Acaso el rasgo principal de Toño Fernández, el gaitero mayor, era su vanidad. Todo en él era jactancia. Se ufanaba, por ejemplo, de la potencia de su voz y de cómo con ese don atraía a las mujeres.
“Si Toño Fernández canta
despierta al que está dormido
despierta la mujer sola
abandonan al marido”.
Cualquier motivo le servía para pavonearse. Cuando hablaba de San Jacinto, su pueblo, se ponía muy engreído.
“¡Vaya la Europa (sic) al carajo.
No hay tierra como la mía!”.
En cierta ocasión le practicaron una cirugía para extirparle un quiste que tenía en el cerebro. Cuando salió de la clínica no le dio las gracias al médico, sino que lo felicitó:
- ¡Docto, usted no sabe qué cabeza ha salvao!
También se caracterizaba por ser mandón. En el grupo siempre era él quien daba las órdenes, y cuando alguno de sus músicos quería influir en las decisiones lo despachaba con estas dos palabras lapidarias:
- ¡Hazte jefe!
De eso vivió convencido: él era el jefe.
Y lo era no solo por su carácter autoritario y su ego descomunal, sino porque a pesar de ser analfabeto, como todos sus compañeros, componía coplas de una belleza singular.
No más tenía una camisa
y un solito pantalón
no les cause admiración
mi sombrero era la brisa.
Nacido en 1912, surgió como cantante en una época en que ser gaitero era mal visto por sus paisanos: un oficio de plebeyos. Cuando grabó su primer disco quiso congraciarse con uno de los ricos de San Jacinto, Benjita Barraza, y por eso lo saludó efusivamente en una de las canciones. Pero su gesto no fue entendido como un detalle de cortesía sino como un agravio.
- No joda -le reclamó Benjita- ¡tanta gente que hay en este pueblo, y preciso tenías que mandarme el saludo a mí!
Entonces, como siempre, demostró que era el jefe: no se achicó por el desprecio sino que siguió cantando con ese chorro de voz que se oía en todas partes.
En los años 50 los Gaiteros de San Jacinto recorrieron más de veinte países de América, Europa y Asia. En 1968 los atletas colombianos que participaron en los Juegos Olímpicos de México fueron un desastre, pero a los Gaiteros -invitados a los actos protocolarios- les impusieron una medalla de oro.
Hace siete años el grupo, liderado entonces por dos sobrinos de Toño, obtuvieron un Premio Grammy que no hubiera sido posible sin su legado.
Cuando Toño cantaba, a uno se le alborotaba la sangre. De repente los pies empezaban a agitarse, como si se mandaran solos, y algún abuelo embriagado, desde la cima de su júbilo, soltaba un grito que le salía del alma:
- ¡Muévete, cuerpo viejo, que yo te traje fue pa que te divirtieras!
Mañana se cumplirán veinticinco años de su muerte. Así, ausente, Toño Fernández sigue siendo el jefe, porque aún no ha nacido el gaitero que se atreva a refutarlo, y porque todavía cuando canta despierta al que está dormido.