Pico y Placa Medellín
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Las películas, sin importar cuánto hayan costado, quién aparezca en ellas, o qué hechos relatan, terminan siempre de contarse en la mente de cada espectador. Si usted, amiga lectora, acaba de terminar con el hombre que amaba, va a ver una versión muy distinta de El diablo viste a la moda 2 de la que puedo ver yo junto a mi esposa. Porque es en nuestra alma donde las películas encuentran el poso necesario para dejar huella y conectarse con la vida de cada quién.
Quienes hayan visto este fin de semana El juego de la vida, el documental de Mario Andrés Ruiz Zuluaga estrenado el jueves pasado, seguramente vieron la película con una ironía que su autor no esperaba cuando la hizo. Pero es inevitable pensar, al ver este documental que comenzó como parte de un proyecto de investigación en la Universidad de los Andes para entender cómo ocurría la movilidad social en Colombia (y por eso la dedicatoria a Tatiana Andia cuando aparecen los créditos finales es más que oportuna), durante el fin de semana en que celebramos el día de la madre, que uno de los mayores obstáculos que tienen las colombianas para salir de la pobreza es la maternidad. ¿Cómo puede alguien hacer algo más que sobrevivir cuando tiene 7 hijas y un hijo, como le pasa a la señora Inés en Chinú? ¿Qué decirle a la niña menor de los García Segura, cuando anuncia con una sonrisa que va a ser mamá, cuando nosotros y el director que hace las entrevistas, sabemos qué debería estar pensando en qué carrera seguir en la universidad y no en la crianza de un bebé?
Lo mejor de El juego de la vida es que al tener registros en imágenes durante 14 años tiene la posibilidad de asestarnos muchos golpes emocionales a sus espectadores, porque no hay manera de no enternecernos con las grabaciones de Donny, el hijo menor de Mildred, un niño inocente de 10 años, cantando con sus amigos de infancia, cerca de las ruinas de Gramalote, y luego verlo rapeando en una terraza de un barrio popular de Medellín, hecho un hombre y habiendo hecho de su afición por la música el escape que le permitió ganarle el pulso a la tragedia.
Pero esa, paradójicamente, también es su debilidad, porque se siente muy “armado” ese hilo narrativo de “las cartas que te tocaron en suerte” a sus personajes, en un guion que podría haber tenido una corrección de estilo sin que perdiera su autenticidad. Es como si ante el material, extraordinario frente a lo que es costumbre en Colombia, Ruiz necesitara crear conclusiones y formular juicios, como si todavía estuviera presentando una investigación. Es entendible que haya querido hacer de su trabajo algo más personal, pero no es claro que hubiera sido necesaria la incorporación de su propia historia al relato. Mucho menos las historias que mete al final, forzadamente, y que parecen puestas para cumplir con ciertas necesidades de representación. Cuando la película termina, queda la horrible sensación de que viste un relato con el potencial para ser memorable, que sucumbió a esa costumbre tan colombiana de intentar contarlo todo.