Hace treinta años circulaba en toda Colombia un chiste sobre costeños. Se decía que, entre ellos, "cuando es a pelear es a correr". Como toda broma sobre modos regionales de ser, esta encerraba mirada de desprecio en torno de los pacíficos y despreocupados caribeños.
La ocurrencia fue forjada en el interior, donde han sucedido guerras civiles, masacres y demás violencias. La formularon hombres pendencieros y de sangre caliente, para burlarse de una pretendida cobardía de los costeños.
Venía a complementar otra historia. La del pescador que luego de sacar con anzuelo ración diaria de mojarra para la familia, se acuesta al mediodía en hamaca a tomar ron con agua de coco.
Un empresario le aconseja que pesque en más cantidad y contrate empleados para amasar fortuna y dedicarse al final de su vida a descansar, dormir en hamaca y tomar ron. "¡Ajá… ¿No es eso lo que estoy haciendo desde ya?", remata triunfante el hombre.
Es probable que esta burla sobre la no violencia y esta anécdota anticapitalista pertenezcan ya al pasado. De hecho a partir de los años ochenta, hordas de belicosos y traficantes de otras regiones penetraron en la costa y convirtieron a sus moradores en víctimas o en soldados de guerras forasteras.
No obstante, aquellos costeños de antaño, que corrían a la hora de pelear y disfrutaban la buena vida sin esperar a viejos, concurrieron a conformar sin duda el ethos, el carácter común de comportamiento de los caribeños de hoy.
Son gentes laboriosas, pero no ponen las faenas por encima de la dicha. Defienden sus derechos, pero intuyen que fiesta, música y libación son supremos argumentos para transar en pendencias sociales.
Sin la brisa de tam-tam proveniente de los nativos de la costa, Colombia sería insoportable. Sus crueldades seculares habrían carecido de bálsamo. Es que los costeños caminan a velocidad de sombra bajo las palmeras, mientras el mundo se atropella para llegar primero a ninguna parte.
Esta es la gran contribución del Caribe al país y al mundo: una inclinación orgánica a la alianza con huestes de Dionisos, una don para obedecer al estómago y al corazón más que a las eficientes circunvoluciones cerebrales.
Los caribeños han de tener frescos los hervores del paraíso. No de otro modo se comprende su entrega natural al balanceo de fluidos que es la vida.
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