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La fractura del orden internacional no es un eslogan: es un proceso en marcha. Y cuando las reglas se debilitan, la tentación de repetir errores que parecían archivados se vuelve real.
Este año, apenas vamos a mitad de febrero, y ya el mundo ha sido testigo de dos discursos históricos. El del primer ministro de Canadá Mark Carney en el Foro Económico de Davos, y el de esta semana del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich.
Los dos dejaron un impacto profundo: ambos reconocen que el orden mundial, como lo conocíamos, se está rompiendo a pedazos a los ojos de todos.
Carney, en Davos, dio por muerto el concepto del “orden internacional basado en reglas”, diagnosticó que el mundo no atraviesa por un simple bache, sino por una “interrupción histórica” donde la economía se ha transformado en un campo de batalla, y propuso una “autonomía estratégica” para potencias medianas.
Mientras que Rubio en Múnich, con una serenidad poco frecuente en estos tiempos de estridencias, cuestionó el multilateralismo, defendió la civilización occidental y exigió a Europa que asuma sus responsabilidades.
Los europeos, que estaban esperando un sopapo como el del año anterior, cuando el vicepresidente Vance había atacado a las democracias liberales de Europa, agradecieron con creces el tono de Rubio, lo aplaudieron tres veces y lo ovacionaron de pie al finalizar el discurso.
El secretario Rubio fue enfático en decir que Estados Unidos y Europa deben mantenerse unidos por los valores compartidos de la cultura, la tradición y la religión, en el marco de ese nuevo orden mundial.
En esta oportunidad no hubo un deterioro dramático en la relación transatlántica como el que generó el vicepresidente Vance con aseveraciones como que la mayor amenaza de Europa viene desde adentro o con su respaldo a los nacionalistas de extrema derecha, incluido el partido AfD de Alemania. Semejante insulto tan profundo seguía aún presente en la memoria de todos los asistentes, al punto que el canciller alemán, Friedrich Merz, aprovechó este año su discurso de apertura para advertir que “la guerra cultural del movimiento Maga –refiriéndose al eslogan de Donald Trump– no es nuestra”.
Esta vez, el tono conciliador de Rubio apaciguó el nerviosismo europeo al afirmar que Estados Unidos, un “hijo de Europa”, no estaba interesado en gestionar el declive occidental, sino que estaba decidido a liderar un renacimiento de la civilización occidental. Su mensaje fue más sofisticado y estratégico que el de Vance, pero al final defendieron lo mismo, el nacionalismo por encima de todo.
Según su relato, las Américas y Europa están “conectadas espiritualmente”, por la ascendencia y la religión. Por eso, a su juicio, las fuerzas a ambos lados del Atlántico deben luchar conjuntamente contra el globalismo y evitar que la migración masiva “borre la civilización occidental”.
Llegados a este punto de la narrativa, Rubio habló sin tapujos de que ha llegado el tiempo del poder puro y duro, que será ejercido por los fuertes, léase Estados Unidos. Y por si quedaba alguna duda, Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa estadounidense, le recordó al auditorio que una alianza no se puede basar solo en el sentimiento y en los valores, que lo importante es tener intereses compartidos.
¿Qué pasaría entonces si Estados Unidos se inclina por una visión imperial en la que sus intereses estratégicos divergen de los de Europa, como por ejemplo que Washington ya no considere a la Rusia de Vladimir Putin como una amenaza para la seguridad nacional? ¿Acaso el Viejo Continente se tendrá que centrar en el refuerzo de su propia seguridad y en la asistencia mutua en caso de ataque?.
Como cierre de su gira, Rubio visitó dos países de esa Europa que parecen estar en sintonía con Trump: Hungría y Eslovaquia, naciones dirigidas por partidos populistas de extrema derecha que son escépticos de la Unión Europea y que se han acercado a Rusia, especialmente en el tema de la guerra en Ucrania. Para un buen entendedor, pocas palabras bastan.
Si algo enseñó el siglo XX es que las rupturas del orden liberal no son episodios retóricos. Tras la Primera Guerra Mundial, la fragilidad de la Sociedad de Naciones y el repliegue nacionalista abrieron la puerta a la lógica de bloques, a la competencia sin frenos y, finalmente, a la catástrofe. Tras la caída del Muro de Berlín, por el contrario, Europa apostó por una integración creciente y por la consolidación de valores cívicos —democracia, derechos humanos, Estado de derecho— bajo el paraguas de una alianza transatlántica sólida.
Hoy ese consenso se erosiona. Rubio sostuvo que Estados Unidos no está dispuesto a administrar el declive occidental, sino a liderar su renacimiento. El énfasis en la identidad, en la tradición y en la defensa frente al “globalismo” introduce una narrativa civilizatoria que relega a segundo plano la arquitectura jurídica y multilateral construida tras la Segunda Guerra Mundial.
El riesgo de volver al pasado no consiste únicamente en adoptar un discurso nacionalista. Consiste en normalizar la idea de que el poder desnudo sustituye a las reglas, que las esferas de influencia reemplazan al derecho internacional y que la identidad prevalece sobre la institucionalidad.
Europa aprendió, a un costo devastador, que la cooperación no era una concesión idealista sino una necesidad estratégica. Si hoy el péndulo vuelve hacia el repliegue en la soberanía, la historia demuestra que los equilibrios pueden tornarse frágiles con rapidez.
La fractura del orden internacional no es un eslogan: es un proceso en marcha. Y cuando las reglas se debilitan, la tentación de repetir errores que parecían archivados en el siglo XX se vuelve más real de lo que muchos quisieran admitir.