Los hijos de Rogelio Izquierdo no conocen los lugares sagrados del Parque Nacional Natural Katíos. Sus niños hacen parte de la comunidad indígena Tule y viven cerquita a Unguía, en el resguardo de Arquia, Chocó, y hoy no pueden caminar el parque —ni ellos ni nadie— ya que desde hace una década está minado.
Katíos salió hace dos semanas de la lista de patrimonio en peligro y hoy, junto con el Malpelo, es considerado por la Unesco como Patrimonio Natural de la Humanidad. Sin embargo, los 72.000 kilómetros que tiene el Parque Nacional Natural no están libres de riesgos, como lo han advertido las autoridades.
En la voz de Rogelio, Katíos es más que un parque. Es el lugar sagrado de sus antecesores, de su etnia, el lugar en el que quería que sus hijos crecieran. El relato que hace se torna doloroso cuando cuenta que el sitio es hoy un “lugar oscuro” a los que los niños Tules no tienen acceso. “Lloro porque no hay conexión con la tierra. Para mí es importante que mis hijos conocieran el parque”, cuenta.
Rogelio trabajó diez años como guardabosques. Hace siete no camina al parque y hoy es uno de los líderes más reconocidos del pueblo. Además, es estudiante de licenciatura de la madre tierra en la Universidad de Antioquia. Dice que ese pedacito de tierra le duele. “Desde hace más o menos siete años no voy al sector de Tilupo, sitio sagrado. Eso queda a dos horas y media de trayecto del centro administrativo del parque. Ya llevo siete años de no ir a Tilupo y ese es uno de los lugares sagrados, nosotros ya no participamos de él. No tenemos contacto y es un sitio sagrado nuestro. Tilupo era uno de los lugares que concentraba mayor nuestra atención”.
Fue a finales de la década del 90 cuando los indígenas salieron de la zona. El conflicto los desplazó. “Mire, desde entonces el parque ha sufrido de grandes saqueos de madera ilegal, el conflicto está dentro del parque y esto afecta al pueblo. No podemos salir a caminar por los senderos porque está el tema de las minas”.
Recordó que con el conflicto, las cosas cambiaron en el lugar. “El parque estaba en conservación, hasta ahí todo era muy bueno. Luego los conflictos armados comenzaron a atacar esa vida que tiene el Parque Nacional. Nosotros hacíamos nuestros rituales allá, íbamos a buscar plantas medicinales para nuestra comunidad, los rezos. De un momento a otro ya no podíamos entrar. El conflicto llegó a la zona muy fuerte. En el territorio se veían los enfrentamientos de los dos bandos. Durante los combates nosotros quedamos en la mitad. Ha sido complejo desprendernos”.
Destaca que fue difícil porque quedaron en la mitad de las balas y de las minas y comenzaron a perder la soberanía del territorio. “Nosotros hablamos con las plantas, con las nubes, con el sol, con la luna, con el agua. Ya no tenemos eso, ya no tenemos el contacto. Suspendimos la actividad que teníamos en el parque. El parque ha sufrido de grandes saqueos de mi madera ilegal, el conflicto está dentro del parque y los conflictos afectan al pueblo. No podemos salir a caminar por los senderos”.