Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
El libreto de Petro es tan parecido al de Chávez que da vértigo.
Este primero de mayo, cuando el mundo conmemoró el Día del Trabajo, Gustavo Petro eligió Medellín para revelar cuál es el as que guarda bajo la manga: “Solo hay una manera, se llama Asamblea Nacional Constituyente”, declaró en el parque de Las Luces, que se llenó apenas hasta la mitad con la ayuda de indígenas traídos en chivas y adultos mayores.
Petro dijo que ya llevan más de dos millones de firmas. Que la meta es cinco millones. Que la propuesta podría presentarse al nuevo Congreso el 20 de julio. Que no quiere cambiar la Constitución del 91, sino “agregarle dos capítulos”.
Se trata del mismo Gustavo Petro que, como candidato, al lado de Antanas Mockus, prometió sobre mármol que no iba a convocar una Constituyente. El mismo que dijo en ese entonces en radio: “Si ya tenemos Constitución para qué Constituyente”. Hoy, entonces, Petro traiciona a Mockus y a sus electores.
El Presidente, además, invita a su Constituyente al lado de Armando Benedetti y de Daniel Quintero, tal vez los dos políticos con más procesos por presunta corrupción avanzando en tribunales.
Pero si el nivel de sus manos derechas provoca una profunda preocupación, lo verdaderamente grave son las semejanzas que tiene el proceso de Petro con lo que hizo Chávez en Venezuela. Las similitudes entre los dos discursos no son coincidencia, son estructurales. Chávez –como hoy lo está haciendo Petro– también dijo que no quería destruir las instituciones, sino completarlas. También habló de los derechos del pueblo que el Congreso traicionaba. También convirtió una fecha de movilización popular –como este Primero de Mayo– en el trampolín de su proyecto constituyente. Y también prometió que todo era para combatir la corrupción.
Petro, este viernes en Medellín, llamó al Congreso “extorsionista”. Señaló que la Constituyente busca “aprobar las reformas sociales en favor del pueblo y desmantelar los regímenes de corrupción en Colombia”. El libreto de Petro es tan parecido al de Chávez que da vértigo.
No es para nada extraño que Petro haya visitado a Delcy Rodríguez, la dictadora (e) de Venezuela, justo la semana pasada. Delcy fue la presidente de la Asamblea Constituyente de Chávez. Y su hermano, Jorge Rodríguez, es reconocido como el cerebro de la propaganda del gobierno de Maduro. Petro tiene aún mucho que aprender de ellos.
Chávez construyó con la Constituyente de 1999 el manual perfecto de destrucción de las instituciones. A la hora de elegir los 125 miembros de la Asamblea Constituyente en Venezuela, se produjo lo que algunos consideran una “trampa” geométrica: si bien los seguidores de Chávez ganaron con 65,8% de los votos, a la hora de distribuir los asientos quedaron con el 95% del total de la Asamblea y la oposición apenas quedó con 6 de los 125. Es decir, una asamblea que debía redactar las reglas del juego para todos los venezolanos, pero con un solo equipo en la cancha.
En 1999, la nueva asamblea constitucional se dio el poder de abolir las instituciones existentes y despedir a funcionarios que considerara corruptos. El Congreso de dos cámaras fue liquidado. El poder judicial fue intervenido. Decretó la emergencia judicial, a través de la cual destituyó a jueces y fiscales, y nombró a sus sustitutos directamente y sin concurso por 10 años. Y la Constituyente coronó dictador a Chávez con cuatro leyes habilitantes que le dieron la llave para dictar más de 200 decretos legislativos.
Aquí asoma otra semejanza: Petro lleva cuatro años acusando al Congreso de bloquear sus reformas, de ser instrumento de corruptos, de impedir la voluntad popular y por eso propone la Constituyente. para saltarse la institución que no le obedece. Chávez usó exactamente el mismo argumento: el pueblo traicionado por el Congreso es el paso previo, en el manual populista, a la liquidación del Congreso.
Cuando en 2015 la oposición venezolana ganó por fin las elecciones parlamentarias, el régimen siguió haciendo trampas: antes de hacer entrega de la Asamblea Nacional, los parlamentarios oficialistas salientes designaron arbitraria e ilegalmente nuevos magistrados del Tribunal de Justicia. Nombraron al árbitro antes de que el partido cambiara de manos.
Luego vino la segunda Constituyente, Maduro ni siquiera se molestó en pedir permiso: en 2017 la convocó por decreto y la armó por “sectores” —comunas, trabajadores del Estado, pensionados de las misiones— es decir, por los grupos que dependían económicamente del régimen para comer. El resultado fue una asamblea de 545 miembros sin un solo opositor, que nunca redactó una constitución pero sí sirvió para lo que realmente importaba: neutralizar el parlamento legítimo y gobernar sin contrapeso.
La primera acción de esa Constituyente fraudulenta no fue atacar el hambre ni la escasez de medicamentos, que ya acosaban en todo el país, sino desmantelar el Ministerio Público, la única institución que quedaba en pie cuestionando al régimen. Luisa Ortega Díaz, la fiscal general, fue destituida y forzada al exilio. Los 33 magistrados designados por el parlamento opositor terminaron en el exilio.
Cuando un gobierno captura el poder judicial, el banco central, el parlamento y el órgano electoral, ya no hay institución capaz de frenar sus decisiones por malas que sean. Puede imprimir dinero sin límite. Puede expropiar sin compensación. Puede fijar precios artificiales hasta que las empresas cierren. Puede destruir el aparato productivo privado y reemplazarlo con gestión ineficiente del Estado. Y cuando todo eso produce inflación, escasez y miseria, lo que hacen es culpar al imperialismo o a la derecha.
Tras las dos constituyentes chavistas que llevaron a hiperinflación entre 2014 y 2024, el 81,5% de la población vivía por debajo del umbral de pobreza en 2022, y más de la mitad en pobreza extrema. Y casi 7,9 millones de venezolanos han abandonado el país, según el último dato de ACNUR, el 22,5% de la población.
El guion de Gustavo Petro tiene demasiadas semejanzas: el desprecio por el Congreso, la confrontación con el banco central, el uso de las plazas como escenario de agitación, la retórica del pueblo asediado por élites corruptas, y ahora la Constituyente como solución a todo lo que las instituciones existentes le niegan.
Petro dice que solo quiere agregarle dos capítulos a la Constitución del 91. Chávez también dijo que solo quería ofrecer un piso. Venezuela no se hundió en la miseria por falta de petróleo ni por las sanciones internacionales. Se hundió porque le arrancaron, pieza por pieza, cada mecanismo que una sociedad tiene para corregirse a sí misma. Cuando no hay jueces independientes que frenen al ejecutivo, cuando no hay banco central autónomo que diga no a la emisión descontrolada, cuando no hay parlamento que fiscalice el gasto, cuando no hay prensa libre que publique lo que ocurre, la miseria no es un accidente. Es una consecuencia casi matemática. Y el pueblo siempre paga la cuenta.