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El libreto del outsider anti-casta que recurre a la provocación y a la desinformación como combustible de campaña ya lo hemos visto en América Latina
Hay una pregunta que Colombia debería hacerse antes del 31 de mayo y no es solo quién va a ganar. Y es ¿qué clase de política estamos dispuestos a tolerar para que alguien gane? El desespero que muchos están sintiendo hoy –esperando que gane el candidato o la candidata de sus afectos– tiene toda la razón de ser. Pero esa legítima preocupación no puede servir de argumento para dar carta blanca a comportamientos de las campañas que pueden terminar siendo igual de graves a los que se están queriendo derrotar.
Lo que ha ocurrido en las últimas semanas es un síntoma: no se trata ya solamente de los insultos entre candidatos, se trata de algo más grave y es que la mentira ha encontrado en la inteligencia artificial una herramienta más sofisticada, y sectores en contienda la han abrazado sin escrúpulos, como si engañar al electorado fuera una táctica legítima.
Se elaboran contenidos falsos con alto realismo visual y narrativo, lo que permite que hechos inexistentes ganen credibilidad y afecten la percepción del electorado. Estamos hablando de suplantación: poner en boca de alguien palabras que nunca pronunció, mostrar actos que nunca ocurrieron, fabricar la realidad desde cero para que los ciudadanos voten sobre la base de una mentira.
En cuentas de redes creadas para apoyar la candidatura de Abelardo de la Espriella han viralizado videos elaborados con inteligencia artificial en los que se muestra a Álvaro Uribe, Paloma Valencia, Juan Manuel Santos, César Gaviria, Enrique Peñalosa y otros personajes políticos como si fueran un clan de la mafia italiana —camionetas negras blindadas, neblina, música de terror— tramando conspiraciones que nunca ocurrieron, pronunciando frases que nunca dijeron, firmando acuerdos que nunca existieron.
El propio expresidente Álvaro Uribe, uno de los personajes suplantados, reclamó públicamente y dijo que se estaba “atentando contra la posibilidad de que la democracia gane”.
La propaganda política siempre ha exagerado. Eso es viejo. Lo nuevo es la fabricación industrial de realidades falsas. Un fenómeno que es especialmente difícil de rastrear en mensajería privada como WhatsApp y en plataformas como YouTube donde las manipulaciones se difunden sin control.
Ya hemos hablado en estas mismas páginas de los profundos interrogantes que genera la campaña de Iván Cepeda. Hemos dicho que es inaceptable que recursos públicos estén dedicados a hacer propaganda. Hemos advertido que mientras habla con sobradez de sus 106 eventos masivos, calla de manera ruidosa a la hora de responder quién los paga y cómo. Hemos también disparado las alarmas porque grupos armados ilegales estarían obligando a las comunidades a apoyar a Cepeda. E incluso hemos criticado su reticencia a participar en debates, lo cual deja un mal sabor sobre el conocimiento que tiene del país y su capacidad para argumentar y controvertir ideas distintas.
Pero dicho todo eso, también hay que decir sin titubeos, que para defender la democracia, para combatir los males que nos aquejan, para enfrentar el abuso de poder del que está siendo víctima Colombia, no se vale apelar a artimañas que destruyen valores preciados de la civilización y de la democracia: como la verdad y el debate bien informado.
Este fenómeno no es exclusivo de Colombia ni de un solo sector político. El libreto del outsider anti-casta que recurre a la provocación y a la desinformación como combustible de campaña ya lo hemos visto en América Latina. Y lo hemos visto también aquí: el propio presidente Petro difundió hace semanas una historia falsa sobre el mandatario ecuatoriano que Noticias Telemundo tuvo que desmentir formalmente.
La mentira fabricada con tecnología no tiene dueño ideológico. La practican desde el poder y desde la oposición, desde la izquierda y desde la derecha. Eso no es renovación. Es la misma falta de escrúpulos de siempre, con mejor tecnología.
Colombia llega a esta elección con una ciudadanía ya bastante agotada de no poder distinguir lo real de lo fabricado. La Misión de Observación Electoral identificó 150 campañas de desinformación entre marzo de 2025 y marzo de 2026. En promedio, quince por mes. El 78% estaban dirigidas a atacar o beneficiar a candidatos. Eso no es debate político. Es guerra sucia y la víctima principal es el votante que intenta formarse un criterio propio.
Una democracia se construye sobre el acuerdo mínimo de que la verdad importa. Que las personas merecen votar informadas, no manipuladas. Que los candidatos compiten con sus propuestas y su trayectoria, no con suplantaciones fabricadas en software. Cuando ese acuerdo se rompe, no pierde un candidato. Pierde el país entero.