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¿Luna de miel agonizante?

  • Beatriz De Majo C. | Beatriz De Majo C.
    Beatriz De Majo C. | Beatriz De Majo C.
11 de octubre de 2011
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La relación petrolera entre Venezuela y China tiene a los dos lados de la ecuación preocupados. Los dos países han venido desarrollando una interacción preferida y estrecha en esta materia energética, asunto que le resuelve problemas de distinto tenor a cada quien, pero que igualmente les está causando pesadillas a ambos.

Un abultadísimo acuerdo de financiamiento otorgado por el país asiático al venezolano ha estado en la palestra pública por largo tiempo. Una suerte de identificación con ideales socialistas, entendida de manera diferente por cada una de las partes serviría de marco doctrinario y político a estos acuerdos. Pero en la práctica la necesidad de asegurarse enormes contingentes de energía fósil de China unido a su holgura financiera es lo que ha servido para inventar una fórmula financiera transaccional que le asegure a Beijing un flujo constante de cerca de 300.000 barriles diarios de crudo venezolano. Por el lado venezolano, las imperiosas necesidades de caja de la estatal PDVSA son las que están al origen de esta disposición a claudicar ante las necesidades energéticas de China en términos beneficiosos para los asiáticos. Este suministro de crudo no es otra cosa que el pago en especies de empréstitos chinos por más de 12.000 millones de dólares.

El compromiso a futuro sobre el petróleo que aún yace en el subsuelo está siendo visto por buena parte de los venezolanos como una hipoteca del futuro de las nuevas generaciones y es motivo de urticaria en el proceso electoral ya en marcha para el 2012. Esta "generosidad" gubernamental viene a sumarse a molestias por otras actitudes dadivosas del Teniente Coronel con países que igualmente compartirían sus tesis revolucionarias: Cuba, Nicaragua, Bolivia y Ecuador.

Por el lado chino las dificultades son otras. La cooperación activa del gobierno de Hu Jintao con el gobierno de Venezuela en materia financiera le está sirviendo de aliento a un régimen que se ha declarado enemigo de Norteamérica con toda su fuerza. Eso no sería demasiado grave si no fuera que personeros venezolanos muy allegados al gobierno vienen siendo señalados por órganos oficiales americanos de presuntamente colaborar con organizaciones terroristas y con la facilitación del narcotráfico. Y si no fuera porque, de una manera desafiante, el gobierno de Hugo Chávez apoya a gobiernos cuestionados y sancionados por los Estados Unidos y por buena parte del mundo occidental, bien sea por delitos de lesa humanidad, por la flagrante violación de los derechos humanos, por su supuesta vinculación al terrorismo o por su amenazante política nuclear: Mahmoud Ahmadinejad, de Irán; Alexander Lukachenko, de Bielorrusia; Muammar Gaddafi, de Libia; Bashar Al-Assad, de Siria, por citar algunos.

Dejando a un lado que cada uno de los proyectos emprendidos por los chinos en suelo venezolano están haciendo agua por más de un flanco -y este tema la lupa china lo tiene bajo escrutinio- hay que preguntarse hasta dónde puede ese país continuar impulsando un estrecho vínculo con Venezuela en el momento en que más está interesada esta, la nación asiática, en medio de la turbulencia mundial actual, en una cooperación sólida con su más importante deudor, los Estados Unidos.

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