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Todos estos escándalos tienen algo en común: el aval de Gustavo Petro, que no llegó al poder para hacer cambios, para actuar como un verdadero jefe de Estado, sino para ser validado y reconocido.
Las fotografías que el presidente Gustavo Petro ha publicado en los últimos meses de sí mismo en las que se muestra como si fuera un influenciador más de redes sociales –y no un Jefe de Estado– dejan al desnudo una faceta esencial de su carácter y también dan pistas del origen de la tragedia que ha vivido Colombia en estos cuatro años.
Hace poco el mandatario publicó una foto tomada por él mismo mientras posaba frente al espejo, como lo haría un adolescente cualquiera que necesita ser visto y validado. Unas semanas antes publicó otras luciendo una nueva indumentaria de color habano cual modelo de pasarela. Y así, de un tiempo a esta parte, le ha dado rienda suelta a aquello de exhibir ante el país su figura y sus atuendos.
No son episodios aislados. Cabe recordar que a finales de 2024 se supo que se había sometido a un implante capilar y en Semana Santa de 2025 se sometió a otra intervención estética y la reivindicó diciendo que le gustaba “ser un poco vanidoso”. Por momentos parecía estar más preocupado por su apariencia que por su gobierno o por el país.
Se podrían bien resumir esos episodios como una anécdota menor de vanidad, bajo el argumento de que así opera hoy la comunicación política. Pero en el caso de Petro vale hacer otra lectura: no solo porque es una contradicción con el mito que ha tratado de crear de su personaje, sino porque tras ese nuevo estilo de vida se pueden descifrar las costuras de algunos descalabros de su gobierno.
El Petro que llegó a la política no se mostró como un hombre inclinado a comodidades o dedicado a las veleidades de la moda. Todo lo contrario: se vendió como el militante del M-19 que pasó por la cárcel, el hombre que podía dormir en el suelo, que restaba importancia al hambre y al confort porque —dejaba entender— todo estaba por encima de la causa. Ese ascetismo era el argumento moral de su legitimidad. En la tradición revolucionaria, el líder no busca el poder para su beneficio, sino que lo padece en nombre de otros.
¿Cómo se explica que tras cuatro años sentado en el poder el gesto público sea ahora el opuesto? No publica fotos de trabajo, ni de crisis, ni de sacrificio, sino una foto de sí mismo con el mensaje implícito de “¡Mírenme!”. El punto no es que se tome una selfie —eso, a estas alturas, es casi protocolo de la política digital—, sino que el personaje que hizo de la renuncia al bienestar material su carta de presentación moral y que lo subrayó durante cuatro años en sus discursos como Presidente, ahora practica, en público y como cierre de su relato presidencial, exactamente lo que antes decía despreciar.
Esa misma necesidad de ser visto y aplaudido —que hoy se resuelve con una selfie— es la que durante cuatro años se resolvió con halagos de otro tipo: los de quienes, jóvenes y cercanas, supieron ocupar el vacío que dejaba un presidente hambriento de adulación.
No es una historia nueva. Es, de hecho, una de las fábulas morales más antiguas de la política: el poder no corrompe solamente las decisiones, corrompe también la relación de quien lo ejerce con su propia imagen.
En ese contexto, y cuando faltan solo cinco días para que Petro entregue el poder, la pregunta es: ¿Petro buscó el poder para hacer un cambio en la sociedad y en el camino se extravió; o la verdadera razón, con lo que el país está viendo, es que intentaba satisfacer con el poder carencias profundas de su propio ser?
Alguna vez contó su padre que cuando Petro era un niño pasó toda la noche pegado a un transistor escuchando los resultados de las elecciones de 1970. Desde entonces dedicó su vida a buscar el poder, a como diera lugar. Recordemos: la guerrilla del M-19 se inspiró en el supuesto robo de las elecciones de ese año a Rojas Pinilla.
El culto a la propia imagen rara vez permanece en el terreno de la estética. Cuando un gobernante empieza a confundir el Estado con su propia representación, las decisiones públicas también pueden terminar filtradas por esa misma lógica.
Los escándalos de corrupción que se han destapado en la última semana parecen encajar como piezas de este rompecabezas. El relato que hizo esta semana Angie Rodríguez –mano derecha de Petro durante un año– de cómo Juliana Guerrero y Gabriela Muñoz terminaron manejando entidades importantes del Estado, dejó atónito al país. Todo por ser mujeres jóvenes y bonitas que halagaban con su presencia a Gustavo Petro.
O la revelación hecha ayer por la revista Semana de los audios de Eva Ferrer, quien trabajó con Verónica Alcocer, según los cuales la entonces esposa del Presidente recibió 2 millones de euros en campaña y en el Gobierno gastaba 50.000 euros mensuales y hacía “negocios” en Ecopetrol, el Banco Agrario y la DIAN.
Todos estos escándalos tienen algo en común: el aval de Gustavo Petro, que no llegó al poder para hacer cambios, para actuar como un verdadero jefe de Estado, sino para ser validado y reconocido.
Cualquiera sea la lectura remite al mismo lugar literario: al patriarca de García Márquez, ese hombre que también empezó como hijo del pueblo, ajeno al lujo, y que terminó rodeado —sin advertir jamás el momento exacto de la transformación— de los símbolos del poder que alguna vez dijo despreciar.
El Otoño del Patriarca no es, en el fondo, una novela sobre el poder: es una novela sobre la soledad que el poder nunca logra curar. El patriarca acumula títulos, símbolos, algo de adoración pública, y sigue, hasta el final, profundamente solo —porque lo que perseguía nunca fue el poder en sí, sino ser querido, y el poder resultó ser un sustituto imperfecto de eso.