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¿Cumbre de sordos?

La cumbre EE.UU.-China no marcó un acercamiento ni ruptura. Mostró que no comparten el mismo lenguaje ni los mismos objetivos. Y un orden mundial en el que sus dos principales actores avanzan por caminos divergentes.

hace 3 horas
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  • ¿Cumbre de sordos?

Cuando Donald Trump visitó China en 2017, en uno de los primeros viajes internacionales de su primer mandato, lo hizo en una posición muy distinta a la de esta semana. En ese entonces, Estados Unidos era la potencia hegemónica indiscutida, China se autodefinía como “país en desarrollo” y Xi Jinping apenas empezaba a consolidar su poder dentro del Partido Comunista. La economía estadounidense casi duplicaba a la china en términos nominales, y la dependencia tecnológica del gigante asiático frente a Occidente era evidente.

Casi una década después, el balance ha cambiado sustancialmente, y eso quedó reflejado en la cumbre de esta semana en Pekín, la primera visita de un presidente estadounidense a China desde aquel viaje. Aunque Estados Unidos sigue siendo la primera economía del mundo, el peso de China en la economía global no ha dejado de crecer: hoy concentra cerca de un tercio de la manufactura mundial, frente a aproximadamente un sexto que aporta Estados Unidos. Procesa alrededor del 90% de las tierras raras del planeta y fabrica cerca del 80% de los vehículos eléctricos, paneles solares y baterías, insumos claves para la nueva generación de tecnologías verdes. En inteligencia artificial, el surgimiento de compañías como DeepSeek ha mostrado que los controles a la exportación de semiconductores no han sido suficientes para contener el avance chino. A esto se suma que Xi Jinping ha eliminado los límites a los mandatos presidenciales y ha purgado a parte de la cúpula militar para consolidar su autoridad.

La cumbre de esta semana reflejó ese nuevo balance. El despliegue de China fue impecable: salva de cañones en la plaza de Tiananmén, niños ondeando banderas, una visita conjunta al Templo del Cielo y un banquete de Estado en el Gran Salón del Pueblo. Por su lado, Trump llegó acompañado por una comitiva empresarial de alto perfil que incluía a Elon Musk, Tim Cook y Jensen Huang. Que el presidente de Estados Unidos necesitara llevar a los CEOs de Tesla, Apple y Nvidia para sentarse a negociar con Xi dice algo sobre la naturaleza real del viaje: más que una cumbre diplomática, fue en parte una misión comercial con escolta política.

Sin embargo, más allá de la coreografía, los resultados sustantivos fueron limitados, y las versiones que ofrecieron ambos gobiernos sobre lo acordado fueron notablemente distintas. Trump habló de “acuerdos comerciales fantásticos”, anunció una posible compra china de cientos de aviones Boeing, y aseguró que Pekín adquiriría miles de millones de dólares en productos agrícolas estadounidenses, muy en línea con su visión de “suma cero” del mundo. Sin embargo, ninguno de estos compromisos fue confirmado por la parte china, cuyo comunicado oficial se limitó a referirse en términos generales a la cooperación bilateral. Sobre Irán, Trump aseguró que Xi se había comprometido a no proveer armamento a Teherán y a apoyar la reapertura del Estrecho de Ormuz. Pekín, en cambio, solo expresó que el conflicto “no tiene razón para continuar”, sin asumir compromisos concretos.

El contraste más relevante apareció en lo que cada parte enfatizó. La lectura china del encuentro situó a Taiwán como “la cuestión más importante” de la relación bilateral, y Xi advirtió que un mal manejo del tema podría desembocar en una “situación extremadamente peligrosa”. Estados Unidos, por su lado, omitió mencionar a Taiwán en su comunicado oficial. La divergencia no fue un malentendido: fue el mensaje.

China propuso además una nueva relación basada en lo que Xi denominó “estabilidad estratégica constructiva”: cooperación como eje, competencia “dentro de límites apropiados” y diferencias “manejables”. El planteamiento, ausente del comunicado estadounidense, apunta a un marco en el que Washington evite acciones que Pekín considere provocadoras, particularmente en torno a Taiwán y el Mar de China Meridional. Es, en la práctica, una invitación a que Estados Unidos ceda influencia sobre decisiones que históricamente le correspondían en exclusiva.

Hubo también un detalle protocolario revelador: por primera vez en décadas, un presidente estadounidense visitó Pekín sin acompañar la cita con escalas en países aliados de la región, como Japón, Corea del Sur o Filipinas. Una omisión que en esos países se ha leído con preocupación, en momentos en que China amplía sus operaciones militares en el Mar de China Meridional y el Estrecho de Taiwán.

Lo que parece estar configurándose, más allá de la cumbre puntual, es una trayectoria de desacople que ya lleva varios años y que esta semana no se detuvo ni se aceleró. El comercio bilateral se contrajo, las cadenas de suministro se reorganizan hacia terceros mercados y ambos países avanzan hacia ecosistemas tecnológicos cada vez más separados. La cumbre no marcó un acercamiento ni una ruptura. Lo que mostró fue algo más estructural: dos potencias que ya no comparten el mismo lenguaje para describir la relación, ni los mismos objetivos al sentarse a la mesa. Y un orden internacional en el que sus dos principales actores avanzan por caminos divergentes es, casi por definición, un orden menos predecible. .

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