Gabriel Jaime Morant se puede dar el lujo de contar que es uno de los pocos que fue aceptado como trabajador de una empresa poniendo condiciones antes de firmar contrato.
Dándoselas de aventado, pero manteniendo la viveza propia de los antioqueños, Morant cuenta que “lo primero que negocié en la entrevista fue que me dejaran juntar dos periodos de vacaciones para poder concretar uno de mis más grandes sueños como montañista: conquistar el Aconcagua”.
Y pensando más en colaborarle al deportista que en otra cosa, en Andercol, donde entró a laborar hace tres años, le cogieron la caña. “Así pude cumplir lo que era un proyecto de casi diez años, porque desde 2004 estaba pensando en ascender una de las cimas más altas del mundo”.
En 2011, este ingeniero químico de la Universidad Nacional, de 33 años, practicante de escalada y montañismo, instructor por varios años en Altitud Aventura y Roc House, visitó Chile y Argentina, donde la nostalgia por subir la más imponente montaña de América le renovó sus deseos. “Vi desde lo lejos al imponente Aconcagua, entonces fue ahí donde decidí que debía retomar mi proyecto, que lo había postergado por falta de patrocinio”.
Y casi que en un abrir y cerrar de ojos, ya tenía equipaje, pasajes, guías, deseos y, lo más importante, patrocinio. Obtuvo el permiso del Parque Provincial Aconcagua en Mendoza, Argentina, para emprender la caminata que lo conduciría a coronar el llamado Centinela de Piedra.
Recuento del ascenso final
Gabriel acaba de regresar de su aventura que demoró ocho días con ascensos ininterrumpidos y acompañado de fuertes vientos y frío. Su historia ya la puede contar entre amigos, familiares y extraños: es uno de los pocos antioqueños en subir el Aconcagua, el primero en hacerlo en solitario, así otros tres colombianos -entre ellos dos antioqueños, Ana Bustamante y Nicolás Díaz, y el vallecaucano René Huertas- lo hayan hecho este mismo inicio de año.
“El día que hice cima, salí de mi carpa a las 5:00 a.m. hora Argentina, pasé por campo Independencia y continué hacia el gran Acarrero, luego de más de seis horas llegué a la cueva y de ahí inicié el ascenso más duro de mi vida: la famosísima Canaleta, un trayecto exigente que puso a prueba cada célula de mi cuerpo y que en la última hora y media, la montaña me dio a entender que ese lugar está reservado para la perseverancia y el esfuerzo al límite”.
Y finaliza su relato: “hice cumbre a las 2:02 de la tarde - es decir tardó 9 horas en el último trayecto- llegué a 6.962 metros más cerca a las estrellas, allí mi espíritu trascendió a otro nivel en una de las atmósferas más enrarecidas del planeta y en un lugar donde el clima cambia en cuestión de minutos, para mostrar su poder e imponencia”.
Abajo, ya en el campamento desde donde se divisa la grandeza del Aconcagua, vino a celebrar y a recapacitar en su aventura. “Nada más placentero que retroalimentar la mente y el espíritu con una escalada en la vida”. Misión cumplida .