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Jóvenes de la China de los rascacielos, el comercio electrónico, los trenes de alta velocidad y los teléfonos inteligentes ven en un revolucionario muerto en 1976 palabras para hablar de salarios, vivienda, desigualdad y futuro.
Justo cuando se cumple medio siglo de su muerte, ocurrida en septiembre de 1976, el fantasma del fundador de la República Popular China recorre las redes sociales del gigante asiático con una fuerza que descoloca a propios y extraños. Jóvenes de veintitantos años empiezan a colgar retratos de Mao Zedong en sus perfiles digitales. No es que extrañen una época que nunca vivieron. Lo interesante es que están utilizando la figura del “Maestro” como escudo y como lanza contra las frustraciones de su propio tiempo.
En Bilibili, una plataforma de audiencia joven, basta buscar “Mao Zedong” o “Maestro” para encontrar decenas de compilaciones de apariciones suyas extraídas de películas y series: su juventud, su etapa de comandante militar, su papel frente a Washington y Moscú durante la Guerra Fría. Muchas acumulan millones de reproducciones. Otros usuarios organizan clubes de lectura en línea dedicados a sus obras, difunden sus discursos mediante videos narrados con inteligencia artificial y lo llaman afectuosamente “Maestro”, el título que él mismo dijo preferir.
Mao no fue cualquier personaje. En términos sencillos, fue el hombre que unificó a un país despedazado por la guerra civil y el imperialismo, condujo al Partido Comunista a la victoria y proclamó en 1949 la República Popular China, mientras el gobierno nacionalista derrotado se refugiaba en Taiwán.
Gobernó con mano de hierro hasta su muerte y dejó un legado profundamente contradictorio: una China unificada bajo el poder comunista, pero también el recuerdo de persecuciones, enormes privaciones y millones de muertos.
¿Qué busca un joven hiperconectado del siglo XXI en las viejas doctrinas del marxismo-maoísmo?
Parte de la respuesta está en la China contemporánea. Tras décadas de un crecimiento asombroso que sacó a millones de la pobreza, el motor experimenta un bajón notable. La desigualdad se hizo evidente y la movilidad social, aquella promesa según la cual estudiar duro garantizaba una vida mejor, ya no parece tan segura. Los jóvenes están atrapados en la cultura del 996 —de nueve de la mañana a nueve de la noche, seis días a la semana—, viendo cómo el precio de la vivienda vuela mientras sus salarios no alcanzan. Es ahí donde el discurso de Mao sobre la lucha de clases y la justicia para el proletariado se vuelve extrañamente atractivo.
China espera un récord de 12,7 millones de graduados universitarios entrando al mercado laboral en 2026, mientras el desempleo juvenil continúa elevado y conseguir un buen empleo se ha vuelto una competencia feroz.
Es ahí donde las viejas palabras de Mao sobre lucha de clases, desigualdad y trabajadores explotados vuelven a adquirir, para algunos, un atractivo inesperado.
En un entorno donde la censura vigila cada palabra, los internautas deben hilar fino. Expresar descontento social abiertamente enciende las alarmas del Partido Comunista actual, que prefiere mantener una narrativa de armonía y prosperidad compartida. Por eso los jóvenes camuflan sus críticas citando al propio Mao. Es una jugada maestra: ¿cómo van a castigar las autoridades a alguien por repetir las palabras del mismísimo padre de la patria? Aun así, el riesgo de pisar una línea roja invisible está siempre latente.
Durante décadas, la narrativa oficial ha dado una visión heroica de Mao. Durante años los planes de estudio blindaron la figura de Mao y lo presentaron como un héroe indiscutible. La consecuencia directa es que para muchos jóvenes la China de mediados del siglo veinte descansa en una fantasía histórica: una versión idílica donde el líder es una especie de superhéroe sin mancha que defendía a los desamparados.
Eso no significa que el Partido haya negado todos sus errores: en 1981 reconoció que la Revolución Cultural había sido un grave error y le atribuyó una responsabilidad principal en aquella catástrofe. Pero la condena nunca significó el derribo del mito. Mao siguió siendo el fundador de la República, su retrato permaneció en Tiananmén y su figura continuó ocupando un lugar central en la identidad política del régimen.
Allí aparece la gran contradicción. Buena parte de quienes hoy elogian sus discursos nacieron varias décadas después del Gran Salto Adelante, que terminó en una gigantesca hambruna, y de la Revolución Cultural, que entre 1966 y 1976 desencadenó persecuciones, violencia y caos institucional. En ambos casos, los nuevos seguidores de Mao, manejan una comprensión distorsionada del papel que el mandatario desempeñó en tales tragedias. Al borrar los matices oscuros del pasado, la educación oficial creó, sin quererlo, un mito perfecto que ahora las nuevas generaciones usan para cuestionar el presente.
Eso no significa que China esté ante una insurrección maoísta. Sería exagerado afirmarlo. Incluso, es probable que el retrato de Mao termine donde terminó el del Che: en una camiseta, en un afiche de cuarto universitario, convertido en estética y vaciado de programa.
Frente a esa nueva popularidad, el gobierno de Xi Jinping ha tomado medidas. No deja de ser significativo que el 9 de septiembre China no organizó una gran conmemoración por los cincuenta años de la muerte de Mao. El mausoleo de la Plaza de Tiananmén amplió tres horas su horario de visitas y las reservas se agotaron.
Quizá lo verdaderamente interesante no sea que Mao haya regresado. En realidad, nunca se fue del todo. Jóvenes nacidos en la China de los rascacielos, el comercio electrónico, los trenes de alta velocidad y los teléfonos inteligentes encuentran en un revolucionario muerto en 1976 palabras para hablar de salarios, vivienda, desigualdad y futuro. Después de décadas enseñando a sus jóvenes a venerar a Mao, algunos han empezado a leerlo.