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La República Democrática del Congo padece su séptimo brote del virus en cuatro décadas. Los organismos toman control, mientras los expertos piden vigilancia ante el temor a una expansión.
La primera vez que el ébola dejó estragos en la República Democrática del Congo (RDC), en África Central, la ciencia sabía aún menos sobre el letal virus. Era 1976 y un médico belga, Peter Piot, intentaba descifrar las causas de los vómitos, la fiebre incontrolable y la diarrea en decenas de personas que terminaban muriendo sin saber qué les pasaba.
En su libro “Sin tiempo que perder: Una vida detrás de virus mortales”, Piot describió y mostró en imágenes la hazaña de llegar y mantenerse en un hospital misionero de Yumbuku, un pueblo del norte de la República asediado por la enfermedad, entonces sin nombre.
Aunque las monjas misioneras tenían a los enfermos en cuarentena y advertían con letreros y barricadas sobre el peligro de aquel mal desconocido, la ignorancia agravó el impacto del mal, que en ese primer brote se llevó a 280 personas.
Más tarde, Piot encontraría que los pobladores habían tocado cadáveres de monos y antílopes infectados, con el tacto y el intercambio de fluidos propagaron...