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Para Colombia, este cambio de fichas en el tablero mundial debe llamar la atención. La cercanía con EE.UU. no puede hacernos perder de vista hacia dónde va el comercio. El reto: mantener las puertas abiertas de todos los bloques comerciales.
La estrategia de Estados Unidos de presionar con aranceles altos ha puesto a Brasil en el centro de una pelea de gigantes justo antes de las elecciones de octubre. Washington decretó en julio de 2025 un arancel del 50% contra los productos brasileños, oficialmente como represalia por el juicio que condenó a Jair Bolsonaro a 27 años de cárcel por tramar un golpe de Estado y por las sanciones al juez Alexandre de Moraes.
Un año después, en julio de 2026, llegó un segundo golpe: un arancel adicional del 25% —con la amenaza de sumar otro 12,5%— que ya afecta a cerca de un tercio de las exportaciones brasileñas hacia Estados Unidos. Lo que empezó como una disputa judicial se ha convertido en uno de los ejes centrales de la campaña presidencial brasileña, y en un pulso que aviva el discurso de que Brasil debe defender su soberanía.
Aunque la táctica estadounidense de la guerra de aranceles se vende como una muestra de fuerza para recuperar el control, los números dicen lo contrario. En lugar de alejarse de Pekín por miedo a los castigos estadounidenses, Brasil está asegurando sus ventas y acelerando sus negocios con Asia para no quedar atrapado en el fuego cruzado. En 2025 el comercio bilateral entre Brasil y China alcanzó récord de 171.000 millones de dólares, más del doble de los 83.000 millones que Brasil intercambió con Estados Unidos. China ya compra el 28,7% de las exportaciones brasileñas y provee el 25,3% de sus importaciones. En el primer semestre de 2026, mientras el comercio con Estados Unidos caía, el intercambio con China crecía un 15,9%.
Este fenómeno llega al corazón del sistema financiero. Brasil ha empezado a construir, con cautela, alternativas al dólar. Desde 2023 el yuan es la segunda mayor reserva del banco central brasileño, superando al euro —aunque todavía muy por detrás del dólar—. Bancos como el ICBC y el BBM ya operan cambio directo entre el real y el yuan, y en junio de 2026 China respaldó la emisión de “bonos panda”: deuda brasileña denominada en yuanes y colocada en el mercado chino. El monto liquidado directamente en yuanes ronda apenas los 4.000 millones de dólares, una fracción mínima del comercio total, pero la dirección de la tendencia es clara: Brasil no está abandonando el dólar, pero sí construye, operación por operación, la opción de depender menos de él.
Conviene, eso sí, no simplificar: la relación entre Washington y Brasilia no es de ruptura. Trump y Lula se reunieron en la Casa Blanca en mayo y hablaron de una “excelente sintonía”; semanas después Trump recibió también a Flávio Bolsonaro, el rival electoral de Lula. No se trata de una lógica de blanco y negro, sino de una potencia jugando varias cartas a la vez mientras el resto del mundo aprovecha las grietas.
Esta tendencia se apoya además en los BRICS, bloque que ofrece su propio banco de desarrollo y sistemas de pago alternativos para que los países del Sur Global sigan funcionando sin temor a las sanciones de Occidente.
El daño autoinfligido también se nota en la carrera por los minerales del futuro. Brasil tiene la segunda mayor reserva mundial de tierras raras —unos 21 millones de toneladas, solo detrás de los 44 millones de China— indispensables para fabricar desde carros eléctricos hasta tecnología de defensa. Pero su producción real es todavía marginal: en 2024 exportó apenas 20 toneladas frente a una producción mundial de 390.000. Lo interesante es que la respuesta a la tensión con Washington no ha sido un giro exclusivo hacia Pekín: en 2026, el 42% de las nuevas solicitudes de exploración de tierras raras en Brasil corresponden a filiales extranjeras, con Estados Unidos, Australia y Canadá compitiendo activamente por asegurar acceso.
Brasil y China ya aceleran conversaciones para explorar un acuerdo comercial entre Pekín y el Mercosur —anunciado por Lula y Xi Jinping en julio de 2026—, aunque las negociaciones formales todavía no arrancan: Argentina y Paraguay no lo respaldan aún, y es Uruguay quien más empuja la idea dentro del bloque. Junto con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el megaproyecto de infraestructura con el que Pekín ya conecta puertos, trenes y telecomunicaciones entre Asia, África, Europa y América Latina, este escenario le resta fuerza a las amenazas arancelarias de Washington. Los países en desarrollo ya no solo eligen a sus socios por ideología, sino por la estabilidad de sus mercados y el crecimiento de sus economías.
Para Colombia, este cambio de fichas en el tablero mundial debe llamar la atención. La cercanía histórica y geográfica con Estados Unidos no puede hacernos perder de vista hacia dónde va el comercio del siglo XXI. El reto es mantener abiertas las puertas de todos los bloques comerciales.