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El 30 de junio salió el último huésped y con él terminaron 56 años de historia. Reportaje.
Pese a la soledad, las paredes del Gran Hotel se mantienen lustrosas. Los pasillos, por donde caminaron hombres de todo el mundo, hablando lenguas ininteligibles, están vacíos; solo se oye, lejano, el murmullo triste de los carros que pasan por la Avenida Oriental. Queda el esqueleto de un cuerpo que dejó escapar su alma. Uno que, aunque yerto, todavía tiene historias por contar.
Las puertas del Gran Hotel cerraron el 30 de junio. Ese día salió el último huésped, Alfonso Zuluaga. Arrastrando una maleta de ruedas, después de enjugarse las lágrimas, dejó el edificio. Allí había vivido durante 37 años, haciendo de un hogar de tránsito uno permanente. Atravesó el dintel, por última vez, halando el modesto equipaje, y se despidió para siempre de su casa. Con él, la ciudad le dijo adiós al Gran Hotel.
Quien recuerda la historia es Cecilia Uribe, una de las actuales propietarias del hotel. Todavía, cuando habla, deja entrever una tristeza inefable. No es sencillo entender cómo, después de cinco...