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Tarjeta roja al racismo

Así como el VAR corrige faltas inadvertidas, la sociedad necesita desarrollar el mismo reflejo frente al racismo: detectarlo, denunciarlo y sacarle tarjeta roja antes de que se vuelva costumbre.

hace 2 horas
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  • Tarjeta roja al racismo

“Camerunés colonizado, fingiendo ser francés, resentido, rico nuevo, prepotente y feo. Lo más culto que ha oído en su vida son los chimpancés”. Así se despachó la senadora paraguaya Celeste Amarilla, contra Kylian Mbappe, tras la eliminación de Paraguay a manos de Francia en octavos de final del Mundial que se juega en Norteamérica.

Kylian, nacido en París, hijo de padre camerunés y madre argelina, respondió con una carta pública calificándola de “mujer despreciable e indigna de su cargo” y dejando claro: “Nunca permitiré que personas como ella tengan la libertad de propagar su odio y su racismo por todo el mundo”. El caso no se quedó en cruce de mensajes de X, el gobierno de Francia abrió una investigación penal por insulto público agravado e incitación al odio que le podría dar a la senadora hasta un año de cárcel.

Pero Amarilla no estaba sola. Sus palabras forman parte de un clima que viene creciendo. Una vicegobernadora argentina de nombre Hebe Casado, con el mismo tono racista, se refería también a la selección de Francia como “un equipo africano flojo de modales”. Y el expresidente español Mariano Rajoy escribió una columna diciendo que la plantilla gala era un equipo de gran nivel, pero “sin franceses”. Dos funcionarias públicas y un expresidente, de tres países distintos, indica que ya no se trata de un exabrupto aislado. Los tres casos revelan un mismo patrón: la idea de que la nacionalidad depende del color de la piel y no de la ciudadanía.

El Mundial de 2026 pasará a la historia no solo por tantas estrellas que brillaron sobre el césped, sino porque sigue siendo un espejo de la sociedad global. Varios de los mejores equipos, particularmente los europeos, están integrados por una maravillosa mezcla de orígenes.

Equipos como Francia demuestran que la identidad nacional contemporánea no se funda en la pureza de la sangre, sino en el pacto social y el sentido de pertenencia. España no sería la misma sin Lamine Yamal (padre ecuatoguineano, madre marroquí) y Nico Williams (padres ghaneses). Los futbolistas que hoy defienden esas camisetas nacieron y se formaron en los suburbios de París, Madrid o Londres. Y esa transformación no ocurrió sola: las canchas de barrio se convirtieron, tras décadas de tensión migratoria, en política de Estado. Los entrenadores de esos clubes hacen las veces de educadores y por momentos pueden llegar a ser mejores que las escuelas: son la prueba de que la inclusión se construye desde la base.

Pero ese triunfo de la integración y el talento sin fronteras tiene su contraparte siniestra: el resurgir de un racismo visceral, amplificado por las redes sociales y validado —esta es la parte grave— por voceros de la política.

La cifra lo confirma: no es percepción, es dato. La FIFA, a través de su Servicio de Protección en Redes Sociales, analizó más de 6 millones de publicaciones solo durante la fase de grupos del Mundial y documentó un patrón recurrente: identificar a jugadores franceses como “angoleños” en tono despectivo, una forma de borrarlos simbólicamente de la nación que representan.

No se trata de una repentina epidemia en el Mundial. En España, se registró un aumento del 933% en las propuestas de sanción por actos racistas y xenófobos en las últimas dos temporadas de fútbol. El racismo futbolero no es folclor de tribuna.

El fenómeno de las selecciones plurinacionales no es nuevo, pero en este Mundial alcanzó su madurez competitiva y cultural: casi el 25% de los jugadores se enfundaron una casaca diferente a la del país en el cual nacieron, entre otras cosas por ese vínculo que tienen con otras naciones a través de sus padres o abuelos. Esa situación por supuesto traerá nuevos retos para el futuro. ¿Hasta qué punto las selecciones más poderosas podrían armarse con los mejores jugadores de las ligas?

Frente a ese proyecto silencioso de décadas, la respuesta de una senadora y una vicegobernadora resulta grotesca. Las que hoy exigen “pureza” nacional para validar al capitán francés representan países construidos, ellos mismos, sobre migración, mestizaje y desplazamiento forzado.

Lo alentador es que la maquinaria institucional respondió con velocidad. La Federación Francesa de Fútbol llevó el caso a la fiscalía; los gobiernos de Paraguay y Francia condenaron los hechos por separado; la FIFA y Naciones Unidas emitieron comunicados conjuntos. El fútbol, ese “quinto poder” capaz de movilizar masas y moldear identidades, demostró que ya no está dispuesto —al menos no del todo— a guardar silencio cómplice.

Lo mismo cabe para Colombia, país de regiones, de raíces afro e indígenas, que conoce de memoria los dolores del desplazamiento. Basta recordar la saña con que las redes tratan a jugadores de la Selección —muchos de ellos afrodescendientes— cada vez que un penal se va desviado. La diversidad no es una amenaza a la soberanía; es la materia prima de la grandeza moderna, y los campeonatos, como los países, se ganan sumando talento, no cerrando puertas.

Así como el VAR llegó para corregir las faltas que antes pasaban inadvertidas, la sociedad necesita desarrollar el mismo reflejo frente al racismo: detectarlo, denunciarlo y sacarle tarjeta roja antes de que se vuelva costumbre.

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