El viernes pasado se conmemoraron los cuarenta años del triunfo de la revolución sandinista, aquella que en su momento encarnó la esperanza de la izquierda latinoamericana, inspirada en su mística revolucionaria. En la actualidad el balance de la revolución es agridulce porque para los nicaragüenses es cada vez mayor el desencanto frente al gobierno de Daniel Ortega, el símbolo por excelencia de esa época que algunos recuerdan con nostalgia.
Ese 19 de julio de 1979 el Frente Sandinista de Liberación Nacional, una organización heterogénea y con inclinación hacia la izquierda, entró triunfante a Managua. La huida hacia Paraguay del dictador Anastasio Somoza tres días antes, el último representante de una dinastía que se sostuvo desde 1936, selló su fin.
El gobierno de reconstrucción nacional, que se instauró después de la caída del dictador, estaba compuesto por cinco miembros (Sergio Ramírez, Alfonso Rovelo, Violeta Barrios de Chamorro, Daniel Ortega y Moisés Hassan Morales). Su tarea urgente era restaurar el funcionamiento de una sociedad fracturada por una guerra que se estima dejó entre 35.000 y 40.000 muertos, en medio del acoso de sectores opositores de diferentes orígenes, que querían ver salir a los sandinistas del poder.
Cinco años después de la caída de Somoza, Nicaragua estaba otra vez en guerra. La elección en 1984 como presidente de Daniel Ortega, con 67 % de los votos, fue cuestionada por sus opositores que habían llamado a la abstención. El país se polarizó y las fuerzas antisandinistas bien financiadas iniciaron una guerra civil que terminaría con los acuerdos de paz de 1990, dejando 30.000 muertos más y un país devastado.
Los sandinistas perdieron el poder en 1990, en las elecciones que se acordaron como parte de los compromisos para finalizar la guerra. Siguieron Chamorro, Alemán y Bolaños. Ortega recupera el poder en 2007, después de varios intentos, en medio de escándalos de corrupción, y no lo han soltado desde entonces. Ortega cada vez acumula más poderes, ya alteró el orden constitucional para poder reelegirse, mientras que aumentan las acusaciones de corrupción y de violaciones a los derechos humanos.
El régimen de Ortega se parece cada vez más (nepotismo, confiscación de riquezas del país para aumentar las de su familia, persecución política) a lo que combatía hace cuarenta años. No dudó en reprimir violentamente las manifestaciones en su contra. A lo anterior se agrega el pésimo manejo que ha dado a la economía, que la llevó a una profunda crisis. Se estima que la economía nicaragüense se contrajo 4 % en 2018 y que este año continuará decreciendo (-5,2 %). Mientras tanto, la educación es de mala calidad y los más pobres permanecen excluidos de la escuela y continúan marginados de la sociedad.
Hasta hace unos años la celebración de los aniversarios de la revolución sandinista eran siempre una fiesta en Nicaragua, porque recordaba a sus ciudadanos la liberación del oprobio de una dictadura feroz y sanguinaria. Sin embargo, poco a poco el entusiasmo se ha ido perdiendo, a medida que el guerrillero que venció a Somoza quiere mantenerse por todos los medios en el poder. Ortega no quiere entender la aspiración de cambio que tienen los nicaragüenses, se rehúsa a partir anticipadamente, busca apoyos entre los sectores evangelistas más retrógrados y se atornilla al poder, al que parece haberse vuelto adicto. Triste aniversario.