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Y es que soy un animal. “Criaturas asombrosas”, de Thomas Cailley

15 de octubre de 2024
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Uno amanece convertido en un horrible insecto. O en un horrible lobo, con pelos erizados donde no los tenía. O en un horrible pajarraco que en vez de hablar grazna. Como nos lo recordó hace muy poco Pixar en “Intensa-mente 2”, hay una noche en la que uno deja de repente la infancia y se convierte en un horrible adolescente que ya no entiende en qué idioma hablan los papás y que sólo quiere salir de la casa a conocer el mundo.

Esa es la primera lectura que se puede hacer de “Criaturas asombrosas”, estrenada la semana pasada en Colombia y que trae a la cartelera una propuesta poco común: una combinación de drama y fantasía en que el maquillaje asombroso y los buenos efectos especiales están al servicio de una historia de padre e hijo. Dirigida por Thomas Calley, un joven y prometedor director francés que ya había conseguido llamar la atención del público y de la crítica hace unos años con “Amor a primera vista”, y escrita también por Calley junto con Pauline Maunier, “Criaturas asombrosas” nos presenta un futuro cercano en el que algunos humanos se están transformando por culpa de mutaciones genéticas que se “activan” sin que sepan muy bien cuándo o por qué, y que los llevan a hacer parte del reino animal (por eso el título original) sin que puedan hacer nada al respecto.

Vamos entendiendo que la esposa de François, que también es la madre de Émile, ha pasado por este proceso y por esta razón ambos tienen que viajar a instalarse a un pueblo donde las autoridades pretenden montar un centro de “terapia”, o un espacio para controlar a los ciudadanos que se han “convertido”. Esto generará todo tipo de conflictos entre papá e hijo adolescente, porque apenas se están acostumbrando a una realidad que, escapando a los clichés que seguiría esta película si fuera estadounidense y no francesa, el padre asume con buena actitud, de marido enamorado, y el muchacho con el desconcierto propio de los que no saben muy bien cómo encajar en el mundo. Y si Romain Duris asume su rol sin histrionismos innecesarios, se destaca especialmente el trabajo de Paul Kircher como Émile, personaje que sufrirá más de un cambio fuerte a lo largo de la trama.

Sin embargo, como pasa con el buen cine, hay una lectura menos obvia. Y es la de pensar en esta población de mutantes representando a todos los que son distintos, llámense inmigrantes, minorías étnicas y religiosas, o refugiados. Todos aquellos que para los pueblos dominantes (recuerden todos los conflictos en que un bando se refiere a otro diciendo que “son como animales”) estarían mejor encerrados, señalados o separados. Viendo así a “Criaturas asombrosas” hay escenas que cobran un sentido completamente distinto, como aquellas en la que los mutantes huyen de todas partes, perseguidos por lugareños vestidos con los trajes típicos de “la noche de San Juan”.

Salvando algunas debilidades, como el papel de la policía que encarna Adèle Exarchopoulos, completamente desperdiciado, “Criaturas asombrosas” es una película que iguala entretenimiento con reflexión. En estos tiempos, no es poca cosa.

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