En Maracaibo, la cuenta de una pastelería puede cerrarse de formas distintas antes de que el cliente termine de sacar la billetera. Dólares en efectivo, transferencia por Zelle, bolívares, euros o USDT (la moneda digital que se mueve por la plataforma de criptomonedas Binance) se utilizan por conveniencia. A lo que mejor quede y dependiendo del cambio.
Es día de quincena. En una ciudad que vive pegada a un lago y a un sol que no da tregua, esa fecha marca el pulso del comercio. El quince y el último día del mes, cuando entra el cobro, las calles se llenan y las vitrinas muestran lo mejor que tienen para ofrecer.
Le puede interesar: El ‘reversazo’ en el discurso de Delcy Rodríguez y su nuevo papel en la estrategia de EE. UU., ¿qué pasó con María Corina?
Mónica Miquelena lo sabe de memoria. Es comerciante, tiene una pastelería en la ciudad y no ve enredo donde otros ven laberinto. “La economía se está moviendo en fechas específicas, lo que son las quincenas, quince y último, fecha de cobro. Eso se activa y la gente sale”, cuenta.
Sin embargo, el día a día marca la pauta en un país que vive una realidad paralela. En medio de una economía que lucha con resurgir, un reingreso en los mercados internacionales y el inicio de la vida petrolera, el país se mueve entre dos precios para un mismo dólar. Uno es el oficial, fijado por el Gobierno, que todos llaman BCV y que rige tanto para el dólar como para el euro. El otro es el paralelo, el de la calle, “el mercado negro”.
“Es un tema complicado. Yo considero que solamente eso lo entiende el que lo vive y lo practica, porque no es fácil”, reconoce. La lógica, sin embargo, tiene su gracia. “La gente por lo general guarda los dólares, los vende más caros y paga las cosas en la calle a precio BCV, que es el legal”, explica. A veces el comercio ofrece descuentos por pagar en divisas, lo que equivale a comprar al precio oficial. “Pero es un tema engorroso”, admite.
Y en medio de ese enredo, el protagonista casi no aparece. “En realidad yo creo que lo que menos se ve es el bolívar, la moneda venezolana, al menos aquí en mi negocio lo vemos muy poco”.
La inflación ha sido tan grande que solo un dólar hoy cuesta más de 800 bolívares. Y, para entender la magnitud, el salario mínimo es de unos 130 bolívares mensuales (que ha estado estancado durante años). Pero realmente eso no se toma en serio. Todo está estandarizado al dólar, divisa como se oye en los negocios, y un salario mensual puede rondar entre los 150 o 300 dólares el mes. Menos de un millón de pesos colombianos.
El mundo de euros que no existe
A más de 650 kilómetros, en Caracas, donde la ciudad se acomoda entre montañas y en la calle se mueve intentando recuperarse de los dos terremotos que azotaron la zona, Génesis Aguilar hace la misma aritmética, pero desde el otro lado de la caja. Ella es quien paga.
Hace poco, recuerda, las cifras eran otras. “Antes por un dólar dábamos 876 y ahora es 982 bolívares”. Son más de cien bolívares de diferencia, y ese salto explica por qué casi todos los comercios cambiaron la forma de cobrar.
La mayoría empezó a recibir a tasa euro, la más cara de las oficiales. Así pueden comprar dólares sin que la moneda pierda tanto valor mientras se devalúa. Es legal, aclara Génesis. “A ti te dicen tasa euro y no te cierran el local ni nada por el estilo, es totalmente legal”.
Eso, dice con una palabra muy venezolana, es “súper chimbo”, porque los comercios no han bajado sus precios en dólares. Se acabó la vuelta que antes permitía que 100 dólares terminaran costando 80. Hoy, admite, “a veces pago en dólares, a veces pago en bolívares; ya para mí es indiferente”.
Hay otro rasgo que sorprende a quien mira desde afuera. A los que tenemos tan normalizado tener una moneda estable: en Venezuela casi nadie sabe cuánto cuesta lo que compra. Cuando los precios se anuncian en bolívares aparecen cifras de millones, y esas no se “guardan” en la cabeza de nadie.
“Para comprar lo tienes que pasar a dólares para más o menos entender tu gasto”, resume Génesis.
Hay pérdidas más pequeñas, de las que nadie hace un drama, pero que en la normalidad son algo injusto. Alguien paga 20 dólares por una cuenta de 17 y el comercio no tiene billetes de uno. El vuelto llega en bolívares “y ahí tú también pierdes”.
Mónica lo ve desde el mostrador de Maracaibo, donde el problema tiene otro nombre. “Si alguien va a comprar lo que cuesta, por ejemplo, 26 dólares, hay que dar 4 de cambio; no se tiene”, cuenta. “La gente está presta a recibir en distintas monedas con tal de resolver”.
La ciudad que vuelve a moverse
Pese a todo, en Maracaibo hay señales de que las cosas cambian. Mónica las nota tan solo mirando la calle. “Yo siento que la cosa se está activando”, dice. Ve extranjeros trabajando, un “boom petrolero” que llena la ciudad de gente vinculada a este negocio y venezolanos que regresaron al país. Lo nota, sobre todo, en el tráfico. “Hay muchos carros otra vez”.
La venezolana no es una economía fácil de explicar a quien no la vive. La “normalidad”, que para muchos es la base de la vida, allá puede cambiar de un día para otro.
Al caer la tarde, entre vitrinas y mostradores, cada quien pagará con la moneda que le sirva, ya sea en Maracaibo o en Caracas. Al final, la cuenta siempre cierra. Lo que nadie tiene claro es cuánto tiempo será así.
Y ahora, en medio de una supuesta transición política, tal vez lo único seguro que tiene la gente en las calles es la adaptación. Lo hacen desde hace una década. Quién sabe hasta cuándo más.
Para más noticias sobre América Latina, Estados Unidos y el mundo, visite la sección Internacional de EL COLOMBIANO.