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Es hora de mirar a China no solo como potencia, sino como advertencia: un anticipo de lo que podría ocurrir en gran parte del mundo si la caída de los nacimientos continúa al ritmo actual.
China ha sido presentada por analistas, durante años, como la superpotencia del futuro. Con su inmenso aparato manufacturero, su acelerado liderazgo en baterías, inteligencia artificial, autos eléctricos y energías renovables, y con una población de más de mil millones de personas disciplinadas, cada vez más educadas y ambiciosas, el ascenso del gigante asiático a convertirse en el país más poderoso del mundo parece ser, para muchos, solo cuestión de tiempo: todo apuntaría a que, tarde o temprano, China superaría a Estados Unidos como la mayor economía del planeta.
Sin embargo, una de esas condiciones fundamentales está colapsando con rapidez: su población —ese “recurso” humano que durante décadas alimentó su expansión— podría estar encaminándose a un desplome demográfico tan acelerado que nadie lo anticipó en toda su magnitud.
El ritmo de caída de la natalidad en China ha superado incluso las previsiones más pesimistas. En 2015 nacieron cerca de 16,5 millones de bebés; una década después, en 2025, la cifra cayó a 7,92 millones: un desplome de más del 50%.
Incluso de un año a otro el cambio es impresionante: 1,62 millones de nacimientos menos. Aún más significativa es la tasa de fertilidad: se ubica en 0,93 hijos por mujer, menos de la mitad del nivel de reemplazo (2,1), la cifra aproximada necesaria para que una generación “reemplace” a la anterior y la población se mantenga estable en el tiempo, y entre las más bajas del mundo. Según cálculos del economista español Jesús Fernández-Villaverde, profesor de la Universidad de Pensilvania, en 2025 hubo en China menos nacimientos que en 1776, el año de la independencia de Estados Unidos, cuando la población del país era apenas una fracción de la actual: un dato que habla por sí solo.
Las consecuencias proyectadas son profundas. Si China lograra mantener un piso de 7,92 millones de nacimientos anuales, su población terminaría estabilizándose en unos 625 millones, menos de la mitad de los 1.405 millones actuales. Pero esa cifra es, en realidad, un límite optimista: si la tendencia continúa —como todo sugiere—, a medida que cohortes cada vez más pequeñas lleguen a la edad reproductiva, los nacimientos seguirán cayendo. Las Naciones Unidas ya estimaban que la población china se reduciría a unos 633 millones hacia 2100, pero estas proyecciones probablemente deban revisarse a la baja mucho antes: no en un siglo, sino en cuestión de décadas.
Las causas de este desplome demográfico son múltiples. La más evidente es la herencia de la política del hijo único, impuesta desde 1980 hasta 2015. Esta medida no solo redujo el número de nacimientos durante tres décadas, sino que alteró profundamente la estructura social: menos hermanos, menos primos, y una relación inversa entre generaciones. Además, fomentó un desequilibrio de género por la preferencia hacia varones, lo que hoy se traduce en millones de hombres que no encuentran pareja.
A esto se suman factores económicos y culturales. La precariedad laboral, especialmente entre los jóvenes urbanos, la creciente desigualdad, los altos costos de educar a un hijo y la competencia feroz por conseguir buenos empleos y vivienda han desincentivado la formación de familias en China, pese a su vertiginoso crecimiento económico. En 2023, el 30% de los chinos de 30 años estaba soltero, el doble que una década atrás. Las mujeres, por su lado, en promedio más educadas que los hombres, enfrentan una doble carga: expectativas tradicionales de cuidado familiar y un mercado laboral poco inclusivo, lo que lleva a muchas a postergar —o incluso a descartar— la maternidad.
Las consecuencias para la sociedad china ya se hacen sentir. Con más muertes que nacimientos desde 2022, el país ha entrado en una transición demográfica acelerada. Para 2035, se proyecta que habrá 400 millones de mayores de 60 años, casi un tercio de la población. El sistema de pensiones, salud y cuidados enfrenta una presión creciente. Además, con una fuerza laboral decreciente, se dificultará sostener el crecimiento económico, la innovación y la competitividad global que tanto han caracterizado al modelo chino.
El gobierno ha reaccionado con una batería creciente de políticas para revertir la tendencia: subsidios por nacimiento, incentivos fiscales, ampliación de licencias de paternidad, flexibilización de trámites, campañas oficiales que promueven el matrimonio y la maternidad como deber patriótico, e incluso bodas masivas patrocinadas por el Estado en algunas regiones. Pero los resultados han sido marginales.
China, en ese sentido, se ha convertido en un laboratorio de lo que podrá ocurrir en buena parte del mundo. Porque el desplome de la natalidad no es exclusivo del gigante asiático. Corea del Sur, Japón, Italia, España, y cada vez más países en América Latina, como Colombia, están viendo caídas récord en sus tasas de nacimientos.
El reto es global. Un mundo que envejece aceleradamente implica nuevas formas de organizar la economía, la ciudad, el trabajo, la salud y los sistemas de seguridad social. Y si China, con toda su capacidad de planificación estatal y recursos, no ha logrado revertir esta tendencia, ¿qué pueden esperar otros países con menos herramientas?
Es hora de mirar a China no solo como potencia, sino como advertencia: un anticipo de lo que podría ocurrir en gran parte del mundo si la caída de los nacimientos continúa al ritmo actual.