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CUANDO LA ALFOMBRA SE VUELVE ROJA

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30 de junio de 2012
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Hay personas que no caminan sino que desfilan, ¿han notado?

A ellos el pavimento se les vuelve alfombra, y la alfombra se les vuelve roja. Viven de gala, y no precisamente por sus trajes, sino por la actitud sobrada, arrogante y pomposa que asumen frente a los demás en su diario vivir.

Un perfil aproximado, en el que caben varias clases de estos ejemplares en vía de reproducción, podría ser:

Son presumidos, miran por encima del hombro y, si se dignan abandonar la pasarela para dirigirse a los que consideran sus inferiores, emplean un tono irónico y ofensivo contra ellos.

Creen saberlo todo de todo, excepto de la humildad como virtud. Con seguridad recitan de memoria la definición del diccionario: ("Del lat. humilitas, -atis). f. Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento". Sólo que ellos no reconocen sus propias limitaciones ni tienen debilidades. En consecuencia, la definición no es más que letra muerta en las páginas amarillentas de un viejo libro de conceptos.

Quienes desfilan por la alfombra roja creen que sus defectos son cualidades que los hacen únicos e irrepetibles. Y se jactan de su singularidad. Lo común y corriente es apto para plazas de mercado populares. Ellos son productos de alta gama y se precian de ser las piezas escasas de una colección invaluable por las que cualquiera daría hasta la vida. Los aplausos les son tan necesarios como el agua para subsistir.

Han creado en torno a ellos una cápsula inaccesible, tal vez para protegerse de las bacterias que somos los demás. Van en contravía del sentir general, descalifican a quienes piensan en contrario y hacen del dogmatismo su punto de partida y de llegada, nada de desvíos que abran posibilidades de otros caminos. A ellos les escrituraron la verdad y punto.

La soberbia los hace sentir imprescindibles. Padecen un complejo de Adán más grande que su ego y que su inteligencia, y aunque vayan en picada se sienten ascendiendo, porque la humildad no les alcanza para reconocer que se equivocan.

Las ramas de su árbol genealógico se cruzan en línea directa con las del Espíritu Santo. De ahí que sólo se relacionen con los de su misma condición, bien sea económica, intelectual o de linaje. De cualquier manera necesitan llamar la atención a toda hora, por eso hacen alarde de sus méritos y guardan silencio ante sus errores.

Nada más decadente que la monarquía y sin embargo hay quienes insisten en creerse reyes sin corona, y no precisamente para servir al mundo, sino para que el mundo les sirva a ellos.

Cuando la alfombra se pone roja, la vanidad se pavonea por ella y la grandeza de lo sencillo se hace imperceptible.

De regreso al diccionario, un recorderis: "la sencillez es el valor moral que faculta al ser humano para no hacer alarde de sus cualidades y posesiones".

Y otro hecho proverbio por parte de los árabes: "Ni la humildad de los pescadores ni el cinismo de los mercaderes empañarán la pureza de las perlas".

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