Luego de batirse como una fiera en el tinglado, darle el primer triunfo a Colombia en el boxeo olímpico sobre Cuba, asegurar la medalla de plata y quedar con la opción del título en Río de Janeiro, Yuberjén Martínez abrió el corazón y recordó su origen. Uno a uno mencionó a sus orientadores, Abelardo Parra, Rafael Iznaga, José Salinas y, especialmente, a Wílber Blanco Durán, el hombre que lo recibió cuando tenía 16 años y pulió su estilo.
Sintió nostalgia al referirse a Wilberto, como le llama, a quien acude cada vez que no está con las selecciones de Antioquia y Colombia. En sus visitas a su casa en Chigorodó lo busca para practicar y mantener la forma física y técnica. En diciembre pasado fue donde él se tomó fotos y le regaló 200 mil pesos, en una muestra de su gratitud con este guía con el que libró, a puños, muchas batallas para no desviar el camino.
Wílber, de 46 años, natural de San Juan de Urabá y pariente de Irene Mambaco Pacheco, cuyo padre le enseñó los secretos de boxeo, evoca las jornadas en las que su alumno Yuberjén entrenaba bajo la sombra de los árboles en el barrio La Playa, un sector popular de Chigorodó, pues dice que en ese municipio del Urabá paisa no hay un escenario especial para este deporte.
Cuenta que para poder entrenar a sus pupilos le tocó hacer un riel con llantas de carro detrás del coliseo cubierto.
“Yuberjén llegó a mí como casi todos los chicos que andan buscando un mejor futuro. El boxeo siempre se ha mirado como un deporte violento y ningún padre se me ha acercado para traerme a su hijo, ni está pendiente de su preparación. Para mí son deportistas de la calle”, cuenta Wílber desde la zona bananera, quien muchas veces le ofreció abrigo, comida y ayuda para los pasajes al boxeador que acabó con un ayuno de 28 años de medallas para el país en este deporte.
Relata que este peleador de la categoría minimosca siempre fue humilde y disciplinado. “Centrado en lo que yo le decía e inclusive cuando terminaba el recorrido que le ponía, me decía que quería correr más; hoy recoge los frutos de ese esfuerzo”.
Recuerda a un chico gracioso, a quien conocían como el Sombra. Por eso cuando empezó a sonar su nombre en Río, muchos le preguntaban quién era. Su alumno hoy toca la gloria y él, en el anonimato, disfruta de su apostolado.
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