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LECCIONES DE UN FALLO

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24 de noviembre de 2012
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Todos perdimos. Perdió San Andrés, perdió Colombia, perdió la clase política del país, perdió la diplomacia, perdió el Estado y perdimos todos los ciudadanos que sentimos ese fallo como una puñalada en nuestra nacionalidad.

Entrar a señalar responsables individuales es una franca estupidez. La responsabilidad es colectiva e histórica. Desde hace décadas este tema se viene manejando mal. Y nuestro país no ha tenido un debate nacional sobre nuestra integridad nacional, sobre nuestras fronteras (abandonadas por siempre) y sobre la responsabilidad que tenemos todos de conocer lo que es Colombia como nación.

Habría que empezar por la historia que enseñamos. Los mismos mapas, hasta hace poco no mostraban la dimensión territorial en su integridad. San Andrés, Providencia y Santa Catalina aparecían como un cuadrito a la izquierda del mapa de Colombia. Nunca incluían el más de un millón de kilómetros cuadrados que tenemos de soberanía marítima en el Pacífico y en el Caribe, una cifra equivalente a la que tenemos en territorio continental. La pérdida de Panamá y de otras grandes porciones de territorio a lo largo de nuestra historia pasan inadvertidas en el imaginario colectivo del país. Pareciera que le tuviéramos miedo a un nacionalismo que en dosis no excesivas es bueno para una sociedad.

Fracasó la diplomacia colombiana. La de hoy, la de hace diez años y la de hace 100. No hay una identidad frente a la defensa de nuestros intereses estratégicos que como país en el mundo debemos tener. La Cancillería, desde hace rato, es un refugio clientelista para pagar favores que da vergüenza. Ver quiénes son los embajadores hoy de Santos, sus amigos, o los de Uribe o los de Pastrana o los de López o los de Turbay o Lleras son una radiografía del desdén con que los presidentes de Colombia ven nuestra política exterior. Grandes ministros y punto. Nos pasaron la cuenta de cobro.

Precisamente esa debilidad institucional evitó que hace muchos años tomáramos una decisión: nadie va a una pelea jurídica donde tiene algo que perder. Eso ha debido ser una decisión de Estado hace décadas. Hoy, con 100 mil kilómetros cuadrados menos de territorio, estamos dando ese debate.

Si algo tiene de bueno este fallo es que por fin nos damos cuenta de que tenemos unos mares que defender, proteger y aprovechar. No son solo unos marinos, unos infantes o unas fragatas. Es mucho más que eso. Le dejamos el mar a la Armada y como sociedad y Estado le dimos la espalda. Que se encarguen y la verdad lo hicieron lo mejor posible. Pero no hay estrategia geopolítica frente al Caribe y al Pacífico. Chávez la tiene y nosotros seguimos a la saga. No estudiamos lo que tenemos, ni la riqueza que hay para explotarla. En fin, sigue siendo frontera y por lo tanto una pedazo de la Colombia olvidada.

¿Aprenderemos la lección? ¿Fortaleceremos la institucionalidad que tiene que ver con el mar y que hoy es una vergüenza? ¿Haremos finalmente el cambio profundo de nuestra Cancillería para que allí lleguen y se queden los mejores, salgan los malos y los presidentes no la puedan manejar a su antojo burocrático? ¿Cambiaremos los libros de historia y geografía para entender a toda nuestra Colombia y cómo la han desmembrado a través de la historia? ¿Entenderemos lo importante que son nuestras fronteras?

Hay tanto por hacer. Ojalá nos despertemos. Por ahora la decisión debe ser no acatar el fallo. Hay múltiples antecedentes de todo tipo de países y tendría mucha mayor legitimidad si se hace a través de un referendo. Pero no nos quedemos ahí que la calentura no está en las sábanas sino en la miopía de nuestra clase dirigente, política y económica, que sigue pensando que Colombia es Bogotá y San Andrés un lugar de descanso con bonitas playas.

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