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Este episodio, más que un intercambio circunstancial, es recordatorio de que ningún poder, por amplio que se proclame, está por encima de los límites éticos que sostienen a las sociedades.
El encontronazo público entre Donald Trump y el papa León XIV va camino de convertirse en un choque épico. Sus posturas son abiertamente antagónicas, por lo que el choque era previsible; lo que sorprende es la virulencia del ataque del presidente estadounidense contra el Pontífice, a quien ha convertido en blanco de una deslegitimación personal sin precedentes recientes.
Desde el lunes el Papa ha aguantado una arremetida violenta de Trump que está furioso con él por sus repetidas homilías contra la guerra y contra las menciones a Cristo en el mensaje belicoso del Departamento de Guerra norteamericano. La respuesta del Pontífice ha sido sobria: serenidad en las formas y firmeza en el fondo, sin ceder un ápice en su posición ni en su llamado a la responsabilidad moral de los gobernantes.
El malestar del mandatario se intensificó tras un mensaje papal que, sin aludir a nombres propios, resultó inequívoco: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! Los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles”. Más que una reprimenda puntual, se trata de una interpelación directa al ejercicio del poder en clave contemporánea.
Sin embargo, este desencuentro no nació en lo público. En privado, el conflicto comenzó en enero. El cardenal Christophe Pierre, entonces embajador del Papa León XIV en Estados Unidos, fue convocado al Pentágono donde se le exigió, en tono muy duro, un cambio de posición pública. El mensaje que le querían dejar claro es que Estados Unidos es tan fuerte que puede hacer “lo que quiera” y la Iglesia haría bien en alinearse con su posición. Además le recordaron el “cisma avignonés”, un episodio histórico del siglo XIV en el que el papado se dividió por motivos políticos entre la sede de Roma y la cismática de Avignon.
Como el Papa no está para obedecer a políticos de turno ni la Iglesia para aceptar exigencias de sumisión, Trump se desató. Escribió en sus redes sociales que el Papa “es DÉBIL ante la delincuencia y nefasto en materia de política exterior”. Y añadió: “No quiero un papa que critique al presidente de los Estados Unidos, porque estoy haciendo exactamente aquello para lo que fui elegido —POR UNA APLASTANTE MAYORÍA—”. Y para rematar estos comentarios publicó una imagen generada con IA en la que se mostraba a sí mismo como si fuera Jesucristo curando a un enfermo, mientras en el cielo cruzaban aviones de combate.
Todos esos ataques son una evidente señal de debilidad. Como dijo el subsecretario del dicasterio vaticano para la Cultura y la Educación, el jesuita Antonio Spadaro: “Cuando el poder político se vuelve contra una voz moral, suele ser porque no puede contenerla. Trump no discute con León: le suplica que regrese a un lenguaje que pueda controlar. El ataque es una declaración de impotencia; incapaz de absorber esa voz, el poder intenta deslegitimarla”.
Hace un año el presidente de Estados Unidos había difundido una imagen suya vestido de Papa; un Papa del Renacimiento, con el índice levantado, en señal admonitoria. Pero esta vez, con la alusión a Jesucristo se superó. De ahí que alguien le advirtió al presidente que esa estampa podía ser contraproducente y este la retiró. Ese tipo de ataques cohesionan a la Iglesia católica en Estados Unidos y alejan las posibilidades del cisma con el que ha amenazado tanto el trumpismo. Aunque haya división de opiniones en la cúpula episcopal norteamericana, las ofensas siempre provocan un cierre de filas y los obispos rechazan ese tipo de groserías. Eso fue lo que ocurrió en mayo del año pasado tras la primera ocurrencia de Trump.
El episodio ha tenido además repercusiones internacionales. En Europa, figuras como Giorgia Meloni han expresado respaldo al Pontífice, evidenciando que la controversia trasciende lo bilateral y se inscribe en una discusión más amplia sobre los límites del poder político en el escenario global. Meloni ya se ganó también la enemistad de Trump que no ahorra en epítetos contra ella. La acusó de no entender la guerra y le ha lanzado toda una serie de acusaciones, también personales, a todos los niveles. Ella por ahora no ha querido contestar, pero consiguió que todos los políticos italianos, incluidos los partidos de oposición, le den su apoyo rotundo.
La batalla pública apenas está empezando. Trump ya publicó una nueva imagen hecha con inteligencia artificial en la que se escenifica junto a Jesús, rodeado de una resplandeciente aureola y junto a la bandera estadounidense.
Más allá de la coyuntura, lo que está en juego es un asunto de mayor profundidad: la relación entre poder y conciencia. Cuando un gobernante recurre a la estridencia, la descalificación o la caricatura para responder a cuestionamientos éticos, no fortalece su posición; la debilita. La autoridad no se impone únicamente por la fuerza ni por el respaldo electoral, sino también por la capacidad de responder con altura a quienes cuestionan desde principios.
La historia ofrece múltiples ejemplos de estos choques. Los gobiernos pasan —incluso los más ruidosos—, pero las voces que interpelan en nombre de valores suelen perdurar y terminar imponiendo su peso en el juicio del tiempo. Este episodio, más que un intercambio circunstancial, es un recordatorio de que ningún poder, por amplio que se proclame, está por encima de los límites éticos que sostienen a las sociedades.