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Homero en el siglo XXI

Que un poema de casi tres milenios vuelva a llenar teatros, librerías y conversaciones es excelente noticia: los clásicos se mantienen vivos mientras se lean, se discutan y se reescriban.

hace 4 horas
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  • Homero en el siglo XXI

El fenómeno cultural de 2026 es más viejo que el propio 2026: tiene casi tres mil años. La Odisea de Christopher Nolan recaudó más de 260 millones de dólares en su fin de semana de estreno y superó los 650 millones en dos semanas, solo en taquilla. La película se proyecta como una de las más taquilleras del año, camino a codearse con récords recientes como Barbie, Intensamente 2 o el propio Oppenheimer. Las funciones en Imax, donde se supone está la mejor experiencia, han estado agotadas durante semanas en medio mundo, incluidas ciudades como Medellín o Bogotá: todos peleándose por ver la historia que muchos no quisieron leer en el bachillerato.

No deja de ser curioso: con el trasfondo del cierre constante de salas de cine en todo el mundo, un poema compuesto hace unos 2.700 años, piedra fundacional de la literatura occidental, se convierte en éxito de ventas y en tema de discusión en TikTok e Instagram. Aunque con frecuencia, por los motivos equivocados.

Buena parte del debate se ha concentrado en asuntos ajenos al corazón de la obra: el color de piel de Lupita Nyong’o, escogida como Helena de Troya, las armaduras “demasiado parecidas a las de Batman”, el rapero Travis Scott convertido en el aedo de Ítaca o los anacronismos del lenguaje, con un Telémaco que le dice “papá“ a Odiseo. Sobre la astucia del héroe o el sentido del regreso a casa, bastante menos.

Pero la verdadera genialidad de esta adaptación no radica en sus efectos visuales, sino en su capacidad para actuar como un espejo de la condición humana actual. Al trasladar el viaje de Odiseo a la gran pantalla, la obra trasciende el mero entretenimiento y se convierte en una herramienta de cohesión y reflexión social. Lejos de ser una pieza de museo, el viaje de Odiseo resuena en las preocupaciones contemporáneas sobre la culpa, la guerra y el retorno.

El balance de la crítica está dividido. Del lado positivo, casi nadie discute la proeza técnica de la película: de ahí salen secuencias monumentales como la del caballo de Troya semienterrado en la playa o la del cíclope, resuelto con una marioneta de casi 20 metros dada la aversión de Nolan a los efectos digitales. A eso se suma un mérito de industria: en tiempos de streaming, Nolan volvió a llenar salas y a poner gente a hacer fila por una boleta de cine.

Pero los reparos también son fuertes: un lenguaje contemporáneo que expulsa al espectador de la época, personajes secundarios desdibujados y, sobre todo, un Odiseo aplanado, un héroe convencional atormentado por el trauma donde el original es un héroe audaz y moralmente ambiguo.

Sin embargo, como dice la clasicista, Donna Zuckerberg, pelear por Homero es una tradición casi tan antigua como Homero. Hace unos 2.600 años, Safo ya usaba a Helena para discutir qué es la belleza. Platón dedicó un diálogo, el Ion, a burlarse de los intérpretes profesionales del poeta. Los filólogos de Alejandría hicieron carrera marcando versos que juzgaban apócrifos y, a finales del siglo XIX, Samuel Butler sostuvo, en serio, que la verdadera autora de la Odisea había sido una joven siciliana.

Y cada generación, además de discutir el poema, lo ha reescrito a su imagen. Los trágicos atenienses convirtieron la épica en teatro. Alexander Pope la tradujo en el siglo XVIII con modales de la Ilustración. James Joyce la comprimió en un día de Dublín en su Ulises de 1922. El primer clásico de bolsillo de Penguin, en 1946, fue una Odisea traducida durante los bombardeos a Londres: el poema del regreso a casa para una generación que volvía de la guerra. En el cine, Kirk Douglas encarnó al héroe en 1954, Stanley Kubrick lo llevó al espacio en 2001, John Ford lo escondió en un western sobre el regreso al hogar y los hermanos Coen lo trasplantaron al sur de Estados Unidos en O Brother, Where Art Thou? No en vano la palabra “odisea” dejó de ser un título para volverse sustantivo común.

No existe, pues, una Odisea definitiva. Cada época, escribió The Economist sobre el estreno, recibe la versión que se merece, y Nolan —hijo de la era del blockbuster y del moralismo— entregó la suya: una superproducción sobre la culpa y la memoria. Otra famosa clasicista, Emily Wilson, pese a haber escrito una de las críticas más demoledoras de esta producción, reconoció que Odiseo tiene tantos lados que funciona como un test de Rorschach, y cada quien se aferra al que quiere ver.

Vista como fenómeno cultural, esta película conecta dilemas de la antigua Grecia con las crisis de identidad del siglo XXI. Rompe la barrera del elitismo académico llevando la épica clásica a las masas. Explora el concepto del hogar en una era globalizada marcada por el desplazamiento y la migración. Y revive el interés de los jóvenes por la literatura fundacional a través de un lenguaje visual moderno.

Por eso lo más valioso de este estreno probablemente ocurre por fuera de las salas. En el Reino Unido se vendieron más de 40.000 ejemplares del poema, en Estados Unidos las ventas crecen 76% este año, según Circana BookScan, y las búsquedas de “aprender griego” aumentaron 5.000% en dos semanas, según Google Trends. Profesores que llevaban décadas rogándoles a sus estudiantes leer a Homero ven cómo una superproducción de 250 millones de dólares logró lo que ninguna tarea escolar.

Que un poema de casi tres milenios vuelva a llenar teatros, librerías y conversaciones es una excelente noticia: los clásicos se mantienen vivos mientras se lean, se discutan y, cada tanto, se reescriban.

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