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El tal fraude

El episodio dejó una lección simple. La confianza en el sistema electoral colombiano salió fortalecida. El mundo encontró una democracia funcionando. Y Petro quedó solo con su soledad.

hace 2 horas
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  • El tal fraude

El presidente Gustavo Petro debe estar tratando aún de entender cómo fue que el cuento del supuesto fraude que él mismo construyó con tanto esmero durante meses se vino a tierra tan fácil: su candidato Iván Cepeda lo desbarató en una rueda de prensa como si fuera un castillo de naipes.

Tras la derrota que Abelardo de la Espriella le propinó a Cepeda y a Petro el domingo, lo único que se le ocurrió a Petro, como si fuera una reacción automática, fue gritar “fraude”. Se inventó el cuento de que se habían registrado 800.000 cédulas adicionales a las del censo oficial.

El mandatario estaba aplicando una táctica clásica de manejo de la opinión pública: el desplazamiento de agenda o lo que conocemos como cortina de humo. Petro necesitaba que medios y redes sociales se dedicaran al tal “fraude electoral” y dejaran de poner el foco en la derrota de Cepeda, que podía afectar la moral del gobierno y del candidato del Pacto Histórico.

Lo que Petro no calculó fue que Iván Cepeda, en rueda de prensa a la mañana siguiente, iba a admitir no haber encontrado evidencia alguna de fraude. “No hemos encontrado evidencia, indicios o irregularidades protuberantes”, afirmó. ¿Cómo será de burda la mentira del presidente Petro que hasta su propio candidato le dice al país que el tal fraude del cual venía hablando desde hacía meses no existe?

Cepeda no tenía otra alternativa. La reacción del mundo fue automática. Los observadores de la Misión de la Unión Europea describieron el proceso electoral como “organizado, sereno, transparente y ágil”. El jefe de la misión de UNIORE (Unión Interamericana de Organismos Electorales) fue más preciso: “La institución electoral funcionó a la perfección. El escrutinio provisorio fue de una asombrosa celeridad”. La OEA desplegó 96 observadores en 26 departamentos y su secretario general reconoció “el trabajo profesional de las autoridades electorales, las fuerzas de seguridad y los jurados de votación”. La ONU felicitó al pueblo colombiano por “un día electoral en paz”. Y el senador estadounidense Bernie Moreno, afirmó que el proceso electoral colombiano es “de clase mundial” y que Colombia “lo hace mejor que Estados Unidos”.

No deja de llamar la atención que el mismo Petro que gritó “fraude” sobre un proceso que el mundo aplaude por su altos estándares, sea el mismo que se quedó mudo cuando su amigo Nicolás Maduro les robó las elecciones a Edmundo González y a María Corina Machado. Allí, donde las pruebas sobraban, guardó silencio. Aquí, donde las pruebas no existen, se inventó conspiraciones.

También quedó comprobado que el país tenía razones para sospechar que Petro algo se traía entre manos con su insistencia en tender un manto de duda sobre las elecciones. El grito de “fraude” no nació el domingo 31 de mayo. Petro empezó a tejer en redes sociales su narrativa de ‘sistema electoral corrompido’ desde julio de 2025. Disparaba para todos lados: que el software de preconteo, que los formularios E-14 o que la manipulación de jurados de votación, eran sus cuentos favoritos.

Petro montó un relato con tres piezas que encajaban perfectamente pero ninguna de las tres era cierta. El Tribunal de Cundinamarca lo estableció con claridad en un fallo de abril de este año en el que no dejó margen de interpretación: le ordenó a Gustavo Petro rectificar, abstenerse de hacer señalamientos sin pruebas y desmontó una a una las mentiras del mandatario sobre el sistema electoral.

La Silla Vacía rastreó 1.783 trinos que hablaban de posible fraude publicados entre el 1 de enero y el 24 de abril de 2026. De los 329 con mayor alcance —que suman 26 millones de vistas—, 59 eran del propio presidente, con 12,8 millones de visualizaciones. No se trataba de corregir fallas del sistema. Se trataba de sembrar dudas sobre su legitimidad para tener abonado el terreno de la denuncia cuando los colombianos llegáramos a las urnas.

El lunes, mientras misiones del mundo —la Unión Europea, la OEA, la ONU, el Departamento de Estado, y hasta magistrados latinoamericanos— se deshacían en elogios para Colombia por una jornada electoral ordenada, ágil y confiable, en la Casa de Nariño se caía el telón y quedaba al descubierto la farsa que había montado el Presidente.

El registrador Hernán Penagos cosechó todos los elogios. La jornada funcionó con precisión, transparencia y eficiencia gracias a su tenacidad y templanza para contener y saber mantener firme a la institución ante los ataques de Petro. El contraste no podía ser más elocuente: donde el Presidente veía conspiraciones (o alucinaciones), los observadores nacionales e internacionales veían una democracia operando con normalidad.

La pregunta inevitable es si la narrativa del fraude estaba diseñada únicamente para la elección del domingo pasado o si también forma parte del libreto que el presidente piensa utilizar el 21 de junio.

Al final, el episodio dejó una lección simple. La confianza en el sistema electoral colombiano salió fortalecida. El mundo encontró una democracia funcionando. Y Petro quedó solo con su soledad.

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