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Segundo paraíso terrenal

  • Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
    Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
11 de octubre de 2011
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Pinta, Niña y Santamaría, extenuadas, no creen en el horizonte. Esas palmeras punteadas, agua azulísima, gentes aleladas y desnudas y alegres y por entero ajenas. En la orilla el estupor es par. Inmensos árboles con telas siluetean un enigma por encima de su flotación milagrosa, ¿acaso el sol envía mensajeros de plata con alguna recomendación amable?

El tiempo se estira, los navíos superan las olas gracias a migajas de potencia restantes. Hombres de lado y lado aguardan un contacto extrañísimo, ignorantes de que están a punto de multiplicar por dos la realidad. Tamaña gracia no se había dado nunca ni para los barbados de acero ni para los fornidos expectantes cuajados de plumas.

Son prolongados minutos de revelación paulatina que generan encrespamiento en las imaginaciones. Dos universos mentales se debaten sobre las mismas agua y arena. Estos elementos, únicos e infinitos para los ojos blancos de las estrellas, son del todo antagónicos en sentido según los miren los advenedizos o los eternos habitantes tropicales.

En instantes se juega la suerte de miríadas de generaciones. O estos seres humanos se encuentran, se admiran, se interrogan, se enriquecen por parejo, se enamoran. O se huelen, se acorazan, intentan sacar provecho, se engañan, se exterminan.

Sucede que en unos comanda el miedo, apadrinado por la codicia. Y el miedo obnubila, permite ver únicamente peligro y oportunidad, ingredientes a los que están acostumbrados los hijos de un imperio expansivo. A los recién llegados no los mueve ni impulso de humanidad ni curiosidad hacia lo radicalmente otro. Vienen por algo, no por alguien.

Los de la orilla observan, montan cautela, pues son demasiado ellos mismos. La tierra es magnánima en maíz y sal, el agua proporciona alimento sin pausa, el mundo es ancho y no ajeno. Acogerían con viandas a los hambrientos engendros de la niebla, con tal de que estos no muerdan ni quemen ni abran carnes con hierros.

No hay acuerdo en el hallazgo. El milagro se malbarata. Truenan tubos, vuelan flechas, ladran fieras, sangres idénticas riegan el escenario del desembarco de todos los milenios. En esos momentos se torció el destino, lo que pudo ser no fue, siglos futuros lamentarán semejante desperdicio.

Y aquí estamos, herederos de aquel doce de octubre, expulsados unos y otros con espada flamígera, del segundo paraíso terrenal.

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