Quien repitiera durante los ocho años de la administración Obama que el gobierno estadounidense había retrocedido en política exterior —por su vocación de resolver las complejas coyunturas del mundo sin armas—, no estuvo exento de razón en muchos casos, pero en otros fue silenciado por el peso de los acontecimientos.
Hoy Estados Unidos puede mirar de frente a quienes durante décadas lo consideraron una potencia malvada y entrometida, un enemigo intransigente y que no toleraba la diferencia, la autonomía. Obama logró limpiar en su era parte de la imagen del país norteamericano en frentes internacionales en los que por mucho tiempo no podía ni asomarse. O al menos, ese es el legado que siempre pretendió dejar. ¿Qué tanto lo logró?