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En 2026 prevaleció la necesidad de recuperar certidumbres. Ese es quizá el principal símbolo de esta posesión: la democracia colombiana volvió a demostrar que conserva la capacidad de corregirse a sí misma mediante el voto.
Las democracias también hablan a través de los símbolos. No sólo mediante leyes, obras o discursos, sino a través de escenarios, gestos, silencios y rituales. Una posesión presidencial es precisamente eso: una ceremonia cargada de mensajes sobre el país que termina y el que comienza.
Hoy, viernes 7 de agosto, Colombia hace algo que no había hecho en más de cien años: entregar el poder lejos de Bogotá. Abelardo de la Espriella recibe la banda presidencial en el auditorio de la Universidad Santiago de Cali, y no en el Capitolio ni en la Plaza de Bolívar. El gesto es deliberado. El presidente electo quiso que su primer acto de gobierno fuera geográfico antes que protocolario: sacar la investidura del corazón del poder en Bogotá y llevarla a una región que en los últimos años ha cargado el peso simbólico de la violencia.
Toda elección presidencial es, en el fondo, un juicio sobre el gobierno saliente. Pero algunas son, además, un veredicto sobre una época. Lo de Abelardo de la Espriella no solo fue un sólido voto de protesta contra Gustavo Petro –que ni volcando toda la maquinaria y el presupuesto del Estado pudo atajar su triunfo– sino que también habla de los tiempos que vivimos.
La llegada de César Gaviria, en 1990, representó el nacimiento de una nueva institucionalidad después del asesinato de tres candidatos presidenciales, de la violencia del narcoterrorismo y del mandato ciudadano que desembocó en la Constitución de 1991. El símbolo era la esperanza democrática.
La de Álvaro Uribe, en 2002, expresó el agotamiento del país frente al fracaso del proceso de paz del Caguán y la decisión colectiva de recuperar la autoridad del Estado. El símbolo fue la seguridad.
La de Gustavo Petro, en 2022, significó la llegada por primera vez de la izquierda al poder. Más allá del balance que hoy pueda hacerse de su administración, aquella ceremonia representó el interés de ampliar el horizonte democrático. El símbolo fue la alternancia.
Y la de Abelardo de la Espriella parece condensar un mensaje distinto: después de cuatro años marcados por una creciente incertidumbre fiscal, el deterioro de la seguridad y constantes tensiones entre los poderes públicos, una mayoría de colombianos decidió corregir el rumbo en sentido contrario.
En democracia, las sociedades votan por estados de ánimo. En 2022 predominó el deseo de transformar el modelo. En 2026 prevaleció la necesidad de recuperar certidumbres.
Ese es quizá el principal símbolo de esta posesión: la democracia colombiana volvió a demostrar que conserva la capacidad de corregirse a sí misma mediante el voto. Cuatro años bastaron para que el país recorriera el camino que va desde el primer gobierno de izquierda de su historia hasta un proyecto político situado prácticamente en el extremo opuesto.
También se han dado símbolos de reconciliación territorial. Antioquia, que se había convertido en el principal blanco de ataques políticos por parte del Gobierno Nacional, con la llegada a la Presidencia de un mandatario cuya campaña encontró uno de sus principales respaldos en esta región, parece cerrar ese capítulo y abre la posibilidad de reconstruir una relación basada en la cooperación institucional.
El nuevo presidente llega con un enorme capital político y con expectativas igualmente altas. Tendrá que demostrar que la contundencia de la campaña puede transformarse en capacidad de construir acuerdos; que la firmeza del discurso se puede traducir en bienestar para todos y que la confianza de millones de colombianos puede verse recompensada con resultados concretos. Una primera señal en esa dirección ya se insinúa: a diferencia de los mandatarios que lo antecedieron, De la Espriella no se fue de vacaciones a descansar de lo ardua que suelen ser las campañas una vez ganó la Presidencia. En los 47 días que han pasado desde su elección se ha dedicado a trabajar —parece ya un presidente en ejercicio, lo cual se agradece por las urgencias del país— y ha construido, más allá de los símbolos que lo hacen diferente, un gabinete en su mayoría de profesionales destacados que mandan un mensaje de tranquilidad.
Los símbolos emocionan, inspiran y ayudan a entender una época. Pero solo los hechos terminan escribiendo la historia. La historia se encargará de mostrar qué tan tradicional o qué tan disruptivo será el nuevo Gobierno. Ojalá todo sea en la justa y necesaria medida del país.
Desde esta tribuna deseamos que al nuevo Presidente y a todo su equipo les vaya bien porque cuando a un gobierno le va bien, el verdadero beneficiario siempre debe ser Colombia.