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La dinámica militar sigue su curso al margen de la política, el sufrimiento continúa y la guerra de Ucrania volverá a olvidarse porque lastimosamente cansa.
De Ucrania ya no se oye hablar tanto, pero la guerra continúa aunque el olvido se extienda por el mundo. La lógica belicista sigue un curso diferente al de la política y el último intento de alcanzar un acuerdo fracasó el miércoles. El próximo martes 24 de febrero se cumplirán cuatro años de esta segunda agotadora invasión ordenada por el presidente ruso, Vladímir Putin.
En el peor invierno que haya vivido Ucrania en décadas, Rusia no para de bombardear la red energética para que la población no tenga luz, agua, calefacción o internet. El Kremlin siempre ha tenido como objetivo doblegar la moral de los ucranianos y estos hasta ahora han seguido resistiendo en condiciones durísimas, bajo los bombardeos constantes de drones y misiles. Las baterías antiaéreas hacen lo que pueden, pero nunca es suficiente.
Los edificios son blanco fácil. Se incendian y se derrumban y con ellos caen aquellos que no tienen a dónde ir. Los ancianos, los pobres y los militares son los últimos residentes de ciudades sin niños. Hay muertos y heridos convertidos en números abstractos y obscenos que los líderes utilizan para aferrarse a sus posiciones. Y ni un solo signo de que esto vaya a acabar pronto.
Las bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos, van a alcanzar una cifra difícil de comprender: dos millones de personas. La intensidad de los combates no cesa. El alto estado mayor ucraniano calcula que Rusia pierde a un centenar de soldados por cada kilómetro cuadrado que ocupa. Ucrania resiste, pero no puede contraatacar porque los rusos parecen tener recursos ilimitados. Rusia triplica en población a Ucrania y tiene un PIB diez veces superior. Cuenta con el apoyo decisivo de China y Corea del Norte. Fabrica muchos más drones, tiene más munición y más soldados. Aunque los rusos acumulen más bajas de las que puedan reponer, en esta estrategia de desgaste Ucrania lleva la peor parte.
Si antes los ucranianos buscaban resistir para vencer, ahora el 35 por ciento de la población dice que quiere resistir para que la guerra termine, aunque no sea con la victoria esperada. Ya no piensan tanto en recuperar territorio, como en mantener la posición y hacer que el enemigo pague un alto precio por cada paso que da. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, se siente urgido por cerrar un alto el fuego ante el aumento del sufrimiento de la población civil, pero su posición en el frente de batalla y en la mesa de negociaciones se ha ido deteriorando. Su objetivo es alcanzar una tregua en primavera y un acuerdo definitivo en el verano del 2027. Sabe que puede estar ante la última oportunidad de conseguir una salida negociada, pero el portavoz diplomático admite que ese es un calendario muy ambicioso.
Las negociaciones a tres bandas entre rusos, ucranianos y estadounidenses han logrado que más de un centenar de prisioneros de guerra sean liberados en cada bando, pero no hay avances sobre el futuro del Donbass. Steve Witkoff y Jared Kushner, los dos hombres designados por Trump para resolver cualquier crisis mundial -bien sea Irán, Gaza o Ucrania- nada dicen sobre las garantías de seguridad que los estadounidenses supuestamente ofrecen a los ucranianos. Lo que sí está claro es que Trump necesita un acuerdo de paz lo más pronto posible para que sea un gran activo electoral en las elecciones legislativas de noviembre.
Por el momento, las negociaciones con Rusia bajo la mediación de Estados Unidos están muy lejos de alcanzar un acuerdo que sea aceptable para las dos partes. Zelenski nota la presión de Trump para que ceda el Donbass, pero no puede hacerlo sin una consulta popular. Moscú exige elecciones presidenciales porque quiere un gobierno títere en Kyiv. El presidente ucraniano se queja de que su homólogo estadounidense lo presione más a él que a Putin, y muestra con hechos que él ha dado muchas más muestras de estar a favor de la paz que de la guerra. Renunció, por ejemplo, a que la Corte Penal Internacional juzgue a Putin por crímenes de guerra. También aceptó una reunión cara a cara sin condiciones previas, pero Putin exige que sea en Moscú, sabiendo que Zelenski nunca aceptará negociar allí.
Cuando Volodimir Zelenski habla de acabar la guerra, siempre sentencia que el acuerdo debe ser digno. En la conferencia de seguridad celebrada en Munich habló de “paz dignificante” y de una “arquitectura de seguridad compartida”. Siente que esta es la oportunidad, pero no está dispuesto a que sea a cualquier precio. Mientras todo esto ocurre, la dinámica militar sigue su curso al margen de la política, el sufrimiento continúa y la guerra de Ucrania volverá a olvidarse porque lastimosamente cansa.