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El final del tirano ¿Qué sigue?

La caída de Maduro ocurre en un momento políticamente crítico para Colombia. A cinco meses de las elecciones presidenciales, el impacto geopolítico de esta operación es demoledor para sectores del oficialismo.

03 de enero de 2026
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  • El final del tirano ¿Qué sigue?

Durante más de dos décadas, casi tres, Venezuela fue el escenario de una tragedia política que desbordó sus fronteras. Un país con una de las reservas petroleras más grandes del mundo terminó reducido a una economía de trueque. Una nación llena de riquezas naturales y humanas se convirtió en una tierra de hambre, apagones y miedo.

Y no fue por una catástrofe natural, sino por el régimen de Chávez y Maduro, cuyos hilos manejó Cuba, que ahogó a la oposición, desmanteló las instituciones democráticas, se robó las elecciones y sometió a la población a obedecer a la fuerza.

Contra ese régimen, que cumpliría 27 años el próximo 2 de febrero, los venezolanos lo intentaron todo.

Marcharon, por millones, una y otra vez, con civismo y esperanza. En 2018, el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social documentó 12.715 protestas, 35 cada día.

Ganaron elecciones. Como en 2015, cuando la oposición tuvo una mayoría parlamentaria arrolladora. O en agosto pasado cuando Edmundo González, con la cara de María Corina Machado, logró 7,4 millones de votos, según las actas de votación, más del doble de los 3,3 millones que sacó Maduro. El régimen perdió, pero no soltó el poder.

Los venezolanos intentaron diálogos, mediaciones, rutas diplomáticas y hasta estrategias algo descabelladas como la de poner como Presidente a Juan Guaidó. Pero el tirano siempre encontró la manera de retorcer la ley, de doblar la moral de la justicia, de comprar conciencias, de amedrentar, encarcelar o exiliar a sus opositores. Cada vez que una vía se abría, Maduro la cerraba a la fuerza.

El resultado: más de 7 millones de venezolanos se vieron obligados a irse de su país, la mayoría a pie, cruzando cordilleras y desiertos como si huyeran de una guerra. Estas largas hileras de seres desterrados, propia de países fallidos en África o zonas de guerra en Medio Oriente, se instaló en América Latina.

Durante años nos preguntamos entonces: ¿cómo se sale de una tiranía cuando esta aplasta todas las salidas? ¿Qué puede hacer una sociedad cuando el tirano está por encima de la ley, del voto, de la protesta y del diálogo? ¿Quién está por encima del tirano?

La historia ofrece tres caminos. El primero sería la resignación. Y por ende se condena al país a pasar muchos años más sometido a la voluntad de un solo señor o de su familia. Así como Corea del Norte lleva 76 años y Cuba 65 años bajo el mando de los Kim o de los Castro.

El segundo camino es la guerra civil. Pero esta vía, además de dolorosa, destruye por dentro lo que intenta salvar. Hay que felicitar al pueblo venezolano por no haber caído en esa tentación.

Y el otro, menos frecuente pero no menos decisivo, es una intervención quirúrgica internacional como la que se produjo este sábado que se ubica como un último bastión de defensa de la democracia.

No fue una guerra abierta, ni una ocupación. Fue el corte quirúrgico de un tumor que el propio cuerpo venezolano no podía extirpar por sí solo.

Hay quienes han levantado la voz contra este acto, invocando la soberanía nacional. Pero ¿qué soberanía tenía un Estado que había sido tomado por un usurpador y convertido en plataforma del narcotráfico? ¿Qué independencia merece un gobierno que limitó la libertad y condenó a su pueblo a la miseria?

Hemos visto a algunos reclamar la autodeterminación de los pueblos y tenemos que decir que eso fue lo que se impuso: el voto de 7 millones 400 mil venezolanos que en las urnas, votaron por Edmundo González y pidieron sacar a Maduro.

Colombia debe mirar esta realidad con humildad y como aprendizaje. La experiencia histórica demuestra que la caída de un tirano no garantiza por sí sola el nacimiento de una democracia sólida. Venezuela enfrenta ahora el desafío más complejo: construir un orden que no repita los errores del pasado. Necesitará de una ciudadanía vigilante, de una clase política estratégica y transparente y de un acompañamiento internacional serio, no intervencionista pero sí comprometido.

Los comentarios de Donald Trump, en el sentido de que su país va a manejar a Venezuela, mientras hace la transición, y poniendo a un lado a María Corina Machado causan inquietud. A no ser que sus declaraciones sean parte de la estrategia para asegurar que el país vecino se estabilice. De cualquier manera, González y Machado ganaron el poder en las urnas. Es a ellos a quienes les corresponderá asumirlo.

La caída de Maduro ocurre en un momento políticamente crítico para Colombia. A cinco meses de las elecciones presidenciales, el impacto geopolítico de esta operación es demoledor para sectores del oficialismo que defendieron y defienden una política de apaciguamiento frente al régimen venezolano.

Con la retaguardia venezolana eliminada, las disidencias de las Farc, el Eln y otras bandas deberían perder un refugio vital. La presión ciudadana para que se restablezca el control territorial sobre las regiones hoy dominadas por el crimen aumentará. En este nuevo escenario, la seguridad vuelve al centro del debate político.

No sabemos en qué va a terminar todo esto. Ojalá el pueblo venezolano reconstruya su democracia con manos propias, con líderes que han sido forjados no en la abundancia, sino en la adversidad. Con la memoria viva de lo ocurrido, con el temple de quienes perdieron todo y aún así no perdieron la esperanza. Les deseamos lo mejor, por cada uno de ellos y porque —nos guste o no— del futuro de Venezuela también depende, en parte, el nuestro. .

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