Colombia y el futuro gobierno deben hacer esfuerzos mayúsculos en la definición de políticas que lleven a la modernización y transformación digital del país y lo conduzcan por la senda de la masificación de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones.
Desconcierta que en el último estudio sobre competitividad mundial digital del International Institute for Management Development (IMD), en su reporte IMD, Worlds Digital Competitivenes Ranking 2018, publicado esta semana, el país aparezca en el puesto 59 entre 63 naciones a las que se les midió su competitividad digital.
En este reto, en la sociedad de la globalización del conocimiento, las tecnologías y las maravillas científicas de lo que ahora se denomina la “cuarta revolución industrial”, deja mucho que pensar que solo aparezcamos por encima de nuestros vecinos Perú y Venezuela, en la región, y Mongolia e Indonesia. Muy lejos de Estados Unidos, un mercado mundial donde competimos con algunos de nuestros productos, Singapur, Suecia, Dinamarca y Suiza, los cinco primeros del ranquin.
En la empresa de la innovación y el desarrollo tecnológico todos tenemos que tomar nota y aportar: Gobierno, empresas, academia y demás centros de generación de conocimientos y procesos productivos porque así lo exige el mundo moderno si es que buscamos salir del atraso, ser viables como sociedad y tener alguna participación significativa internacionalmente.
El avance en digitalización y competitividad global, una necesidad urgente para generar riqueza y conocimiento, no ha sido positivo y más bien se ha ido en retroceso en el país. En la medición global del IMD, entre 2014 y 2018, hemos descendido 10 puestos de manera consecutiva. Ni siquiera por altos y bajos.
Estos estudios surgieron como resultado del incremento en la necesidad de los definidores de políticas públicas y profesionales de entender y gerenciar las transformaciones digitales. Los mismos se hacen con base en tres pilares: conocimiento, en el que el país ocupó el puesto 57; tecnología, con un rezago evidente al situarse en el puesto 60, y disposición futura, puesto 56.
Vale resaltar que en tecnología se evalúa el acceso general a los últimos avances digitales basados en el marco regulatorio de cada país, inversión en capital e infraestructura. En esto la queja general de los inversionistas es su desconfianza por la falta de seguridad jurídica a la hora de invertir.
La actualidad requiere políticas de transformación productiva, que saquen al país de su dependencia del petróleo y otros productos de exportación con escaso o ningún valor agregado. Se exige, de manera urgente, la transformación productiva y el apoyo decisivo al sector de la tecnología, que nos lleven a ser más efectivos y productivos.
Si de encauzar el camino se trata, el gobierno entrante debe convertir en una obsesión el abaratamiento de la tecnología, estas no pueden ser exclusivas; promover el conocimiento y entrenamiento del capital humano, estimular las inversiones y el avance constante de la economía digital, y, ante todo, ser claro y transparente en las normas de un mundo en el que la competencia público - privada está en la primera línea de juego de un partido que, bien orientado, generará enormes resultados para toda la nación y nos hará protagonistas del desarrollo global.
Medellín, con Ruta N, es ejemplo de innovación y desarrollo tecnológico para el mundo. La pregunta es, ¿qué tanto impacta más allá de lo regional y qué efectos de externalidad positivos tiene para todo el sector empresarial del país? Los Ruta N debían multiplicarse por toda la nación.