No hay duda alguna de que las Farc y el Eln están en Venezuela. Las fotografías, las confesiones, los mapas y los documentos que presentó Colombia ante la OEA y Unasur son pruebas fehacientes de que comandantes y guerrilleros colombianos se refugian, descansan, se proveen y operan desde campamentos y poblaciones al otro lado de la frontera.
Tampoco hay duda de que, con altibajos e incidentes, las Farc y el Eln han estado y actuado en Venezuela desde hace muchos años. En algunas ocasiones, la Guardia Nacional les ha hecho frente por los secuestros y robos que perpetran; el presidente Caldera, por ejemplo, autorizó a sus tropas para entrar a Colombia a perseguir bandidos "en caliente". Durante medio siglo (y de manera más o menos activa) han funcionado los acuerdos de carácter policial y judicial que se acostumbran entre gobiernos amigos.
Nunca, sin embargo, Venezuela le ha declarado la guerra a esas guerrillas, ni ha ejecutado operativos militares grandes en su contra.
La explicación de esta relativa tolerancia es bien sencilla: ningún ejército del mundo se hace matar por cuenta del país del lado, ni contra enemigos que no son los suyos. Y además, en este caso, es un secreto a voces que para los halcones de Venezuela, las Farc y el Eln sirven para distraer al Ejército de Colombia en el asunto vital del Golfo. Por estrategia o por simple facilismo, todo mundo en Venezuela sabe pues que los gobiernos de Leoni, Pérez, Herrera, Lusinchi y el mismo Caldera se hicieron los bobos o bajo cuerda hablaron con nuestras guerrillas.
Tampoco cabe duda de que la situación empeoró con Chávez. Para empezar, el Coronel se formó en un ejército cuya obsesión era el Golfo. Después, y más al punto, Chávez es la cabeza de una revolución "bolivariana" y socialista, cuyas ideas por supuesto están más cerca de las Farc y el Eln que las de todos sus predecesores. Y para completar, el pleito con Uribe ayuda a capotear la crisis económica y política que debilita más y más a Chávez.
Esas cosas suceden al mismo tiempo que Colombia logra expulsar las guerrillas del centro del país, con el efecto lateral de desplazarlas hacia las fronteras. Pero el gobierno Uribe no anticipó ese resultado, que por supuesto implicaba mejorar las relaciones con Ecuador y Venezuela para debilitar las retaguardias guerrilleras. Por bien fundados que estuvieran sus reclamos, la "diplomacia" de Uribe no hizo así más que facilitar la vida de las Farc y el Eln, en el mejor de los casos, porque aumentó la desidia de los gobiernos vecinos, y en el peor porque estrechó sus nexos con las guerrillas.
Esos nexos o apoyos habrían sido gravísimos si el Eln o las Farc tuvieran alguna posibilidad de tomarse el poder en Colombia. El apoyo de Pakistán al Talibán, o el de Reagan a los "contras", podrían decidir quién gana en una guerra. Pero acá la guerrilla no tiene futuro -y Chávez acaba de repetirlo-. Muy tonto o muy ingenuo sería él (o Correa, o Raúl Castro) si se embarcara en una causa tan perdida y se arriesgara de veras a ayudarla.
Las condiciones objetivas del conflicto interno afortunadamente impiden que el pleito Uribe-Chávez desemboque en la internacionalización real de ese conflicto. En estas circunstancias, el empeñarse en los cargos contra Chávez es un error costoso de Colombia. Ni lo que está ocurriendo es algo nuevo (Uribe mismo lleva años diciéndolo) ni se puede arreglar de esta manera (así al contrario se agrava) ni en todo caso es la amenaza grave que compense los costos de una actitud tan dura por parte de Colombia.
En su simplismo ideológico, este gobierno sobreestimó la presencia internacional de las Farc y el Eln, que hace veinte o treinta años son cadáveres políticos. Por eso Uribe se sobrecalentó con Chávez y con Correa, produciendo resultados contrarios a los que buscaba.
Pero Juan Manuel Santos no es Álvaro Uribe.
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