“En abril de 2004, viajé en compañía del reportero gráfico Manuel Saldarriaga al Río Atrato, alertado por religiosos de Chocó: los grupos paramilitares y guerrilleros, en su disputa por el control territorial, en la cabecera de un afluente, el Opogadó, conminaron al desplazamiento a los indígenas embera de las comunidades Playita y Egorókera.
Al llegar, encontramos a comunidades confundidas y desesperadas mientras se ponían a salvo de los atropellos de los grupos armados ilegales. Pero también hallamos a líderes como Bernelio Mecha y César Bailarín, capaces de conducir a su gente a lugares seguros. Allí, además, conocí a César y a Bill Clinton Bailarín, dos niños que apenas alcanzaban los diez años, pero decididos a ayudar a sus hermanos en el destierro.
El abandono de los caseríos se dio en medio de la época de aguas bajas del Opogadó. Como las embarcaciones viajaban recargadas de menaje, herramientas y alimentos, todos los hombres, sin excepción, debíamos bajarnos a empujar las canoas que se varaban en la arena o chocaban contra los troncos desechados por los aserradores. Fueron seis horas de viaje paciente, sintiendo a un país que ha sufrido tanto en sus eternas retiradas, pero capaz de afrontar con dignidad y valor las presiones y vaivenes de una guerra interna tan irregular como impiadosa”.