De todas las transformaciones políticas que se dieron en la Primavera Árabe fue la transición de Egipto la que más revuelo y admiración causó en el mundo democrático. Forjada por una mayoría joven en la Plaza Tahrir de El Cairo, las protestas acabaron con el gobierno dictatorial de Hosni Mubarak, atornillado en el poder por tres décadas.
El 11 de febrero de este año, tras semanas de protestas, la televisión egipcia anunció que Mubarak renunciaba y el poder recaía en las Fuerzas Armadas. Las celebraciones estallaron para toda una generación de egipcios acostumbrada a ver a Mubarak como un omnipresente inmune a las leyes.
Esa misma Plaza Tahrir, símbolo del derrocamiento de Mubarak, está encendida nuevamente por miles de ciudadanos que se sienten engañados por los militares. Durante nueve meses no se ha dado paso ni a la libertad ni a la transición democrática.
El símbolo de la Primavera Árabe parece estancado en su peor pesadilla. La solución a la dictadura de un solo hombre fue un colegiado militar que bajo las órdenes del mariscal Mohamed Tantaui, exhombre de Mubarak, cierra el cerco a cualquier tipo de protesta o petición de libertad democrática.
Tantaui está a la cabeza del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas y su forma de reprimir las críticas se ha tornado igual o más violenta que la que ejercía Mubarak a principios de año.
Los mismos brazos que se levantaron para acabar con un poder corrupto de 30 años ahora se levantan para reclamar promesas incumplidas por los militares. Aunque Tantaui se comprometió a transferir el poder a los civiles, los meses pasan sin ninguna evolución y los mismos países que apoyaron la caída de Mubarak ahora exigen una transición pacífica y rápida. Elecciones sin demora.
Sin embargo, el horizonte de un presidente civil parece lejano. Las elecciones legislativas en Egipto se celebran durante tres meses empezando esta semana y hasta el próximo enero en medio de varias vueltas electorales. A la demora en el tiempo se le suman denuncias de corrupción y la posibilidad de que los militares ajusten los resultados para sus beneficios.
En estas elecciones los egipcios escogerán a su parlamento que tendrá como objetivo redactar una nueva Constitución y llamar a elecciones presidenciales. El partido de los Hermanos Musulmanes se siente claro ganador y previendo problemas con el Ejército prefirió no criticarlo y alejarse de las protestas.
Para muchos ciudadanos, la subida al poder de los Hermanos Musulmanes significa una mayor mezcla del islam con las leyes y quizá una demora en la consecución de libertades básicas.
La gran lucha del Ejército egipcio es mantener una cadena de privilegios económicos y sociales que superan exponencialmente a los de los ciudadanos de a pie. En su defensa por mantener esas ventajas pueden aplastar los ideales que construyeron los protestantes de febrero.
Lo alarmante es que en Egipto está en juego mucho más que la estabilidad del propio país. Al ser símbolo de la ilusión de la Primavera Árabe sus frustrados alcances son un reflejo de que otros países que pasaron (o están pasando) de las dictaduras a las democracias, no tienen el juego ganado una vez el déspota cae del poder.
Las viejas formas de hacer política con privilegios para unos pocos, estrechas libertades y corrupción, perduraron en el tiempo y están enquistadas en las sociedades. El logro de una nueva época a veces resulta ser una copia aberrante del pasado y las revoluciones, que creían ganada la carrera, tienen que volver a empezar.
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