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La obra de Mary Shelley cumple 200 años y está tan vigente como su personaje. Aún nos perturba su pregunta esencial: ¿cómo ser dios entre los hombres?
Los clásicos son clásicos cuando modelan una época y se convierten en referentes para el presente. Mary Shelley publicó el día de año nuevo de 1818 la primera versión de Frankenstein. Desde entonces han pasado 200 años y aquel monstruo, que reavivó ese temor del creador de ser superado por sus creaciones, sigue vigente.
En algunas de las más intrigantes escenas de la novela aparecen fieros debates y experimentos científicos, en un contexto del surgimiento de la razón en pleno inicio del Siglo de las Luces. También ocurren cuestionamientos de peso ontológico (relacionados con el ser). Un pasaje de la novela dice:
“Esperaba ya que me recibieras así ―dijo el monstruo―. Todos los humanos odian a quienes son infelices. ¡Cuánto odio debo despertar yo que soy el más infeliz de los seres vivientes! Incluso vos, que me disteis la vida, incluso vos me detestáis y me rechazáis, a mí, a la criatura con la que os atan lazos que solo la muerte podrá romper”.
¿Qué mayor poder que el acto de dar vida?...