Hay que atender lo que está pasando en la Universidad de Antioquia. Aunque el ruido proviene del malestar de una parte de los estudiantes y profesores que no están de acuerdo con el nuevo sistema de admisión definido por el rector, Mauricio Alviar, lo que está en juego en la primera institución de educación superior del Departamento es mucho más que esos exámenes.
El rector Alviar fue elegido justo hace un año. No era la primera vez que se postulaba al cargo, y no llegó tampoco con un programa improvisado. Llevaba años perfeccionándolo, y en el período previo a la elección lo presentó y discutió en los diversos ámbitos que la universidad tiene para ello.
El diagnóstico del rector Alviar para cambiar la modalidad de los exámenes de admisión se fundamentaba en cifras y evidencias preocupantes. La primera, las falencias vocacionales, pues muchos aspirantes llegan a presentar las pruebas sin tener claro qué van a estudiar y por qué. La segunda, las carencias en matemáticas, pensamiento lógico y comprensión lectora. La tercera, que hay 50.000 aspirantes para 4.000 cupos. Y a esto se sigue que en el primer y segundo semestre, casi la cuarta parte de los admitidos abandonan los estudios.
El cambio de las pruebas de admisión generó fuerte resistencia, es cierto. Pero no se puede asegurar que haya sido una oposición generalizada, pues hay voces autorizadas de la Universidad que señalan que el nivel de participación de alumnos y profesores en los debates públicos dista de ser mayoritario. Por eso, muchos grupos pequeños pero viscerales en sus posiciones logran que la ausencia de participación de los demás haga oír su voz como si fuera la más numerosa.
Es propio de la universidad, y máxime si es pública, que el estudiantado sea contestatario, rebelde, que exija explicaciones, pida responsabilidades, cuestione decisiones. Qué tal que no fuera así. Y por fortuna en nuestro país aún se puede hacer eso, y así es en la Universidad de Antioquia. Cabe, sí, la pregunta de si un sistema alternativo como el que proponen algunas minorías radicales permitiría el mismo espacio de discusión abierta y democrática.
Porque aparejadas a esas características de inconformismo y ánimo de debate, van las virtudes del razonamiento, la argumentación, la deliberación constructiva. El ánimo común de hacer de la universidad un espacio de excelencia académica, más que de imposición de ideologías que, como enseña la realidad del mundo, una vez impuestas asfixian cualquier posibilidad de oposición y crítica.
Consideramos que el rector Alviar Ramírez debe propiciar los espacios de diálogo, pero también persistir en su empeño de llevar a cabo el programa que presentó para ser elegido en la rectoría. Merece un apoyo más comprometido de los estamentos de la universidad, de sus diversos consejos, pero también de las autoridades públicas. Un rector debe siempre escuchar a los estudiantes y a los profesores, aunque sin dejarse apabullar de exigencias que no significan, por el solo hecho de ser asamblearias, que sean las más acertadas. La universidad es una instancia de formación y también de disciplina. Allí se educa para la libertad responsable.
Ojalá no se caiga en el simplismo de hacer de la cabeza del rector la fórmula de solución de tantos problemas cuya solución requiere una visión inteligente y una capacidad ejecutiva dotada de poder de decisión.