Era un sueño de Medellín, incluso desde los años más críticos de la violencia urbana en los noventa, que en los barrios de la periferia y en los corregimientos se desarrollaran núcleos de vida ciudadana que permitieran el reencuentro y la integración de las comunidades en torno a manifestaciones culturales, organizativas, políticas y sociales. Parte de esos propósitos se materializó en el tiempo con la construcción de los parques biblioteca (PB) y, más recientemente, con las Unidades de Vida Articulada (Uvas).
Esos lugares no solo redujeron el déficit de espacio público de calidad en vecindarios construidos a partir de invasiones en las laderas, o de barrios con precaria planificación, sino que además permitieron el desarrollo de procesos y proyectos comunes de identidad y vida ciudadana capaces de “blindar” y de cerrarles el paso a ofertas y prácticas vinculadas con la violencia y el crimen.
Se trataba, y se trata, de permitir el contacto de los niños y jóvenes con expresiones culturales de todo orden, en una participación e intercambio permanentes con adultos y líderes calificados. De allí debe brotar, es lo deseable, un espíritu ciudadano renovado, transformador, capaz de levantar en el mediano y largo plazos individuos sensibles a una organización, una acción y un protagonismo ajenos a la violencia y la ilegalidad.
Tras una larga espera, esos espacios crecieron y se insertaron en las comunidades. De los nueve parques biblioteca, seis presentan, según un informe de este diario, deficiencias constructivas: por malos materiales y acabados y por algunos defectos de diseño y estructura. Repararlos requiere nuevas y costosas inversiones, aunque su seguridad y funcionalidad no están en riesgo.
Ese inventario de reclamaciones, con sus procesos jurídicos y sus juicios políticos, debe dejarse en manos de las autoridades competentes y de los actores involucrados, pero Medellín no puede quedarse de brazos cruzados o desperdiciar el patrimonio y el “contenido ciudadano” que ya guardan y garantizan los PB.
Desde dentro y desde fuera de la administración municipal, se reconocen los atributos que tienen tales espacios en el aporte a las actividades y la integración comunitaria. Coinciden arquitectos, urbanistas y líderes sociales en señalar que si bien en algunos PB hubo imprevisión, no se deben dejar deteriorar ni mucho menos perder el norte de su administración y sus objetivos.
Las estadísticas muestran que de cada 10 ciudadanos de Medellín uno está afiliado a los PB, para prestar material de consulta y cada día hay 50 nuevos asociados. A diario se cumplen allí 85 actividades culturales que benefician a 1.500 personas, en promedio, de las cuales el 60 por ciento son niños y jóvenes.
Es muy revelador que ni las goteras ni los pisos dañados ni las fallas eléctricas o mecánicas hayan frenado el despertar cultural y barrial que trajeron los PB. Hay que repararlos y darle permanencia a su aporte a la nueva mentalidad urbana, a los cambios profundos que permiten borrar, poco a poco, la trama compleja de violencia e ilegalidad que ha atravesado a Medellín y su área metropolitana.
Por el contrario, se debe garantizar no solo la continuidad de la inversión gubernamental sino buscar el padrinazgo de la empresa privada a la infraestructura física y las actividades barriales que concentran los PB. Son espacios que hacen parte esencial de la Medellín actual. Logro de una ciudadanía que reconoce y aprovecha su utilidad.
Regístrate al newsletter