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En 1962, el ingreso por habitante de América Latina era tres veces el del este asiático. Hoy, el ingreso por habitante en el este de Asia es cerca del 40% superior al latinoamericano”.
Hay un dato que debería preocupar a cualquier latinoamericano que se asome a las cifras de crecimiento de las últimas décadas. En 1962, el ingreso por habitante de América Latina era tres veces el del este asiático. En 2012, ambas regiones estaban empatadas. Hoy, el ingreso por habitante en el este de Asia es cerca del 40% superior al latinoamericano. Un trabajador latinoamericano produce, en promedio, una quinta parte de lo que produce uno estadounidense, según el Banco Mundial. Esa brecha prácticamente no se ha movido desde 1950.
Detrás de cada uno de los grandes problemas que hoy agobian a la región —la inseguridad, la informalidad, las migraciones masivas, el deterioro de la confianza en la democracia, el ascenso de outsiders y de propuestas populistas— podría haber un mismo telón de fondo: una economía que se estancó hace décadas y que se alejan cada vez más del ritmo de crecimiento del resto del mundo en desarrollo. El estancamiento de la última década de América Latina podría ser peor que el de la “década perdida” de los ochenta, cuando 16 gobiernos cayeron en cesación de pagos.
¿Por qué le cuesta tanto crecer a la región? Los diagnósticos convergen en un punto: la productividad. Entre 2005 y 2019, el crecimiento promedio de la productividad fue negativo, y en 2017 la región cayó por primera vez por debajo del promedio global, según la propia Cepal. El FMI, en su Panorama Económico Regional de 2025, menciona la palabra productividad 113 veces en 59 páginas: es sin duda uno de los consensos al hablar de lo que restringe el crecimiento de América Latina.
Las causas son conocidas. La tasa de inversión en muchos países, incluida Colombia en los años del gobierno Petro, se ubica por debajo del 20 % del PIB, frente al 25 % promedio de los mercados emergentes y el 40 % de China. La concentración de mercado en la región es enorme, cohibiendo la competencia en muchos sectores clave. La informalidad supera el 50 % de la fuerza laboral en Brasil, Colombia, México y Perú, y llega al 82 % en Bolivia, según la OIT, lo que vuelve inviable cualquier sistema sostenible de protección social. El capital humano, por su parte, viene rezagado: estudiantes latinoamericanos de 15 años están en promedio tres años por detrás de sus pares de la OCDE en ciencia, matemáticas y lectura.
Pero hay un problema más profundo: la región no ha logrado transformar su estructura productiva. La apertura económica de los años noventa, que prometía una reconversión hacia industrias de mayor valor agregado, terminó produciendo otra cosa: economías especializadas en commodities, con un sector industrial pequeño y poco competitivo, y un resto del empleo absorbido por servicios de baja productividad. Muchos de los trabajadores desplazados de la industria no terminaron programando software, sino manejando una aplicación de domicilios o trabajando en el comercio informal.
La buena noticia es que el manual de soluciones es tan conocido como el diagnóstico de los problemas: entre otras, eliminar las distorsiones que protegen a las empresas menos productivas, abrir los mercados a la competencia y facilitar el acceso al financiamiento, especialmente para las pymes, que en la región representan el 25% del PIB y cerca del 60% del empleo, pero enfrentan una brecha de financiamiento de enormes. Un reciente informe de McKinsey estima que, si la región iguala la productividad de pares como Polonia, Egipto o Turquía, su PIB en 2040 podría alcanzar entre 8,9 y 10,3 billones de dólares, suficiente para alcanzar el estatus de ingreso alto. Para lograrlo, la inversión tendría que pasar del 20% al 28% del PIB.
Las experiencias de Nueva Zelanda en los ochenta, Perú en los noventa y, más recientemente, Polonia y Estonia muestran que la combinación de apertura, mejora regulatoria, inversión en talento técnico y adopción tecnológica sí produce convergencia. Las oportunidades, además, son enormes. La región concentra una parte significativa de las reservas mundiales de cobre, litio y otros minerales críticos para la transición energética. Tiene casi el 15% de la tierra arable del planeta en un mundo cuya demanda alimentaria crecerá más del 40 % hacia 2040. Cuenta con energía renovable barata y abundante para atraer centros de datos cuya demanda crece mes a mes. Y, por su ubicación geográfica y su neutralidad geopolítica, está bien posicionada para beneficiarse del near-shoring y de la reconfiguración de las cadenas de suministro globales.
Lo que ocurra con esa ventana de oportunidad dependerá de las decisiones que tomen los gobiernos de la región en los próximos años. El riesgo es repetir errores: caer en el proteccionismo —como ya empieza a verse con la sustitución de importaciones que insinúa la administración Sheinbaum en México—, hipotecar el crecimiento de largo plazo con gasto público insostenible —como lo ha hecho el gobierno Petro en Colombia—, o ahuyentar la inversión con cambios constantes en las reglas del juego. Si algo enseñan las últimas cinco décadas, es que sin productividad no hay prosperidad sostenible. Y sin prosperidad sostenible, los demás problemas se vuelven inmanejables.
El reto está claro. Falta saber si la región, por una vez, será capaz de tomarlo en serio.