de un muñón.

Estas son algunas líneas de atención

Estas son algunas de las líneas que hay en Medellín para atender los casos de salud mental. La Línea Amiga Saludable 444 44 48 dispuesta por la Alcaldía de Medellín; la línea de Salud Para el Alma 01 8000 4133838 del programa de la Gobernación de Antioquia y la mayoría de instituciones de educación superior que tienen facultades de medicina cuentan con centros de atención psicológica y líneas de emergencia. La línea Segura y de Emergencias de la UPB es 311 634 42 03 y recuerde que dependiendo de la zona geográfica en la que se encuentre puede consultar las líneas de emergencia de la región.

Infográfico
6.000
usuarios del metro fueron atendidos en los Escuchaderos ubicados en las estaciones.
60
personas al año, en promedio, son atendidas por el metro antes de intentar lanzarse a los rieles.
El empleo que busca está a un clic

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