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MARIO BROS Y LA FALSA COMPAÑÍA

  • JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA | JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA
    JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA | JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA
27 de mayo de 2012
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El acreditado premio Príncipe de Asturias en Comunicación y Humanidades se envolvió en el remolino de la industria del espectáculo.

Al otorgársele al diseñador japonés Shigeru Miyamoto, creador del videojuego de Mario Bros que nos encarretó hace más de veinte años durante largas noches de vigilia, se consagró una contradicción: El muñequito devorador de galletas doradas y conquistador de mundos imaginarios es prototipo de la potencia incomunicadora de la realidad virtual.

Para el jurado, Miyamoto ha sido "el principal artífice de la revolución del videojuego didáctico, formativo y constructivo". Esto no hay que discutirlo.

Tampoco se pone en cuestión su interés en "innovar con programas y formatos que ayudan a ejercitar la mente".

Lo controvertible es que el fontanero Mario Bros, Donkey Kong y Zelda, juegos famosísimos y muy entretenidos, enriquezcan la función comunicativa. Todo lo contrario. La desvirtúan.

Cuando se puso de moda el Nintendo , Mario Bros fue el símbolo principal de este juego, con su caminado al ritmo de una musiquita pegajosa y sus caídas abismales.

Con este sucedió como ha ocurrido en las jornadas de Navidad con la mayoría de los juguetes traídos por el Niño Jesús: El hijo lo disfrutaba de día y el papá, de noche. Pero el manejo del control de la consola producía la impresión engañosa de que se dominaban las circunstancias. Y quedó un sedimento de frustración, de pérdida del tiempo, de aislamiento.

Se cortó la relación con los próximos, con la familia y se estableció una forma sui generis de asociación con un personaje nada comunicativo como el tal Mario Bros.

Si uno de los problemas cruciales del individuo contemporáneo es el ensimismamiento, porque no se buscan ni se encuentran interlocutores disponibles para conversar siquiera diez minutos sobre asuntos mínimos, no me digan que el videojuego es un instrumento de comunicación. No puede serlo.

El llamado ocio interactivo, en la modalidad de Nintendo y de Mario Bross, es aislante, separa de la realidad real , abstrae, enajena, acrecienta la soledad con el acicate de la ilusión de compañía en la pantalla. Pero es una falsa compañía.

Falsa compañía, como suele serlo también la de los medios cronófagos, que fagocitan el tiempo de los espectadores desde la aurora hasta la media noche. Prefiero cambiar de canal o disfrutar la lectura y un concierto de violín de Mozart.

Las tandas insoportables de telenovelas, los concursos bobalicones y repelentes, los noticieros que repiten las mismas noticias con los mismos protagonistas de las apariencias y las controversias inútiles (de los queridos viejos odios nacionales y las vindictas interminables), crean una sensación ilusoria de compañía y alivian los vacíos que deja la soledad, pero son paliativos tan fugaces como falaces. Incomunican, lo mismo que Mario Bros.

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