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Del Valle del Software al Valle de la Energía

Medellín tiene algo de los dos: una industria tecnológica emergente y una tradición energética construida durante más de un siglo.

hace 2 horas
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  • Del Valle del Software al Valle de la Energía

Durante años Medellín ha buscado convertirse en una especie de Silicon Valley latinoamericano: lo hemos llamado el Valle del Software. De ahí han nacido el Distrito de Innovación, Ruta N, el Valle del Software y una política para atraer empresas tecnológicas y promover emprendimientos digitales.

Ha sido una apuesta valiosa: Medellín se ubica por encima de Ciudad de México, Santiago y Buenos Aires en el ecosistema de empresas de base tecnológica. Sin embargo, recientemente Darío Palacio, columnista de este periódico, lanzó un debate provocador: “Olvidémonos de ser Silicon Valley: por qué Medellín debe ser la capital energética de Latinoamérica”.

La frase puede tener algo de efectista, pero plantea una posibilidad estratégica. ¿Es mejor que Medellín piense en convertirse en el Valle de la Energía de América Latina?

La ciudad concentra uno de los ecosistemas eléctricos más sofisticados de la región. Aquí están EPM, ISA y XM, además de Celsia e Isagen, fabricantes de equipos, firmas de ingeniería, compañías solares y universidades que durante décadas han formado ingenieros capaces de desarrollar proyectos de enorme complejidad.

Antioquia genera actualmente cerca del 46% de la electricidad de Colombia y concentra alrededor del 40% de la capacidad instalada del país, según cifras recopiladas por Eafit y publicadas este año. EPM atiende una quinta parte de la demanda eléctrica nacional. ISA opera 46.000 kilómetros de líneas de transmisión desde su sede en Medellín. XM, el cerebro que decide minuto a minuto cómo se reparte la electricidad del país, también vive aquí.

A eso se suma un activo gigantesco: Hidroituango. Sus primeras cuatro unidades generaron en 2025 el equivalente al 10,87% de la demanda eléctrica colombiana. Cuando funcionen sus ocho turbinas tendrá 2.400 megavatios y podrá aportar alrededor del 17% de la energía que demanda Colombia.

EPM abrió una convocatoria para desarrollar pequeñas centrales hidroeléctricas y recibió 118 propuestas que, juntas, suman cerca de 2.800 megavatios de capacidad potencial: más que los 2.400 megavatios que tendrá Hidroituango.

Y no todo es hidroelectricidad. En Sabaneta ya opera Protium, una planta capaz de producir 360 toneladas anuales de hidrógeno verde. Antioquia empieza así a experimentar con una industria que podría ser estratégica en la transición energética mundial.

El debate se produce, además, justo cuando Erco Energía, una startup paisa que pocos conocen pero que es toda una revelación empresarial, anunció una ronda de inversión por US$129 millones. Más de $400.000 millones para desarrollar sus proyectos, en una de las mayores rondas de equity anunciadas por una empresa colombiana en 2026.

No en vano, la Cámara de Comercio contabilizaba ya en 2023 unas 1.399 empresas del sector energético en Antioquia, con activos cercanos a $57 billones.

La idea de ser el próximo Silicon Valley es comprensible, hay algo seductor en la promesa del garaje que se vuelve imperio, pero nuestra verdadera ventaja competitiva parece estar mucho más cerca.

Justo cuando Antioquia termina de construir la mayor hidroeléctrica del país, el mundo atraviesa una transformación tecnológica que vuelve a convertir la electricidad en un recurso estratégico. La inteligencia artificial parece un negocio de algoritmos, chips y programadores, pero detrás de cada modelo hay algo mucho más elemental: enormes cantidades de energía.

La electricidad empieza a convertirse en el nuevo petróleo de la inteligencia artificial. Los grandes modelos necesitan centros de datos que consumen cantidades gigantescas de energía, hasta el punto de que las grandes tecnológicas compiten ya no solo por los mejores chips y programadores, sino también por asegurar megavatios disponibles, redes de transmisión y generación confiable. En la nueva economía digital, tener energía abundante, limpia y competitiva puede terminar siendo una ventaja tan estratégica como lo fue tener petróleo durante buena parte del siglo XX.

Y allí aparece una extraordinaria posibilidad para Antioquia. Tenemos generación hidroeléctrica, infraestructura eléctrica, experiencia en transmisión, conocimiento técnico y una ciudad a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar, con temperaturas favorables para refrigerar servidores.

¿Por qué Antioquia no podría albergar grandes centros de datos alimentados principalmente con energía renovable? ¿Por qué no instalaciones de cientos de megavatios? ¿Qué tendría que hacer Colombia para que algún día fuera viable un complejo de un gigavatio?

Tener hidroeléctricas, sin embargo, no basta. Allí aparece nuestro verdadero cuello de botella. Una línea de transmisión puede tardar años en construirse. Los proyectos de generación atraviesan procesos ambientales, consultas, licencias, conexiones y trámites mientras la revolución tecnológica mundial avanza a otra velocidad.

No se trata de eliminar controles ambientales ni consultas con las comunidades. Son indispensables. Se trata de preguntarnos si podemos hacerlos rigurosamente sin convertir el tiempo en enemigo del desarrollo. El senador Juan Espinel, del Centro Democrático, prepara un proyecto de ley en ese sentido, que también impulsa el ministro del Interior, Rodrigo Lara.

La electricidad limpia podría atraer una nueva generación industrial: centros de datos, almacenamiento, redes inteligentes, hidrógeno verde, componentes eléctricos y empresas de tecnología energética.

Y aquí aparece quizá la parte más interesante: Valle de la Energía y Valle del Software no tendrían por qué competir. Pueden terminar siendo la misma estrategia.

La inteligencia artificial está borrando la frontera entre la economía digital y la energética. Los gigantes tecnológicos son enormes compradores de electricidad; las empresas eléctricas necesitan software, sensores e inteligencia artificial; y los centros de datos son el punto donde ambos mundos se encuentran.

Medellín tiene algo de los dos: una industria tecnológica emergente y una tradición energética construida durante más de un siglo. Las regiones exitosas prosperan cuando descubren qué tienen que los demás difícilmente pueden reproducir.

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