Ahora, cuando se acerca la Feria de las Flores, se oyen voces que dicen que Medellín debería tener un carnaval. Un espacio donde haya una alegría colectiva desbordante. Como señala Juan Luis Mejía Arango, el rector de Eafit, una fiesta en la que no estén tan definidos los roles de actores y espectadores, sino que estos también participen del jolgorio. Que la alegría no llegue por ver hacer, sino por hacer.
O como lo expresa Cristóbal Peláez, el director del Teatro Matacandelas, unas fiestas con esencia popular en que haya una liberación más profunda de la rutina y de esa actitud de consagración extrema al trabajo, mediante las artes, la embriaguez, el baile...
Juan Diego Mejía, el director de la Fiesta del Libro, entra a terciar en este tema. Dice que Medellín debería tener una celebración más participativa, que no solamente convoque a unos a ver pasar y a otros con su alegría.
Y para que haya tal desinhibición, no debe estar ligado a la institucionalidad, es decir, no debe ser una actividad organizada por disposición oficial, sino el resultado de encuentros y procesos culturales nacidos en el seno de la comunidad, de manera espontánea.
Un carnaval es una fiesta popular que se realiza antes de la cuaresma y, por lo general, las personas se disfrazan o utilizan máscaras y desfilan en comparsas.
Los etnólogos coinciden en que tiene origen pagano. Con ellos se celebran mitos y tradiciones. Es muy cercano a las formas preteatrales, como el ritual y los cultos a Dionisio”, señala Cristóbal, quien desearía que todas las ciudades del mundo tuvieran carnaval.
La feria es un acontecimiento que se realiza periódicamente en torno a un producto determinado, por lo general para promoverlo. Feria del libro, del automóvil... Incluye una serie de eventos lúdicos.
En este punto, el rector de Eafit está convencido de que la Feria de las Flores podría ser considerada también una feria del transporte: el Desfile de Silleteros alude a la silleta, la forma en que se transportaban los humanos en siglos pasados, a lomo de hombre; el desfile de carros antiguos, el desfile de chivas, la exposición de fondas camineras... Hubo cabalgata.
“No faltaría sino que se incluyera algo alusivo al ferrocarril y la Revista Aérea que se hace en Rionegro”.
Considera que la explicación de tal fenómeno puede encontrarse en las ansias de comunicación que hemos tenido siempre los antioqueños, porque, recordemos, la condición montañosa hacía difícil la entrada y la salida de Medellín en otros tiempos.
Carnaval de Medellín
María del Rosario Escobar, la directora del Museo de Antioquia, recuerda que Medellín tuvo carnaval en épocas pasadas, como lo dejó registrado Tomás Carrasquilla en Frutos de mi tierra.
A este respecto, el rector de Eafit escribió un texto en el periódico Universo Centro, en noviembre de 2014, titulado Nostalgia de Carnaval:
“Al fin de la época de la Colonial eran frecuentes las mascaradas (...). En vísperas de la Independencia, fueron prohibidas en Medellín y Rionegro algunas mojigangas que se burlaban de la comedia vivida entre los Borbones y Napoleón”.
Más adelante indica que en el siglo XIX “(...) se realizaban las fiestas populares. Las clases altas organizaban comparsas de a caballo que en la madrugada salían en una disparatada cabalgata que se denominaba La caravana. A las clases populares se les financiaba la elaboración de disfraces para sus comparsas y sainetes. Por lo general el último día se dedicaba a ridiculizar lo realizado por los señoritos los días anteriores
(...) Pero aquellas carnestolendas no tendrían futuro (...) esa autoridad un día se cansó, se alarmó y prohibió de un tajo la fiesta popular”.
La prohibición operó partir del 27 de diciembre de 1916.
No decretarse, fomentarse
María del Rosario cree que el carnaval no puede establecerse por decreto. No puede ser una disposición oficial: “un carnaval se hace por tradición y esta tradición debe surgir del pueblo”.
Por el mismo camino va Jorge Blandón, el director de la Corporación Cultural Nuestra Gente:
“Pienso que el carnaval es una experiencia humana liberadora, espiritual”.
Y recuerda que en Bogotá quisieron realizar uno hace pocos años, convocados por la Administración Distrital, pero eso fue un rotundo fracaso.
También trae a la memoria la intención de la Secretaría de Cultura de Medellín de traer muestras de los carnavales del país al Desfile de Mitos y Leyendas que se realiza en diciembre, pero la experiencia no pasó de ser, cada una de esas representaciones, una comparsa más en la caravana.
“Hay un carnaval no muy conocido, en República Dominicana -comenta el director de Nuestra Gente-. Las personas y grupos de los barrios se encuentran en el estadio. Van disfrazadas, escenificando expresiones populares.
Cristóbal ve difícil que un carnaval pueda crearse así no más. “En dos de los más cercanos que tenemos -dice el teatrero- el de Barranquilla y el de Riosucio, Caldas, uno percibe que están tan asentados en el alma de la gente, y no es posible lograr eso ni siquiera porque la gente se ponga de acuerdo. Hay una fantasmagoría con el asunto de Joselito. Lo mismo en el tema del Diablo.... Para que funcione, se requiere de una espontánea creación de símbolos”.
Juan Diego Mejía, el de los libros, lo dice de otra manera: cree que en nuestro medio, Medellín y sus zonas de influencia, no tenemos una “predisposición necesaria para el carnaval”. Que las ciudades y pueblos que lo realizan, como Riosucio, en Caldas, y Barranquilla, en el Atlántico, sí la tienen. Prueba de ello es que se le pregunta a cualquier persona de allí cuando fue la primera vez que se disfrazó y participó en la fiesta y dice que a los tres años.
“Si tuviéramos esa predisposición, no se hubiera dejado perder o hubiera reaparecido a principios del siglo pasado”.
Cree que, más que carnaval, debemos crear una fiesta a nuestro modo.
Juan Luis Mejía coincide en que en Medellín hace falta una fiesta de participación popular más amplia. Sin embargo, a diferencia de Juan Diego, el rector cree que sí hay un germen que pervive y podría ser la semilla de un nuevo carnaval: son esas manifestaciones culturales espontáneas de algunos sectores, como Barrio Comparsa, Nuestra Gente, el movimiento cultural popular en Altavista, y el desfile de mitos y leyendas de Castilla que se realiza el 31 de octubre...
“Y si miramos la ciudad con lupa, encontramos muchas más experiencias populares semejantes, que podrían fomentarse y unificarse”.
Juan Luis considera que lo peor que le puede ocurrir a un carnaval es que sea arreglado: “en este tema, el Estado, en vez de proponer lo que se debe hacer, debe encontrar las fiestas y fomentarlas”.
María del Rosario sabe que en cultura “dos más dos no son cuatro... y en esto estriba su belleza. Por eso, no se puede predecir que los eventos culturales mencionados por el rector de Eafit puedan convertirse un día en un carnaval, pero es necesario impulsarlos para que sigan siendo los espacios en los que nos encontremos como iguales en la calle” .
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