Pico y Placa Medellín
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La arrogancia del poder mal entendido. Esa misma actitud con la que pone un trino diciendo “yo pago lo que sea” para trasmitir el partido de Nacional en parques. ¿“Yo pago”?, como si los recursos públicos fueran de él.
Una semana después de que el alcalde Daniel Quintero se asomó a la azotea de la Alpujarra e hizo un video de sí mismo en el que parecía burlarse de las decenas de miles de ciudadanos que a esa hora protestaban en las calles, los resultados de la encuesta de Invamer le dieron un verdadero batacazo: mostraron que 67% de los habitantes de Medellín tienen una imagen desfavorable de él.
¡67% de desfavorabilidad! Es la peor calificación para un alcalde en la historia de Medellín. De hecho, nunca antes un mandatario de la ciudad había tenido una calificación desfavorable por encima del 50%. Es decir, siempre más de la mitad han estado contentos con la gestión del burgomaestre de turno.
Esas buenas notas que han sacado los alcaldes no son, necesariamente, porque todos nuestros gobernantes hayan sido sobresalientes – algunos sin duda sí lo fueron –, sino por un fenómeno peculiar que se da en Medellín y es que aquí es bastante difícil que a un mandatario le vaya mal.
Tal vez porque hay un sentido de lo público que permea toda la ciudad y hace que los ciudadanos en general trabajen en pos de ella. O tal vez porque los paisas amamos esta tierra y los gobernantes hacen parte de ese orgullo. Quizás por el trabajo de miles de funcionarios, buenos trabajadores y empeñados en contribuir al bienestar de todos. Y, en últimas, porque EPM ha sostenido con eficacia parte del andamiaje de la ciudad.
En fin, Medellín en general funciona siempre bien, sin importar quién sea el gobernante, porque así sea bueno - que lo han sido muchos - o regular - que lo han sido unos cuantos - la ciudad mantenía su buena marcha. Lo de ‘la tacita de plata’ o “Quiero a Medellín” no son simples eslóganes, son sentimientos muy arraigados en el corazón del Valle de Aburrá.
Por todo eso es aún más significativa la mala calificación que la ciudad le ha dado al alcalde Daniel Quintero. Quiere decir que algo de verdad está funcionando mal o que quizás él destruyó un poderoso tejido de confianza.
Son muchas las investigaciones que hemos publicado en EL COLOMBIANO sobre el mal manejo de los recursos públicos en la administración Quintero. Pero lo que pretendemos es subrayar que esas investigaciones se han elaborado con el concurso de muchos ciudadanos y de muchos funcionarios adoloridos. Cada vez son muchas más las personas que han sido testigos de los destrozos.
Mientras tanto, el cinismo se ha apoderado no solo del alcalde Quintero si no también de su equipo. El episodio de esta semana, por ejemplo, es de récord Guinness. El secretario de Gobierno de Medellín, Juan Pablo Ramírez, asistió al lanzamiento de la candidatura a la Alcaldía de Juan Carlos Upegüi, el candidato de Quintero que además es primo de su esposa. Se trata de una clara participación en política, algo prohibido por ley a los funcionarios públicos.
Por supuesto, tendrán mil excusas. Dirán que ya no es el secretario de Gobierno ¿cuándo le informaron a la ciudad que él ya no lo sería? ¿Por qué en su cuenta de Twitter, Ramírez sigue presentándose como secretario?
Volviendo a la imagen del comienzo – la de Daniel Quintero en la azotea de la Alpujarra haciéndose un video con una sonrisa socarrona –, un análisis semiológico de ella nos dará pistas sobre el por qué el mal trago que estamos pasando.
Quintero está en la azotea, tal vez, porque no puede bajar a la calle. Como tampoco puede ir ahora al estadio. Porque lo pueden rechiflar e incluso le gritan “ladrón”. El caso más reciente fue el de una joven en el Parque Lleras a la que el escolta del alcalde intimidó y amenazó con llevarla a la Fiscalía.
Se toma el video él, en primer plano, se ve grande y poderoso, y abajo muestra con cierto desprecio a la multitud diminuta, como si fuera un enjambre de hormigas. Ese culto a la personalidad, que no es la primera vez que expone, es común en dictadores. Ya habíamos registrado la ocasión en la cual quería inaugurar Hidroituango el día de su cumpleaños.
La arrogancia del poder mal entendido. Esa misma actitud con la que pone un trino diciendo “yo pago lo que sea” para trasmitir el partido de Nacional en parques. ¿“Yo pago”?, como si los recursos públicos fueran de él. Daniel Quintero cree, quizás, que lo que todos los ciudadanos aportamos, y lo que las empresas públicas consiguen, es un botín del cual puede disponer a su antojo. Ese es, sin duda, su más grave problema.
Y la burla. Cuando ya un mandatario se ríe de los ciudadanos (ya otra vez los había calificado como pelagatos) parece haber llegado a un punto de no retorno.
Escribía alguien que “el poder tiende a arruinar a quienes no son capaces de manejarlo con madurez, lucidez y sencillez. Esa falsa sensación de superioridad que genera arrogancia en muchos, resta liderazgo y efectividad al poder, lo que acelera su final”.