Hay goles que se gritan a rabiar. Como ese que marcó Freddy Rincón aquella tarde de junio de 1990, pasando el balón por debajo de las piernas del arquero alemán Bodo Illgner y que celebró apretando los puños y corriendo mientras gritaba lo único que se podía gritar: ¡Gol hijueputa! O ese otro del uruguayo Diego Aguirre en el tercer partido definitivo de la final de la Copa Libertadores de 1987 en Santiago de Chile, entre América y Peñarol. En el minuto 120 sacó un zurdazo cruzado que Falcioni no pudo atajar. Corrió solitario por la pista atlética mientras la mitad de los caleños lloraba de tristeza y la mitad de los montevideanos lloraba de alegría.
También gritó hasta perder la voz Troy Deeney, del Watford Football Club. En el minuto 95 del juego de vuelta en la cancha del Leicester City, por el ascenso a la Premier League y con el marcador 1- 2 (y la serie empatada a dos con la ventaja del gol visitante para el Leicester), el árbitro pita un penal a favor de los locales que el portero...