Queda, después de la actuación del autodenominado grupo de intelectuales, la obligación para el resto de los normales mortales de agradecerles a las Farc por ese acto humanitario de dar por finalizada la esclavitud de quienes estuvieron secuestrados en sus campos de concentración.
Gracias a las actuaciones de los intelectuales, la sociedad se ha dado cuenta que el grupo guerrillero es un verdadero movimiento que procura no solo la libertad de tanto secuestrado, sino también la liberación del pueblo colombiano, tan oprimido y explotado por su clase dirigente. Ha tenido la oportunidad de constatar sus altruistas actuaciones, altruismo que ya lo había ratificado la sala penal de la corte suprema de justicia de Colombia en objetivo y legítimo fallo del año 2007.
Eso de liberar a secuestrados después de 7 años de estar encadenados y humillados es un gesto de una magnitud tal, que el simple agradecimiento no será suficiente. Nos quedará la obligación de ir preparando una constituyente con tan importantes personalidades. La única manera de pagar la deuda será a través de un acto de reconciliación que implique negociar el futuro de la nación.
Y es que definitivamente este país no tiene salvación mientras los temas de Estado no sean diseñados conjuntamente por mentes tan privilegiadas como las de Cano, Jojoy y compañía, máxime cuando están orientados por esa obra del constitucionalismo moderno como es la carta magna de su mentor y patrocinador Hugo Chávez.
Las Farc, cuyo único interés, repito, es la salvación del país, no deberá preocuparse por otros secuestros, por otras masacres, por más carros bomba. Siempre estarán estos diligentes y espontáneos grupos de mediadores, intelectuales y demás figuras que quieren "la paz", prestos para dar otra oportunidad, para hacerlos ver como actos inevitables y como costos que tenemos que asumir. Dirán que tan perversa ha sido esta sociedad y que es tal la pobreza, que bien merecido tenemos los actos del grupo guerrillero.
Es curioso que en Colombia las solicitudes de oportunidades para esta organización criminal sean infinitas. Nunca se agotan. Un carrobomba más, otra masacre indígena o campesina. Eso es lo de menos. Pueden estar tranquilos que siempre aparecerán de manera inmediata y diligente, grupos de colombianos por la paz que nos conducirán a sentirnos obligados a darles la última oportunidad, a ofrecerles otro diálogo político, sin precisar, claro, cuáles son sus alcances. En eso llevamos 15 o más años. Que se mueran secuestrados en su poder y que causen más lisiados con sus minas antipersona, no importa. A eso le echamos tierra, pues para sus delitos no hay verdad, ni reparación, ni justicia.
Queda sí una solicitud respetuosa para los intelectuales: aprovechando las estrechas relaciones epistolares, no se limiten a predicar intercambios, acuerdos humanitarios o como se quiera denominar de tan solo 22 militares.
Es indignante para el resto de las familias que aún tienen personas secuestradas, que su desinteresada lucha no incluya la libertad de todos los colombianos, especialmente ahora que Francia se olvidó del tema.
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