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Las lecciones de la comunicación

08 de septiembre de 2008
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Si hubiera que encontrar una explicación del descenso en la popularidad de Alonso Salazar y del bajón en la percepción de confianza de los siempre optimistas ciudadanos de Medellín, habría que buscarla en el seno de la administración de Sergio Fajardo donde, hay que decir, el hoy Alcalde fue protagonista.

Aún más: habría que hurgar en las instancias donde se estructuró el hilo conductor del discurso que se puso a circular por el aparato institucionalizado de la comunicación pública.

"Medellín pasó del miedo a la esperanza" se nos dijo por televisión, en los periódicos, a través de la radio, en vallas publicitarias... Y de eso nos convencimos por razones que están previstas en la teoría: "existen interdependencias entre la transformación de la comunicación pública y el cambio de la sociedad".

Pero también por los atributos del emisor, un personaje en perfecta sintonía con las nuevas formas de hacer y experimentar la política: Fajardo, líder con carisma, identificable con el ciudadano común, hombre cercano, que caló en las emociones de la ciudad, con un discurso- minuto, fácil de televisar y con apariencia de eslogan.

Y fue tal su fuerza simbólica y emocional, que "Medellín, del miedo a la esperanza", se erigió en el mito fundacional de una era, de un punto cero en la historia de la ciudad.

Claro, tuvo la eficacia suficiente para dirigir las miradas hacia el futuro, gestar un movimiento con fuerza para la continuidad (por el cual Alonso es hoy alcalde), configurar una plataforma política y de base social en crecimiento.

Pero también tuvo el vigor para borrar el pasado y adormecer la memoria.

Entre todos asumimos seca la sangre de la Medellín violenta, creímos cicatrizadas las heridas y nos dijimos que los tiempos de paz no tenían reversa.

Las cifras de disminución de la criminalidad y los homicidios ampararon tal discurso pero fue, en parte, porque los delincuentes, en tregua declarada, quisieron mostrar resultados de su "pacificación pactada".

Hoy, Alonso Salazar está recibiendo el golpe de bumerán de una sentencia que circuló sin blindaje.

La ciudadanía lo juzga en las encuestas porque subieron los homicidios y porque perciben a Medellín desandando un camino.

Ni los datos de los sondeos ni los mensajes de los medios, a los cuales los políticos se adaptan en peligrosos ejercicios de simplificación, son buenos para expresar ideas complejas.

Como la de que el verdadero acto de fundación de la alcaldía de Fajardo fue la de administrar sin transar principios, y como la de que Salazar intenta gobernar sin esconder realidades, en un ejercicio de aprendizaje de las lecciones de la comunicación.

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