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Acciones cotidianas que ayudan a evitar la violencia contra las mujeres

Hay hechos que se han normalizado y son actos de agresión que se pueden y deben cambiar.

Le explicamos.

  • Hay actos cotidianos que se han normalizado y deberían cambiar. Aquí algunos ejemplos. Foto Jaime Pérez
    Hay actos cotidianos que se han normalizado y deberían cambiar. Aquí algunos ejemplos. Foto Jaime Pérez
06 de marzo de 2021
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Cuando se habla de violencias contra la mujer se hace necesario entender, según Paula Tamayo, especialista en Psicología Social y Comunicación Política y docente del CES, que todo hecho que termina en actos violentos físicos que incluso llegan al asesinato está estructurado en acciones de violencia cotidiana que generan una aceptación a nivel social y cultural. “Son violencias que se han logrado permear como acciones normalizadas en relación a lo que se espera de un hombre y una mujer”.

La Unesco define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para ellas”. ONU Mujeres describe que a nivel mundial, “el 35 por ciento de las mujeres ha experimentado alguna vez violencia física o sexual por parte de una pareja íntima, o violencia sexual perpetrada por una persona distinta de su pareja”.

Con estas cifras globales, Carolina Henao Restrepo, directora ejecutiva de la Fundación Avon para la Mujer, explica que es necesario atacar los orígenes de las causas y ahí entran muchos de estos actos cotidianos que se han normalizado. “Es desafortunadamente en el hogar donde comienzan a tejerse esas violencias, cuando el hombre violenta a la mujer, o viceversa; y no solo de forma física, sino psicológica, sexual, económica, patrimonial. O cuando los padres violentan a sus hijos con maltrato físico y/o psicológico, estos niños crecerán entendiendo que así es como funciona un hogar y por ende más adelante serán unos perpetradores de violencias”.

Johnny Orejuela, coordinador de la Maestría en Psicología del Trabajo y las Organizaciones de la Universidad Eafit, explica que algunas de las acciones cotidianas que son consideradas violentas antes no eran vistas así, ya que en épocas anteriores la sociedad era menos educada y con menor reflexividad crítica. “Soportábamos y legitimábamos más la violencia porque así nos socializaron, pero con los años y en la medida en que somos más reflexivos y racionales somos más sensibles a reconocer micro actos de violencia (sutiles) y estamos menos dispuestos a soportarlos”.

Detalla el profesional de Eafit que aunque hoy son claras las amenazas contra la integridad de las mujeres si una pareja les dice cómo deben vestirse o si está pendiente de con quién habla y le maneja el celular, porque va en contra de su libertad y autonomía, aún hay formas de microviolencia (ver Glosario) que la gente no entiende como tal. “Y en eso hay que trabajar, en no banalizar la violencia sutil cotidiana en ninguna esfera”.

Por eso se hace relevante que analice sus acciones en la cotidianidad para que las revierta y así pueda ser un agente de cambio, para el presente y el futuro.

En la casa

Andrea Cartagena Preciado, coordinadora de la maestría de psicología jurídica y forense del CES, explica que es el hogar el espacio más delicado y al que hay que prestar mas atención, ya que “la violencia se aprende en la casa y los padres lo deben entender, por eso se debe manejar un lenguaje inclusivo con detalles como que los oficios se repartan y no solo sean delegados a la mujer”.

El ejemplo de la relación padre y madre es vital para el desarrollo de los niños. “Si ellos crecen viendo que papá violenta a mamá, cuando son adultos es bien complejo que no naturalicen eso, cuando crecen le pegan a la novia porque crecieron viendo que eso era normal”, dice Cartagena.

Otro punto importante es que la educación que se le da a los niños no debería estar diferenciada. Ni los colores tienen género y los juguetes tampoco. “Hay niños a los que se les cohíbe jugar con cocinas, tener peluches o bebés y a las niñas se les reprime jugar con carros, con pistas y no se les incentiva ese tipo de juegos, yo como mujer tengo un niño de tres años y a él le encanta cuando yo me siento a maquillarme. Él también lo hace y yo se lo permito porque no hay que ponerle tabú a eso, ni empezar a decirle que no, que eso no es de hombres, usted es un macho, no se maquille. Él también juega con un bebé y decirle que los niños no juegan con bebés es un error, él lo viste, le da tetero y lo cambia y le pone pañal, desde la crianza le estoy dando herramientas para no naturalizar estereotipos de género”, cuenta la psicóloga Tamayo.

La naturalización de estos estereotipos genera violencia porque, como el docente de Eafit explica, son segregadores y excluyentes (que una niña no pueda jugar con carros la saca del juego), “entonces cometemos injusticias cuando interpretamos a todas las personas de la misma manera, les borramos su singularidad o su manera particular de ser y los invisibilizamos, esto es una forma de violencia simbólica cotidiana”.

A la hora de señalar las labores de un padre o una madre absténgase de definir por ejemplo a un papá como “superpapá” solo porque está pendiente de los niños o ayuda en la casa. “La mayoría de las veces se maximiza eso, pero no lo que hacen las madres, porque para la mujer debe ser natural siempre estar disponible, siempre cambiar pañales y estar alimentando, siempre estar dispuesta a hacer las labores de cuidado. Son temas que se ven pequeños, pero no lo son, precisa la docente del CES.

En el trabajo

Hay acciones en las empresas en las que todavía los uniformes para las mujeres son de falda y para los hombres de pantalón y que fomentan ese estereotipo de género, “no se me respeta su singular deseo de vestirse como quiera, se la subordina involuntaria e innecesariamente”, explica Orejuela. Y ahí es donde inicia la violencia.

“Deberían cuidarse los mensajes que manejan o las felicitaciones por el día de la madre o el día del padre. A la madre siempre es la ternura, la bondad, la devoción, la entrega y el papá el superhéroe, chévere, divertido, que lo hace todo y lo hace todo superbien”, dice Tamayo.

Preste atención si en su trabajo llama a una mujer niña, “tratar de niña e infantilizar a las mujeres en una oficina es una forma de violentarlas porque es ponerle un diminutivo, como minimizarlas”, reitera la psicóloga. Al igual que los apodos en general, “son violentos en muchos casos porque exponen y exageran un defecto de la otra persona haciéndola avergonzarse de sí misma, es una forma de menosprecio del otro que lo hace sentir poco valioso”, reitera el psicólogo de Eafit.

En la calle

Lo más notorio son lo que llaman los piropos y ahí Orejuela explica que es un punto que ha cambiado. “Hace más de cuarenta años este era interpretado como un gesto de galantería hacia una dama y era socialmente aceptado, hoy puede ser interpretado como un acto de intromisión en la vida íntima. No todas las mujeres lo interpretan como un acto de coquetería”, y añade que “cuando un hombre supera con sus comentarios los límites del pudor y el asco para una mujer entonces hay una conducta que podría configurarse como abusiva”.

Cartagena ha conocido casos de adolescentes que se montan al transporte público o al metro solas por primera vez y llegan aterradas, “sienten cómo los hombres con una mirada ya las están desvistiendo, se sienten intimidadas, y eso tiene mucho que ver con la percepción de mujer que tenemos en Latinoamérica: la mujer se ha visto como un símbolo sexual” (Ver paréntesis).

Otro ejemplo que da la psicóloga Tamayo es el de las discotecas o bares en los que la entrada para las mujeres es gratis o más barata. “Esa no es una acción afirmativa, eso no está garantizando un derecho sino que al contrario está promoviendo el que las mujeres tengan acceso gratuito para que vayan más y así haya más posibilidad para los hombres de elegir con quien estar en una noche. No es muy conveniente y es una acción de micromachismo que además puede revestir peligro”. En este sentido la Unesco precisa que la equidad de género es “la imparcialidad en el trato que reciben mujeres y hombres de acuerdo con sus necesidades respectivas”, y es además de ser un derecho humano fundamental, según la ONU, vital para la construcción de sociedades justas y equitativas, “esencial en todos los ámbitos de una sociedad sana”.

Otro punto desde la sociedad es el de distinguir si una mujer es señorita o señora, “un tema de castidad, de la virginidad, de la pureza, adjetivos asociados a lo católico y que no se da con los hombres”, dice Tamayo, quien agrega otro ejemplo a la hora de presentar a una pareja: “No lo haga como que fulanita, la esposa del señor tal, como queriendo decir que su referente y su lugar en el mundo lo da la relación de pareja que tiene y al hombre que la acompaña, como si eso es lo que hiciera a una mujer ser y existir, no ella en su capacidad y en sus logros o competencias”.

Finalmente, la psicóloga Cartagena explica que en las relaciones sociales lo más importante es el respeto entre todos, “no es tratar a una mujer dependiendo de cómo se vista o que si es amable creer que es coqueta. Hay que partir del principio del respeto. Las mujeres se respetan, los hombres también, los seres humanos debemos respetarnos”

155
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